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TRENTON, Nueva Jersey, EU, 4 de octubre de 2026.- Un estudio liderado por investigadores de la Universidad Rutgers, en Nueva Jersey, identificó cómo el cerebro establece límites para distinguir entre estímulos peligrosos y seguros a partir de experiencias negativas previas, un hallazgo que podría contribuir al desarrollo de tratamientos para la ansiedad y el trastorno de estrés postraumático (TEPT).
La investigación, publicada en Nature Communications y dirigida por el laboratorio de John McGann, analizó la manera en que el cerebro procesa señales sensoriales asociadas al miedo.
Los científicos descubrieron que esta diferenciación ocurre en etapas muy tempranas del procesamiento sensorial, específicamente en el sistema olfativo.
Para llegar a estas conclusiones, el equipo entrenó ratones para asociar un olor determinado con una amenaza leve. Posteriormente, evaluó la actividad neuronal cuando los animales eran expuestos tanto al olor original como a otros aromas similares o diferentes. Los investigadores también manipularon circuitos inhibitorios en el bulbo olfativo para observar cómo influían en la generalización del miedo.
Los resultados mostraron que la forma en que el cerebro representa un estímulo sensorial puede determinar si una nueva experiencia se interpreta como peligrosa o segura.
Cuando un olor nuevo activa neuronas que se superponen con las que fueron modificadas por una experiencia amenazante, aumenta la probabilidad de que el cerebro lo perciba como un riesgo, aun cuando nunca haya sido asociado directamente con una amenaza.
Según Natalia Efimova, estudiante de doctorado que participó en el estudio, la discriminación sensorial y la creación de los llamados “límites del miedo” ocurren durante las primeras fases del procesamiento cerebral de los olores. Esto permite al cerebro decidir qué estímulos deben provocar una respuesta de alerta y cuáles pueden considerarse inofensivos.
Los investigadores señalaron que el aprendizaje del miedo modifica de manera natural los circuitos inhibitorios del bulbo olfativo. Lejos de actuar como un simple receptor de información sensorial, esta región cerebral desempeña un papel activo en la evaluación de nuevas experiencias y en la extensión de respuestas de miedo a estímulos relacionados.
McGann explicó que los hallazgos sugieren que la línea que separa lo seguro de lo peligroso comienza a definirse mucho antes de lo que se creía dentro del procesamiento cerebral.
Añadió que estrategias como el entrenamiento sensorial, la terapia de exposición y tratamientos farmacológicos dirigidos podrían ayudar a reducir la generalización excesiva del miedo observada en personas con ansiedad y TEPT.
Los autores indicaron que estos resultados abren nuevas posibilidades para comprender cómo se forman los miedos persistentes y por qué algunas personas desarrollan respuestas desproporcionadas ante situaciones que no representan una amenaza real.




