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MANHATTAN, Nueva York, EU, 12 de septiembre de 2026.- Veinticinco años después de haber trabajado entre los escombros de las Torres Gemelas, Héctor Méndez regresó a Ground Zero. A sus 80 años, el llamado Topo Mayor de los Topos de México volvió al lugar donde participó como rescatista tras los ataques del 11 de septiembre de 2001 y donde, asegura, recuperó el cuerpo del último bombero encontrado entre los restos del World Trade Center.
Méndez, fundador de Topos Aztecas, convirtió el rescate en su oficio y en su filosofía de vida después del terremoto de México de 1985, cuando buscó a su hermano entre los escombros y logró encontrarlo con vida.
Desde entonces ha participado durante cuatro décadas en emergencias alrededor del mundo. Hoy su uniforme lleva banderas de países donde ha trabajado, entre ellos Haití, Italia, Argentina, Estados Unidos y Venezuela.
Al caminar nuevamente por el espacio donde se levantaban las Torres Gemelas, Méndez recordó una de las jornadas que más lo marcaron.
“El 20 de septiembre de 2001 recuperamos el cadáver del último bombero. Lo querían sacar con pala y con una barreta de acero. Entonces me quité los guantes, se le dice acá ‘mano limpia’, y lo saqué con otro bombero”, relató.
Dice que aquella escena quedó representada en un mural de la estación de bomberos número 10, cercana al World Trade Center.
Lo más duro, sin embargo, no lo mide solamente en cuerpos recuperados. Méndez recuerda haber llegado al buque hospital USNS Comfort después de pasar cinco días sin dormir.
“Tenía cinco días sin dormir y sí me sentía devastado, porque cinco días sin dormir te afecta muchísimo. Había perdido coordinación motriz”, contó.
Una trabajadora del barco le quitó los calcetines cubiertos de polvo y le limpió los pies mientras recibía atención médica.
Ese recuerdo volvió décadas después durante su trabajo en Venezuela. En La Guaira, explicó, atendió a un joven de 15 años que llegó deshidratado y golpeado.
“A mí me tocó limpiarlo, limpiarle los pies, cambiarle los calcetines y me vi reflejado en el niño, pero al mismo tiempo me vi reflejado en la señorita que me atendió a mí”, relató.
Para Méndez, el rescate no termina en remover escombros: consiste también en cuidar a la persona que queda después de una tragedia.
“Cuando tú recibes todo el dolor de los demás y lo haces propio, se llama empatía. La víctima siente tristeza y tú sientes compasión. Cuando veas que alguien está sufriendo, abrázalo, ayúdalo, consuélalo, compréndelo”, afirmó. Esa idea, asegura, se convirtió con los años en una de las principales enseñanzas de su trabajo como rescatista.
Méndez continúa trabajando actualmente en Venezuela, donde participa en labores relacionadas con los recientes terremotos y la búsqueda de personas entre estructuras colapsadas. Antes ya había acudido al país por el terremoto de Cariaco de 1997 y el deslave de Vargas de 1999. Ahora volvió acompañado de otros rescatistas y perros entrenados para localizar sobrevivientes.
Pero su trabajo no se limita a encontrar personas con vida. Méndez defiende con la misma fuerza la recuperación de quienes murieron, porque detrás de cada cuerpo existe una familia esperando respuestas.
“La gente que murió no es basura. Son personas que murieron y afuera está la mamá, está el hermano, está el tío, están los amigos. Está quien quiere recuperarlos. Y entonces a ti te corresponde, como misión de vida, hacer el trabajo que ellos no pueden hacer”, explicó.
Como ejemplo menciona a una familia en La Guaira que esperó más de dos meses.
“Después de 70 días recuperaron el cadáver de la madre. Dentro de ese gran dolor, la muchacha estaba feliz porque apareció el cadáver. Cuando lo entregas y lo pueden enterrar, cierran un círculo de dolor”, señaló.
Para Méndez, incluso cuando ya no existe posibilidad de rescate con vida, recuperar a una víctima puede convertirse en otra forma de servicio.
Después de tantos terremotos y catástrofes, Méndez dice que dejó de contar cuántas personas ha rescatado o cuántos cuerpos ha recuperado.
“Sería un poco egoísta decir: ‘Yo he rescatado tantos y he recuperado tantos’. Las estadísticas que las lleve el gobierno. Si tú estás trabajando en esto por amor, ya no te das cuenta de eso. Te das cuenta del dolor que te da la gente y lo haces tuyo”, afirmó.
A sus 80 años, su conclusión se aleja de las cifras y vuelve a lo cotidiano. Méndez aconseja valorar a la familia y las cosas sencillas mientras todavía hay tiempo:
“Mientras haya vida, atiendan a sus padres, atiendan a sus hermanos, vean las cosas tan sencillas de la vida como un amanecer, la lluvia”.
Y al hablar de quienes hoy continúan entrando en edificios colapsados en busca de desconocidos, su mensaje es todavía más directo: “La juventud es fiereza, es valor, es arrojo, es amor al máximo. El amor al máximo da la vida por otro. Ese es el lubricante de la humanidad que hace que sigamos avanzando. Hay futuro”.




