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MANHATTAN, Nueva York, EU, 11 de septiembre de 2026.- Durante buena parte de este 11 de septiembre, el acceso al 11-S Memorial permaneció cerrado al público mientras familiares de víctimas, sobrevivientes y rescatistas participaron en las actividades por los 25 años de los ataques. Pasadas las 15:00 horas, visitantes comenzaron a ingresar nuevamente al espacio bajo un estricto control policial.
En el lugar donde alguna vez se levantaron las Torres Gemelas permanecen ahora dos enormes piscinas construidas sobre las huellas de los edificios. El diseño, denominado Reflecting Absence, busca representar una “ausencia hecha visible”: el agua cae hacia vacíos centrales que nunca llegan a llenarse, como representación de una pérdida que tampoco puede ser reemplazada.
Los nombres que rodean cada piscina también responden a una distribución específica. En la North Pool están inscritos quienes murieron en la Torre Norte, los pasajeros y tripulación del vuelo 11 y las víctimas del atentado al World Trade Center de 1993.
La South Pool recuerda a quienes estaban en la Torre Sur y otras áreas del complejo, a los vuelos 175, 77 y 93, a las víctimas del Pentágono y a los primeros respondedores. Los nombres fueron además agrupados buscando mantener juntos a familiares, compañeros y personas relacionadas entre sí.
A pocos metros de uno de esos vacíos, la doctora Alison Thompson, trabajadora civil de ayuda humanitaria y primera respondedora, volvió a recordar el momento en que llegó a Ground Zero. Sus amigos se encontraban en el World Trade Center y ella estaba en el Upper East Side cuando comenzaron los ataques.

“Todos mis amigos estaban en el edificio, en el piso 104. Yo estaba en el Upper East Side y recorrí ocho millas en patines hasta el Downtown. Mientras me acercaba, la gente venía hacia mí cubierta de blanco. Nadie hablaba, tenían los teléfonos en sus oídos y estaban en shock”, relató.
Thompson siguió avanzando. Practicó reanimación cardiopulmonar a una persona y, entre los escombros, intentó sacar a quien creyó que era una mujer. “La saqué de los escombros, pero era solamente un brazo. Grité, lo solté y seguí más adentro”, recordó. Poco después levantó la mirada y vio cómo la nube provocada por el colapso de la Torre Norte avanzaba hacia ella. Corrió nuevamente en sus patines, se refugió debajo de un camión y permaneció allí rezando. Cuando salió, dijo: “Todo estaba negro”.
Lo que inicialmente fue una respuesta de emergencia terminó convirtiéndose para Thompson en nueve meses de trabajo en Ground Zero. “Vivimos en las calles durante los primeros seis días y después nos quedamos nueve meses, recuperando partes de cuerpos, lavando los ojos de los bomberos, haciendo primeros auxilios, cualquier cosa que pudiéramos hacer. Estábamos buscando a nuestros amigos. Perdí 64 amigos ese día”, contó.
Veinticinco años después, describió este aniversario como una jornada triste, pero también marcada por los reencuentros entre rescatistas que no se habían visto durante décadas.
Para Thompson, una de las imágenes que conserva de aquella respuesta es la presencia de personas llegadas desde distintos países para ayudar. Recordó haber trabajado junto a bomberos japoneses y voluntarios de diferentes lugares del mundo.
“El mensaje es que hay esperanza para la humanidad y que todos somos necesarios. Alguien necesita repartir agua, alguien necesita abrazar a las personas. Hay trabajo para todos”, afirmó.

Después de varias décadas respondiendo a terremotos, tsunamis, guerras y crisis humanitarias, Thompson aprendió de Ground Zero una enseñanza: cuando ocurre una catástrofe, las diferencias políticas pierden relevancia y la prioridad pasa a ser ayudar a quien está enfrente.
Ese día estuvo junto a un gran amigo y colega: Michael Voudouris.
También regresó al Memorial Michael Voudouris, técnico de emergencias médicas del servicio EMS de Nueva York, quien trabajó durante los primeros cinco días en Ground Zero. Voudouris había terminado un turno la noche anterior y despertó cuando ya circulaban las primeras noticias.
“Lo que originalmente era un reporte de un avión impactando un edificio se convirtió en dos aviones, después en una torre colapsando y, para cuando llegué, la segunda torre también había caído. La atmósfera había cambiado completamente respecto a lo que había visto inicialmente en televisión”, recordó.

Como trabajador de emergencias, estaba entrenado para responder a situaciones extremas, pero explicó que ningún ejercicio podía reproducir lo que encontró aquel día. Su preparación se convirtió entonces en una regla básica: adaptarse constantemente, protegerse, proteger a quienes estaba intentando ayudar y evitar sumar nuevas víctimas a la emergencia.
Entre quienes trabajaron a su lado se formaron vínculos que, según Voudouris, resultan difíciles de explicar fuera de una experiencia como aquella. “La persona que estaba trabajando a tu lado nunca iba a ser menos que el mejor amigo que hayas tenido, por lo que compartimos durante ese tiempo, fueran unos minutos o varios días”, señaló.
Con el paso de los años, Voudouris encontró una frase para resumir lo ocurrido entre quienes respondieron: “Algunos lo dieron todo y todos dieron algo”. Asegura que 25 años después todavía existen personas que cargan dolor por haber estado allí, por no haber podido estar o por decisiones tomadas durante aquellos días.
Para él, el tiempo también ha permitido comprender mejor no solo lo que les ocurrió individualmente, sino las consecuencias que los ataques dejaron en las familias y en el país.
Frente a las piscinas donde hoy desaparece el agua hacia un vacío que no puede llenarse, Voudouris insiste en que “nunca olvidar” depende de que las nuevas generaciones conozcan primero lo que ocurrió.
“Solo puedes olvidar algo si sabes de ello. Si no estás leyendo para aprender, si no te lo enseñan, ¿qué hay para olvidar?”, cuestionó.
Para el rescatista, preservar la memoria del 9/11 implica hablar de los ataques, investigarlos y transmitir las lecciones que dejaron. Veinticinco años después, mientras miles de personas vuelven a caminar por el espacio donde estuvieron las Torres Gemelas, esa responsabilidad, sostiene, no corresponde únicamente a quienes estuvieron allí.




