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Ancianos en su día. Vigentes y en lucha
En México hay más de 17 millones de personas de la tercera edad, que tienen su propio día.
El 28 de agosto, Día Nacional de las Personas Adultas Mayores, vigente desde 1990, sustituyó aquel otro nombre que estuvo presente desde 1982, Día del Anciano, cuando la ONU creó esa conmemoración. Ahora el organismo internacional se refiere a esa fecha, el primero de octubre, como Día Internacional de las Personas Adultas Mayores (o de edad).
México lo asumió formalmente con nombre propio, y hasta le dio un levantón posteriormente, creando a los flamantes adultos mayores en plenitud, que ocuparon las siglas del Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (INAPAM), con más de 17.1 millones de personas. Ahora es la Secretaría de Bienestar la que se ocupa de más de 14.1 millones que reciben la pensión bimestral, a partir de los 65 años. Esas son las grandes ventajas de la tercera edad en nuestro país, pero hay mucho que es importante abordar.
“Viejos los cerros”, dirán algunos, pero la vejez tomó una nueva dimensión cuando se descubrió la magia de la ancianidad, sobre todo por lo que aportaron en muchos sentidos, en su momento —apoyo moral, acompañamiento, pensiones, bienes acumulados—, y porque son una crucecita en una boleta electoral que ha sido bien promovida.
De los 134,4 millones de mexicanos que hay en nuestro país en 2026, del más del 17,1 por ciento de la población anciana que hay ahora, hay que recordar que, en determinado momento, solo se pensionaba a partir de los 68 años a seis millones 700 mil en adelante. Conmueve ver a la gente mayor, algunos muy agradecidos de que se fijen en ellos, aunque ante el concepto de viejo, de cierta calidad de rémora útil, que no deja de ser abandonada por la población, el Consejo Nacional de Población (Conapo) se refiere a un abandono muy alto, si bien en el sector público se ha ido abordando ese problema y creando, por otro lado, una concepción de persona, ciudadana mayor, que solo tiene más edad y lo sigue siendo con su propia presencia. Hay otros sectores que exhiben la limitación de a quienes ven como “sus viejitos”.
En las familias, el tratamiento a sus parientes ancianos es desigual. Algunas exageran las atenciones para paliar el remordimiento, pero es terrible el porcentaje que se ha dado de ancianos que son violentados por sus familias. La cifra nacional era, en años pasados, de tres de cada cinco. No necesariamente eran golpes, aunque los hay en el 16 por ciento, sino sevicia, agresiones psicológicas, insultos o robos. Aunque se penaliza con años de prisión el abandono de un anciano de parte de sus familiares, ese abandono sigue. En ciertas épocas, en los albores de 2015, había más de 150 mil abandonados en el país y la cifra no demerita en este momento.
Para desearle que los años sigan adelante, dedico el día 28 de agosto a mi hermano, el contador público egresado del IPN, Pedro Enrique Gil Gálvez, autor de varias obras, una de ellas, ¿A qué jugaremos? (Manual de juegos recreativos 2002), que ha vendido varias ediciones sobre el anhelo de la convivencia entre los seres humanos.
Y recordar a aquel viejo magnífico que fue el poeta Pablo Neruda, quien dedicó su último aliento a denunciar al mundo cómo había sido acribillado el presidente Salvador Allende por el traidor golpista Augusto Pinochet. Cincuenta y tres años se cumplirán el once de septiembre próximo de aquella traición. Y sesenta y nueve años tenía al morir el gran poeta chileno Neftalí Ricardo Reyes Basoalto, Premio Nobel 1971, cuyo nombre universal es Pablo Neruda. Era, pues, de la tercera edad.
En sus memorias Confieso que he vivido (Origen-Planeta, 1985), concluidas unos días después del golpe pinochetista contra Salvador Allende, Neruda denuncia con una gran indignación, en su parte final, que el presidente chileno no se suicidó: “aquella gloriosa figura muerta iba acribillada y despedazada por las balas de las ametralladoras de los soldados de Chile, que otra vez habían traicionado a Chile”.
Doce días después de los hechos, el 23 de septiembre de 1973 falleció y su muerte, como la de Allende, no ha quedado clara. La bajeza, el odio, el desprecio a la vida humana transitaban por el país sureño.
En más de 450 páginas, el chileno que recorrió todos los caminos sintetiza su vida. Comunista, diplomático, político, escritor, poeta, Nobel, esa vida ya se abarcaba en su obra.
En esas memorias valdría la pena rescatar todo lo que escribe sobre México, un homenaje mayor que pocos escritores han hecho a nuestro país, con la ternura, la devoción —y alguna critiquilla—, de un hombre que amó profundamente a México.
Para olvidar un poco la tristeza que puede desprenderse de este escrito, reseño una de sus salidas en broma —como hombre de gran sentido del humor que era— cuando recuerda que, con el director de la cárcel donde estaba preso David Alfaro Siqueiros y el propio pintor, salían sigilosamente del penal para ir a echarse unos tragos a escondidas, sin que nadie los viera. Vicisitudes de dos genios.




