A decir verdad
Mientras Donald Trump celebraba el 250 aniversario de la promulgación de la independencia de Estados Unidos de América y, con ella, el nacimiento de la nación, otro norteamericano ilustre nacido en Chicago pero adoptado por las marginalidades del Sur Global, Robert Francis Prevost, puso pie y corazón en la icónica isla de Lampedusa (en la frontera mediterránea entre África y Europa) para confirmar que la migración es el signo crucial de este siglo XXI.
No sólo porque las dinámicas geopolíticas y sociales empujan a millones de humanos a abandonar sus hogares, sino porque, gracias a la desterritorialización moderna, todos somos o seremos extranjeros en un nuevo mundo algorítmico; desheredados de nuestros sitios seguros por las indiferentes fronteras digitales y virtuales modernas.
Trump y Prevost comparten nacionalidad, pero no mucho más. Sus visiones sobre el mundo son distintas, casi opuestas. Para el magnate, la nación norteamericana “es el máximo logro en la historia de la humanidad, un logro de libertad y una nación extraordinaria, excepcional que jamás ha existido sobre la faz de la tierra” casi por un designio mágico o divino. Trump considera que los Estados Unidos han sido “luz, gloria, esperanza y promesa de todas las naciones del mundo” y que, al mismo tiempo, ningún otro pueblo puede siquiera acercarse a sus logros. No hay una razón; sino que, como en un discurso creador, el triunfo existe porque se enuncia.
León XIV, por el contrario, explora las razones por las cuales los Estados Unidos son indudablemente un centroide de poder e interés global. En una carta al pueblo que lo vio nacer, el Papa Prevost también reconoció los valores intrínsecos de la potencia norteamericana, como la libertad, la igualdad, la búsqueda de felicidad, la justicia y un gobierno democrático; pero puso un punto central crítico y distinto: ese camino no ha sido mágico, sino arduo y complejo que exige una reflexión profunda sobre las responsabilidades que los estadounidenses tienen con su historia y con el concierto mundial. Las responsabilidades no solo giran entre acoger, proteger y ayudar a los inmigrantes; sino en asumir con claridad la participación y la diversidad cultural en la conformación de las instituciones que dan rostro a los Estados Unidos. León XIV confirma que la migración ha sido parte de la esencia norteamericana desde su inicio.
El 4 de julio, Prevost pasó la mañana en Lampedusa y, desde ese simbólico y dramático escenario lanzó un comentario sobre el fenómeno migratorio universal. Alabó el proceso de integración y entrecruzamiento de culturas que la migración promueve como una generadora de encuentro y de diálogo: “El Evangelio –dijo– resuena donde los pueblos se encuentran”. El Papa no es ingenuo y también reconoce la posibilidad de los desencuentros en muchas de estas circunstancias, también hay riesgo de colisiones en el entrecruzamiento cultural. Y a pesar de ello, el pontífice considera que son positivos estos diálogos de contraste en nuestros tiempos.
En este viaje, Prevost también puso una reflexión en otros aspectos invisibilizados frecuentemente en las culturas autorreferenciales y cerradas: tanto aquellos que el mar se tragó en búsqueda por nuevas tierras –un nuevo hogar–, como quienes lograron cruzar las fronteras visibles e invisibles de los nuevos espacios culturales, merecen ser vistos, atendidos, abrazados, asistidos, con generosidad reconocidos y recordados. Rescatados de la invisibilidad institucional y de la indiferencia social.
Finalmente, el Papa no se quedó en un buenísimo inspirador, sino en una denuncia clara y madura: Desde la libertad –lamentó– hay quien elige no hacerse prójimo y quienes deciden no decidir. Aseguró que estos últimos son responsables directos e indirectos de la muerte de miles de personas, víctimas de decisiones no tomadas o de decisiones omitidas.
En el aniversario 250 de los Estados Unidos, sin duda una potencia dominante de influencia global por su poder militar, económico y propagandístico, el primer pontífice católico de origen estadounidense denunció el desinterés por el bien común, por la corrupción generalizada y lesiva, por un sistema económico que genera pobreza y exclusión, por el miedo que fomenta prejuicios y desprecio. Nombra esos pecados como un espejo en el que León XIV pide a los Estados Unidos también mirarse. Esa autocrítica es indispensable para poder ofrecer mejores caminos en la política y la diplomacia. Solo así, del discurso se pasa al diálogo, de la vanagloria a la responsabilidad. Solo así, puede celebrarse un aniversario que no está desprovisto de la bondad de Dios.
Dijo el Papa: “No hay amor de Dios sin amor al prójimo y no hay prójimo, si yo no me acerco”. En esta frase, Prevost obliga a entender la necesidad de recorrer un camino de generosidad y de oportunidad en la sorpresa de encontrarse con el otro, con el distinto, con el diferente y desde allí emprender juntos un camino de búsqueda hacia la verdad y hacia el bien común.
La migración como fenómeno político y económico es, al mismo tiempo, una realidad que abarca otros aspectos de la dimensión humana; no sólo por las historias de aquellos que parten de sus hogares en las periferias globales hacia los centros de desarrollo económico y cultural, sino también por quienes son permanentemente desplazados por las nuevas fronteras de poder y de hegemonías culturales, que día con día desfallecen en el perímetro de la oportunidad; pero, sobre todo, por quienes creen que son dueños de su tierra y su historia, de su discurso y su memoria, de su orgullo nacional y cultural pero que silenciosamente también son desplazados de los nuevos órdenes sociales. Y ahí, el Evangelio —como han insistido los últimos pontífices con el corazón puesto en las periferias– nos convoca a recibir, a integrar, a abrazar y a acompañar, siempre.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe




