Michoacán: antes de las urnas, la Constitución
Claro que dolió. Y dolió mucho. Dolió porque México tuvo contra las cuerdas a una de las grandes potencias históricas del fútbol mundial. Dolió porque jugó de tú a tú, porque durante largos lapsos fue mejor que Inglaterra, porque era nuestro Mundial, nuestro estadio y nuestra gente.
Pero, visto con serenidad, México terminó ganando mucho más de lo que perdió.
A veces las derrotas, como la del domingo en el Estadio Azteca, revelan con mayor claridad el tamaño de una nación que algunas victorias. Y mientras millones de mexicanos en todo el país asimilaban el descalabro mientras reivindicaban su orgullo por el papel de sus seleccionados comenzaron a desfilar los verdugos de siempre.
Y desde la comodidad de un micrófono o detrás de una libreta comenzaron a repartir culpas: que si Javier Aguirre se equivocó en los cambios, que si faltaron variantes, que si salió Quiñones, que si debió entrar “La Hormiga”, que los directivos… La cultura de encontrar culpables volvió a imponerse sobre la obligación de entender lo ocurrido dentro y fuera de la cancha.
Es mucho más sencillo dictar sentencias que explicar un partido que se decidió por detalles. Porque el análisis exige conocimiento; el linchamiento apenas requiere saliva. Bastó un momento de distracción para que Inglaterra hiciera valer décadas de experiencia competitiva. Aun así, nunca dejó de sentirse acosada por un equipo mexicano que la obligó a defenderse hasta el último minuto… dieron la vida ante los embates, una y otra vez, de los mexicanos.
No. La Selección Mexicana consiguió algo que va mucho más allá del marcador y que hacía años no ocurría: volvió a unir a los mexicanos. Durante casi un mes desaparecieron los bandos, las etiquetas y las trincheras políticas que han dividido al país. No hubo chairos ni fifís; tampoco una conversación secuestrada por la polarización cotidiana.
Hubo millones de personas abrazadas a una misma ilusión. Pocas instituciones conservan hoy esa capacidad de recordarnos que, antes que cualquier diferencia, compartimos una misma camiseta.
Ese grupo de 26 futbolistas, junto con Javier Aguirre y su cuerpo técnico, recordó que los mexicanos sí pueden competir de frente contra los mejores del mundo. Y, en un país acostumbrado a discutirlo todo, logró algo todavía más difícil: devolvernos, aunque fuera por una noche, la posibilidad de creer en nosotros mismos y sembrar una semilla en millones de niñas y niños para creer en si mismos y construir un futuro mejor.
La herida del domingo tiene una explicación. México no es solamente un país que ve fútbol; probablemente es el país que más vive el fútbol. Aquí hay alrededor de 17 millones de personas mayores de 12 años que lo practican en ligas organizadas, torneos escolares, campeonatos empresariales, canchas municipales, unidades deportivas, colonias, comunidades y hasta en las tradicionales cascaritas de barrio.
El INEGI documentó en 2021 que, de los 98 millones de personas de 12 años y más que hay en el país, alrededor de 32 millones practican algún deporte o ejercicio físico en su tiempo libre. En ese universo, el fútbol ocupa el primer lugar como práctica recreativa y deportiva. Ningún otro deporte tiene semejante arraigo social.
Es tan profunda la pasión por el fútbol en México que incluso tiene un impacto directo en la economía nacional. Por eso la conversación deja de ser exclusivamente futbolera para convertirse también en un asunto de política pública.
De acuerdo con Banamex, la economía del fútbol generó en 2024 un Valor Agregado Bruto de 52 mil 640 millones de pesos, equivalente al 0.16 por ciento del Producto Interno Bruto. No se trata únicamente de los clubes de Primera División. La medición incorpora fútbol profesional y amateur, televisión abierta y de paga, radio, apuestas deportivas, venta de artículos deportivos, alimentos, bebidas, transporte y diversos servicios relacionados con este deporte. Es decir, el fútbol ya es una industria estratégica para México.
Miles de empleos dependen directa o indirectamente de él. Millones de personas consumen contenidos deportivos todos los días. Miles de negocios viven alrededor de una cancha. Cada fin de semana se mueve una economía gigantesca impulsada por uniformes, arbitrajes, renta de campos, comercio local y consumo familiar. Cuando una actividad mueve ese volumen de recursos, empleo e identidad colectiva, deja de ser únicamente un espectáculo. Se convierte en un asunto de interés público.
La eliminación dolió porque México sí compitió. Porque sus jugadores se entregaron. Porque hay talento. Porque existen generaciones capaces de enfrentar de tú a tú a las mejores selecciones del mundo. Porque los mexicanos respiramos fútbol todos los días y conocemos nuestros límites. Y esta vez estuvimos muy por encima de ellos.
¿Perdió México? En el marcador, sí. Como país, no. Esta Selección dejó una enseñanza mucho más profunda que una clasificación. Les recordó a millones de niñas y niños que competir sin complejos es posible; que el talento mexicano puede mirar de frente a cualquiera; que el límite muchas veces está más en la resignación que en las capacidades.
Esa lección trasciende al fútbol. También sirve para la escuela, para la empresa, para la ciencia, para el servicio público y para la vida.
Que los “especialistas” sigan buscando culpables y repartiendo sentencias. México encontró algo mucho más valioso: la certeza de que puede competir de frente contra cualquiera cuando hay preparación, liderazgo, disciplina y carácter. Esa es la verdadera victoria que dejó este Mundial. Ojalá aprendamos más de ella que de la derrota.
RADAR
LA GUERRA QUE VIENE. Recién concluyó la participación de México en el Campeonato Mundial de Fútbol y los cuartos de guerra de las fuerzas políticas y los grupos de interés que se disputan el poder del país ya alistan armas para reiniciar su lucha de cara a los comicios intermedios de 2027, en los que se renovarán 17 gubernaturas y la totalidad de la Cámara de Diputados.
Tras la resaca de la eliminación, la lucha por el poder se reinicia. Se acabó la tregua. Comienza otra vez la batalla.




