Libros de ayer y hoy
A todos nos preocupa la polarización, la radicalización discursiva o los fundamentalismos ideológicos actuales. De hecho, es probable que cada uno de nosotros desde nuestras propias trincheras de certezas, consideremos que son “los otros” los polarizantes, los radicales y fundamentalistas; y al mismo tiempo, seamos incapaces de reconocer dichos rasgos en nuestra actitud, nuestros conocimientos y nuestras convicciones.
Este sesgo siempre ha estado presente en la sociedad; pero los mecanismos actuales con los que se exacerban estos sesgos son mucho más eficientes. Por ejemplo, nuestros hábitos de consumo informativo están condicionados por plataformas que por un lado nos acercan a ideas que confirman nuestras propias creencias y, por otro, nos presentan ideas opuestas caricaturizadas para arraigar más el parecer (la opinión) con nuestro ser (la identidad).
Otro ejemplo, el acceso indiscriminado a fuentes masivas de información propicia que personas con poca habilidad y conocimiento (o poco espacio para el discernimiento) tiendan a sobreestimar su propia inteligencia o competencia. Hoy somos más quienes creemos “entender mucho” en muy poco tiempo y casi sin esfuerzo; aunque, claramente, nos engañamos.
Las herramientas tecnológicas modernas no son las culpables de estos fallos metacognitivos pero sí aceleran y facilitan las condiciones para que grandes porciones sociales opten por la ignorancia selectiva, la dureza en las certezas y el fanatismo radical. Así, las cámaras de eco (sitios figurados donde las creencias de un grupo se amplifican y refuerzan por repetición en sistemas cerrados) son más intensas gracias a la hipersegmentación afectiva. Es decir, a esa moderna estrategia de marketing y propaganda que nos compacta en grupos muy estrechos; basándose en nuestras emociones, valores y estados de ánimo y que nos hace conectar artificialmente las ideas o las actitudes con un simulacro de la realidad.
Este ‘aislamiento intelectual’ moderno no se debe a la falta de acceso a información sino a que, en la brutal masividad de datos, permitimos que sean los algoritmos de personalización los que conduzcan nuestra mirada y nos oculten aquello que no se ajusta a nuestras preferencias. Estos fenómenos son estudiados a detalle: el problema de la “madriguera intelectual” advierte sobre la progresión hacia visiones cada vez más radicales debido en buena medida a los algoritmos de nuestros consumos; o la “espiral del silencio” plantea hipótesis sobre cómo los individuos o las minorías van quedando aisladas paulatinamente en grupos sociales que se radicalizan mediante la validación narrativa de sus certezas y sus enemigos.
Por si fuera poco, en medio de toda esta vorágine, hay personas y grupos que optan conscientemente por la ignorancia voluntaria. Es un fenómeno especialmente manifiesto en grupos religiosos y partidistas donde suele haber una elección incentivada para optar por la ignorancia. Aquellas personas motivadas o recompensadas por no-saber viven en espacios de relaciones desiguales de poder; donde su elección aparentemente les protege y les libera de los privilegios o las responsabilidades que conlleva su pertenencia al grupo dominante. A estos últimos, la tecnología les ayuda a adormecer la realidad y a dispersarse en un infinito productivismo y consumo de contenido insustancial e irrelevante.
Con todo, ante todo este complejo panorama, es imprescindible no caer en fatalismos y, por el contrario, abrazar la esperanza de que estos fenómenos no tienen la última palabra en las relaciones sociales o comunitarias. Sin duda hay remedio, hay opciones de salida para estas madrigueras ideológicas; aún es posible moderar la polarización y evitar riesgos de radicalismo fanático. Aún se puede desalentar la “ignorancia voluntaria” de los privilegiados y explorar con seriedad los conflictos que se quieren ocultar o echar debajo de las alfombras.
El problema no son las certezas sino las condiciones que favorecen la resistencia a aprender algo distinto, a comprender algo que nos reta o a madurar las creencias; por eso, la frase del papa León XIV en Magnifica Humanitas no puede ser más oportuna: “Las tensiones y las diferencias no deben intimidar; pueden convertirse en energías creativas cuando están orientadas por una responsabilidad compartida”. Y en buena medida, esa responsabilidad habla a quienes tienen funciones comunicativas: No debemos permitir que la opinión pública se acostumbre a narrativas mediáticas polarizadas; debemos estar vigilantes a las estrategias de “amplificación algorítmica” que exacerban el enfrentamiento y la oposición; y debemos recobrar el sentido de la verdad como un bien común y no como una propiedad de quienes tienen poder o visibilidad. El derecho a la verdad debe prevalecer sobre el interés de manipularla u ocultarla.
“Las tensiones y las diferencias no deben intimidar”, reitera el Papa; y su frase se dirige a esas instancias que –desde el miedo al conflicto y a la verdad– prefieren simplificar hasta el el absurdo la complejidad de la realidad; que optan por moralizar la historia absolutizando a ‘héroes, mártires y villanos’; que eligen la ignorancia y la falta de transparencia por intereses y privilegios; que se cierran al diálogo y a la confrontación con responsabilidad argumentativa. Esas instancias, henchidas de autorreferencialidad y falsa superioridad moral, son los espacios perfectos donde se gesta la polarización, la radicalización y los fundamentalismos ideológicos; sus líderes, pueden arriesgarse a dar un paso afuera del hoyo o hundirse lenta y progresivamente en esa madriguera, en ese abismo de maldad.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe




