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TRENTON, Nueva Jersey, EU, 9 de septiembre de 2026.- Nueva York fue escenario el pasado 6 de septiembre de una singular intervención artística en la que una figura ancestral vinculada a la naturaleza irrumpió en uno de los espacios urbanos más reconocibles del mundo. Mari, personaje central de una antigua tradición mitológica, apareció en una de las grandes pantallas de Times Square, en el número 1560 de Broadway, entre las calles 46 y 47. La obra, creada por el escultor Patxi Xabier Lezama, propone una reflexión sobre el cambio climático y sobre fenómenos como las inundaciones y las sequías a través del lenguaje de la cultura y del arte.
Un comunicado de prensa informó que la elección de Times Square como escenario adquiere un especial significado por el contraste entre el lugar y la imagen representada. El corazón de Manhattan es uno de los grandes símbolos de la sociedad contemporánea, dominado por las pantallas digitales, la publicidad, la tecnología, el entretenimiento y una circulación constante de imágenes, mientras que Mari remite a una concepción mucho más antigua de la relación entre las personas y el mundo natural.
La intervención introduce así una figura relacionada con las montañas, las cuevas, los fenómenos atmosféricos y las fuerzas de la naturaleza en un entorno que representa, quizá como pocos, la capacidad de la sociedad moderna para transformar el territorio. El encuentro entre ambos mundos sirve como punto de partida para una reflexión sobre los límites del desarrollo y sobre la necesidad de mantener una relación más consciente con el medio ambiente.
La propuesta no pretende sustituir el conocimiento científico ni las respuestas políticas y económicas que exige la crisis climática. Su propósito se sitúa en otro terreno, el de la creación artística, donde los símbolos pueden contribuir a despertar preguntas y a generar nuevas formas de aproximarse a una realidad que afecta cada vez más a la vida cotidiana.
Mari pertenece a una tradición mitológica en la que la naturaleza no aparece simplemente como el escenario de la existencia humana, sino como una fuerza con presencia propia. Las montañas, las cuevas, las tormentas, el viento y otros fenómenos naturales forman parte de un universo simbólico en el que las personas mantienen una relación estrecha con las fuerzas que gobiernan su entorno.
Esa concepción adquiere nuevas posibilidades de interpretación en el contexto actual. El cambio climático ha vuelto a situar la naturaleza en el centro de las preocupaciones de las sociedades contemporáneas, mientras el calentamiento global, la transformación de los ecosistemas y la aparición de fenómenos extremos obligan a reconsiderar la relación entre progreso, territorio y medio ambiente.
La presencia de Mari en Nueva York establece un puente entre dos épocas y dos maneras de observar el mundo. Una figura procedente de la tradición aparece en uno de los grandes centros de la sociedad tecnológica y, precisamente por ese contraste, puede plantear una cuestión de plena actualidad: hasta qué punto es posible hablar de progreso sin tener en cuenta los límites naturales del planeta.
Patxi Xabier Lezama ha desarrollado una trayectoria artística vinculada a la escultura, la mitología y la reinterpretación de símbolos procedentes de la tradición. Su trabajo parte de imágenes y relatos antiguos para trasladarlos a lenguajes contemporáneos, con la intención de explorar qué nuevos significados pueden adquirir cuando entran en contacto con las preocupaciones del presente.
En el caso de Mari, la figura deja de ser únicamente una representación mitológica para convertirse también en una imagen relacionada con la conciencia ambiental. Su presencia en Times Square permite que un símbolo asociado a la tierra entre en el debate contemporáneo sobre el clima y sobre la relación entre las sociedades humanas y el entorno.
El arte puede participar en este debate sin necesidad de proporcionar respuestas técnicas. Su capacidad reside también en generar asociaciones, recuperar símbolos y provocar una reflexión que no siempre se produce a través de las cifras o de los discursos institucionales.
La crisis climática se explica mediante datos, modelos y proyecciones científicas, pero también puede ser contemplada desde la memoria cultural y desde las distintas formas en que las sociedades han imaginado históricamente su relación con la naturaleza.
La elección de una pantalla digital como soporte añade otra dimensión a la intervención. Una figura relacionada con las montañas, las cuevas y las fuerzas naturales aparece precisamente en uno de los formatos que mejor representan la cultura visual contemporánea.
La tecnología permite que una imagen procedente de una tradición antigua alcance un público internacional y se integre en el paisaje cotidiano de una de las ciudades más visitadas y reconocibles del mundo.
Tradición y tecnología dejan así de aparecer como elementos necesariamente opuestos. La pantalla se convierte en un vehículo para actualizar el significado de un símbolo y trasladarlo a un contexto en el que puede ser interpretado desde perspectivas diferentes.
La imagen adquiere, además, un significado particular al convivir con las grandes campañas publicitarias de Times Square. En un espacio concebido para llamar la atención sobre productos, espectáculos y marcas, aparece una representación cuyo propósito es introducir una reflexión sobre la naturaleza y sobre el futuro del planeta.
Hay una dimensión especialmente significativa en la presencia de una figura vinculada a la tierra en una ciudad como Nueva York, uno de los grandes ejemplos de la capacidad humana para transformar el territorio.
Los rascacielos, las infraestructuras, las redes de transporte y las tecnologías que sostienen la vida urbana muestran hasta qué punto las sociedades modernas han desarrollado herramientas para modificar su entorno. Sin embargo, detrás de esa complejidad continúa existiendo una dependencia fundamental de los sistemas naturales.
El agua, el aire, el suelo, los alimentos, la energía y las condiciones climáticas siguen siendo imprescindibles para la vida, también en las grandes ciudades. La imagen de Mari introduce esa realidad en el paisaje de Times Square y recuerda que la naturaleza no desaparece cuando el territorio se transforma mediante la arquitectura y la tecnología.
La ciudad puede modificar el paisaje, pero no puede prescindir de las condiciones naturales que permiten su existencia.
Una de las características esenciales de los mitos es su capacidad para sobrevivir mediante la reinterpretación. Las figuras y relatos transmitidos durante generaciones pueden adquirir nuevos significados cuando son contemplados desde épocas diferentes.
Mari permite precisamente esa transformación. Su relación con las fuerzas naturales puede ser leída hoy desde una perspectiva vinculada a la preocupación por el cambio climático, sin que ello implique reducir su significado original a un único mensaje contemporáneo.
La intervención de Lezama no busca recuperar el pasado como una pieza inmóvil, sino demostrar que determinados símbolos pueden continuar dialogando con el presente.
El mito se convierte así en un lenguaje capaz de conectar memoria y actualidad, tradición y tecnología, territorio y conciencia ambiental.
El contexto de Times Square refuerza el carácter de la intervención. Las grandes pantallas del lugar están diseñadas para captar la atención de quienes atraviesan uno de los espacios más concurridos de Manhattan, convirtiendo la imagen en una herramienta de comunicación permanente.
En ese escenario, Mari introduce una representación cuyo propósito no está relacionado con el consumo, sino con la reflexión. Su presencia se incorpora al mismo flujo visual que domina la plaza, pero propone una lectura diferente de ese paisaje.
La figura recuerda que detrás de las ciudades, las infraestructuras y la tecnología existe una realidad natural de la que depende todo aquello que la sociedad ha construido.
Ese contraste entre la velocidad de la vida urbana y la permanencia de la naturaleza constituye uno de los elementos centrales de la propuesta.
La lucha contra el cambio climático suele plantearse desde la ciencia, la política, la economía y la tecnología, ámbitos imprescindibles para comprender y afrontar un problema de escala mundial. Sin embargo, existe también una dimensión cultural que tiene que ver con la forma en que las sociedades perciben la naturaleza y con el lugar que están dispuestas a concederle dentro de sus modelos de desarrollo.
El arte puede contribuir a explorar esa dimensión porque trabaja con imágenes, emociones, símbolos y memoria. Puede recordar que la relación entre humanidad y naturaleza no comenzó con el actual debate climático, sino que forma parte de la historia de todas las sociedades.
Durante siglos, diferentes culturas han desarrollado relatos para explicar las fuerzas que las rodeaban. Montañas, ríos, tormentas, sequías y ciclos naturales han ocupado un lugar central en numerosos imaginarios.
En la actualidad, la ciencia permite comprender esos fenómenos con una precisión desconocida en otras épocas, pero la necesidad de construir una relación responsable con el entorno continúa siendo una cuestión profundamente humana.
La presencia de Mari en Times Square puede interpretarse como un encuentro entre pasado y futuro. Una figura ancestral aparece en una ciudad definida por la tecnología y se incorpora a uno de los grandes paisajes digitales del mundo para plantear una reflexión sobre el futuro del planeta.
La propuesta de Patxi Xabier Lezama no pretende presentar el pasado como una respuesta a todos los problemas del presente ni propone regresar a formas antiguas de entender la naturaleza. Su intención parece situarse en otro punto: recuperar un símbolo para ampliar nuestra manera de mirar.
En un momento en el que el cambio climático exige transformaciones profundas en los modelos de producción, consumo y desarrollo, esa mirada cultural puede contribuir a recordar que el problema no afecta únicamente a las cifras y a las políticas, sino también a la relación que cada sociedad establece con el territorio que habita.
La aparición de Mari en una de las grandes pantallas de Manhattan convierte una figura mitológica en una presencia contemporánea y establece un diálogo inesperado entre una tradición ancestral y una de las expresiones más visibles de la modernidad.
La imagen lleva al centro de Nueva York una representación relacionada con la tierra y las fuerzas naturales, precisamente en un espacio que simboliza la velocidad, la tecnología y la transformación permanente de las imágenes.
En ese contraste reside buena parte de su fuerza. La sociedad puede construir ciudades cada vez más complejas, desarrollar nuevas tecnologías y transformar profundamente el territorio, pero continúa dependiendo de un planeta con límites físicos y de unos sistemas naturales cuyo equilibrio resulta esencial para la vida.
El arte ofrece aquí una forma distinta de aproximarse a esa realidad. A través de una imagen, un símbolo y una historia antigua, Mari vuelve a situar la naturaleza en el centro de la conversación.
Su presencia en Times Square recuerda que el cambio climático no es únicamente un desafío científico o político, sino también una cuestión de conciencia y de cultura. Y plantea, desde uno de los grandes escenarios urbanos del mundo, una pregunta que trasciende épocas y fronteras: ¿qué relación queremos mantener con la tierra y qué futuro estamos construyendo sobre ella?




