¿Club de Toby en la ONU?
Una mujer de 78 años llega a urgencias porque, desde esa mañana, no reconoce a su hija y no sabe dónde está. Alguien comenta: “Son achaques de la edad”. Pero ayer conversaba con normalidad. Una desorientación que aparece de repente no debe atribuirse al envejecimiento: puede ser señal de una infección, deshidratación, un problema metabólico o una reacción a un medicamento.
Envejecer no es una enfermedad. Sin embargo, con los años pueden aparecer problemas que afectan la movilidad, la memoria y la independencia. Se conocen como síndromes geriátricos y no son inevitables.
Uno de ellos es la fragilidad: el organismo tiene menos capacidad para resistir y recuperarse ante una enfermedad. Una diarrea que parece leve puede causar deshidratación y pérdida de fuerza. También son frecuentes las caídas, que pueden provocar fracturas y reducir la autonomía. Otros síndromes incluyen deterioro cognitivo, depresión, desnutrición, incontinencia y dependencia para actividades como bañarse o vestirse.
Estos problemas suelen coexistir. Una persona puede tener fragilidad, dificultades de memoria y riesgo de caídas, mientras toma varios medicamentos. Por eso, ante una caída no basta con atender el golpe: también hay que investigar si hubo mareo, debilidad o algún efecto de los medicamentos.
Es importante distinguir el deterioro progresivo de la memoria de la confusión repentina, que puede corresponder a delirium o síndrome confusional agudo. Si una persona mayor se desorienta de forma súbita, se muestra inusualmente somnolienta o deja de reconocer a su familia, necesita valoración médica inmediata. También requieren atención urgente la dificultad para respirar, el dolor de pecho, el desmayo, la debilidad de un lado del cuerpo o una caída con lesión importante. Normalizar estos cambios como “achaques” puede retrasar la atención que necesita.
En un estudio que realizamos con 202 adultos mayores atendidos en urgencias en Guadalajara, encontramos casi cinco síndromes geriátricos por paciente, en promedio. Aproximadamente siete de cada diez presentaban fragilidad y una proporción similar tenía riesgo de caídas. La dependencia y el deterioro cognitivo se asociaron con mayor mortalidad durante la hospitalización, incluso al considerar otras características de los pacientes.
Otro dato llamó nuestra atención: solo uno de cada cinco había recibido una valoración geriátrica previa. Revisar a tiempo la memoria, la movilidad, la alimentación y los medicamentos puede ayudar a detectar problemas antes de que una caída o una hospitalización los hagan evidentes.
No todo cambio en una persona mayor es “por la edad”. Escucharla, observar qué ha cambiado y buscar atención oportuna puede proteger su salud y su independencia.
Cuando una persona mayor cambia de repente, ¿nos preguntamos qué le ocurre o suponemos que son achaques de la edad?