Libros de ayer y hoy
Se acaba el mes octavo y llega septiembre con el segundo informe de la presidenta Claudia Sheinbaum. Parte de ese recorrido lo hemos vivido todos con los pros y los contras. En mayor parte con la presión gringa y el espectáculo diario del presidente vecino en su papel de dueño del mundo. O emperador de América Latina, como le dice el embajador chino en Chile. La vida de nuestro país se asemeja a una novela policial, cuyos misterios se van presentando para dar idea de lo que pasará, sin exhibir el final. Y no es en torno a la presidenta cuya postura e imagen están sólidas pese a las agresiones cotidianas que se han reproducido de parte de la oposición en su contra. El enigma viene del país vecino, ¿qué seguirá pasando con los avances de Donald Trump, en el apoderamiento externo como ya sucedió con Venezuela y qué reacción podemos esperar si pierde las elecciones en noviembre?
EL MES DE LA PATRIA, EL GRAN SIGNIFICADO DEL MES DE SEPTIEMBRE
Mientras las sorpresas del informe nos dejan en espera, hay que recordar que el nuevo mes tiene un gran significado para nosotros los mexicanos; es el mes de la Patria. En sus lejanos días, allá, a mediados del mes, nada menos que un cura Miguel Hidalgo, lanzó el Grito de Independencia. Significativo no solo por el inicio de nuestra libertad, sino por lo que representa la iglesia católica legalmente en este momento en México y el enfoque laico que vive nuestro país. Por otra parte y de acuerdo a nuestro crónica, septiembre es un mes que ha sido pródigo para el nacimiento de grandes escritores. Nada menos que Miguel de Cervantes nació en este mes otoñal, el día 29. Francis Scott Fitzgerald fue también un escritor septembrino nacido el día 24. Su obra volcada en la biografía del académico André LeVot (Scott Fitzgerald Argos Vergara Barcelona 1981) nos muestra a un personaje complejo amante de las veleidades sociales, de la bebida que lo llevó a la muerte, pero también a un ser agobiado, triste en su últimos años cuando apenas entraba en los cuarenta.
DE ESTÉTICA INCOMPARABLE, SE CALIFICABAN LAS OBRAS DE FITZGERALD
Aquella también típica y extraordinaria escritora que fue Gertrude Stein, solía decir, -lo publica LeVot-, que “no había escritor norteamericano contemporáneo que se propusiese una aventura estética comparable a la que había emprendido Francis Scott Fitzgerald”. Y con solo leer El gran Gatsby, El otro lado del paraíso o Tierna es la noche, entre las muchas obras que dejó, se entiende porque fue recuperado después de su muerte -en 1940, a los 44 años-, para colocarlo en la cima de la literatura estadounidense. En la minuciosa biografía, LeVot, profesor de literatura norteamericana en la Sorbona, se da tiempo para hablar de los otros amores del escritor nacido en Minnesota, con la inglesa Sheilah Graham con la que vivió sus últimos años. Ella se convirtió con el tiempo, en una de las comentaristas de chismes escandalosos, que en México han sido copiadas en los medios, cada vez con menos impacto. No recuerdo al poeta que escribió, “el eco grita y repite ¡muerte!”, pero a Fitzgerald, siendo una figura bendecida por la fortuna, este grito lo persiguió implacable; su esposa Zelda murió quemada en un manicomio y él mismo cayó fulminado por un infarto, cuando se levantó del escritorio donde escribía su última obra. Con rasgos que lo identificaban con él, su personaje Jay Gatsby murió absurdamente al ser confundido por su asesino ( y fue muy lamentable que en la película el muerto haya sido Robert Redford).




