Indicador político
La reciente advertencia sobre el riesgo de cisma y excomunión del Vaticano a la Fraternidad San Pío X (FSPX), así como la respuesta de estos a la sede petrina, nos recuerdan que la pertenencia a la Iglesia Católica no significa una uniformidad monolítica y ni siquiera un determinismo litúrgico absoluto, sino tejer una comunión viva con el Sucesor de Pedro y la Iglesia en su conjunto, sin que ello implique borrar la rica pluralidad de las muchas identidades católicas.
El 13 de mayo, el cardenal Víctor Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, advirtió a la FSPX (una organización religiosa tradicionalista heredera del movimiento contra-conciliar que cayó en excomunión por desobediencia) que si mantiene su intención de consagrar nuevos obispos el próximo 1 de julio sin el mandato del papa León XIV, incurrirá en cisma y sus miembros enfrentarán nuevamente la pena de excomunión.
Para quien no está familiarizado con las dinámicas internas del catolicismo, la noticia puede sonar a un asunto nuevo y escandaloso; sin embargo, el tema es complejo y largo de contar pero, al mismo tiempo, ofrece una oportunidad inmejorable para reflexionar sobre un principio central, a menudo malentendido en la fe católica: la unidad en la diversidad.
Recordemos brevemente los hechos. Hace más de sesenta años, el papa Juan XXIII, inspirado en una noche abierta romana, convocó el Concilio Vaticano II para que la Iglesia entrara en un "aggiornamiento", una actualización que reconocía que la mirada sobre las verdades teológicas se abría a nuevos horizontes de la experiencia humana. Por supuesto, no todos aceptaron aquella actualización; entre ellos, uno de los padres conciliares: Marcel-François Joseph Marie Lefebvre, histórico arzobispo de Dakar (Senegal) y superior general de la Congregación de los Padres del Espíritu Santo.
Tras la clausura del Concilio en 1965, Lefebvre lideró la resistencia tradicionalista contra las reformas y comenzó una confrontación de baja intensidad con la comunión eclesial: renunció a la congregación, fundó la Fraternidad San Pío X en Écône (Suiza) para formar a sacerdotes exclusivamente en liturgia y disciplina preconciliar, ordenó sacerdotes críticos al papado y a Roma (lo que le valió una suspensión ministerial a divinis por el papa Paulo VI). Y, finalmente, en abierta confrontación y desobediencia al papa Juan Pablo II: en 1988 consagró a cuatro obispos para asegurar la continuidad de su particular movimiento; esa decisión le causó la excomunión inmediata y provocó un cisma de gran impacto para el catolicismo moderno.
Muchos de los fieles –católicos formados y asistidos por la FSPX– decidieron romper con la fraternidad y retornar a la obediencia pontificia (de ahí nació la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro -FSSP- dedicada a la misa en latín y el rito tridentino); sin embargo, otros tantos siguieron a Lefebvre hasta su muerte en 1991, y a los cuatro obispos cismáticos ordenados por él: Williamson, Tissier, Galarreta y Fellay. Al respecto, hay que explicar que estos cuatro obispos recibieron una “legítima sucesión apostólica”, pero a espaldas del mandato pontificio por lo que su consagración fue “válida” pero “ilícita”.
El movimiento de la FSPX creció en las siguientes décadas hasta que, bajo el liderazgo del obispo Fellay, hubo acercamientos con la Santa Sede para intentar recomponer la división. De hecho, es notable el caso del obispo carioca Licínio Rangel que fue consagrado por tres de los cuatro obispos cismáticos en 1991 y sancionado por ello con la excomunión; sin embargo, Rangel se reconcilió con el Papa y con la Iglesia en 2001 y fue designado como administrador apostólico de San Juan María Vianney en Campos (Brasil), una circunscripción eclesiástica personal con todas las estructuras diocesanas pero bajo el rito tradicional preconciliar, es decir: donde se celebra la Misa tridentina de Pío V de 1570. Rangel, a diferencia de Lefebvre, Williamson y Tiesser, falleció en comunión con la Iglesia.
En los esfuerzos por acercar a los obispos cismáticos y a sus comunidades, el papa Benedicto XVI reconoció que la misa en latín jamás fue derogada en la Iglesia (eso alegró tanto a los fieles de la FSPX, de la FSSP y a muchos otros) y además levantó la excomunión para tender un puente hacia la unidad. Sin embargo, la separación –como se vio– no se limitaba a lo litúrgico sino a otros aspectos teológicos (como el respeto a la Creación y a los Derechos Humanos que hoy la Iglesia católica pondera como parte de la maduración de la mirada teológica contemporánea).
Con la muerte de los obispos Tiesser (2024) y Williamson (2025), la comunidad de lefebvristas consideró la necesidad de ordenar nuevos obispos el próximo julio y así llegamos al problema inicial: si se realiza la consagración habrá nuevamente excomunión, como lo explicó el cardenal Fernández.
En reacción, el superior de la FSPX, Davide Pagliarini, respondió a la Santa Sede que permanece “un conflicto de conciencia frente a los errores que destruyen la fe y la moral católicas” y que los últimos seis pontífices no les han dado “una respuesta verdaderamente satisfactoria”. En el papel, reconocen que “solamente el Romano Pontífice, Vicario de Cristo, posee la autoridad suprema sobre toda la Iglesia. Sólo él confiere directamente a los demás miembros de la jerarquía católica la jurisdicción sobre las almas” pero rechazan la acción del Derecho Canónico sobre sus actos y reafirman su repudio a la expresión teológica de los pontífices y del magisterio de la Iglesia universal de los últimos 60 años.
Y aquí reside la paradoja más hermosa y desafiante del catolicismo. La unidad no es sinónimo de uniformidad. La Iglesia Católica puede parecer un monolito romano absoluto, pero su realidad es mucho más vibrante: junto al rito latino postconciliar y preconciliar, coexisten en plena y gozosa comunión con el Papa otras 23 iglesias sui iuris bajo cinco ritos distintos: alejandrino, antioqueno, armenio, caldeo y bizantino.
Todas estas iglesias son "idénticas en la fe, hermanadas en la tradición y la espiritualidad", pero con sus propios ritos, disciplinas y líderes legítimos. Esta diversidad de los rostros de la catolicidad es, o debería ser, una fuente de riqueza, no de conflicto.
El problema con la Fraternidad San Pío X no es su defensa litúrgica sino su decisión de construir una identidad al margen del principio petrino y de la comunión de la Iglesia universal debido a una lectura cerrada, integrista, inflexible y despojada de las explicaciones de la teología contemporánea y de las definiciones de los Concilios, especialmente de los dos más recientes. Así que no, no habrá 'excomunión a tradicionalistas' sino que la comunidad de la FSPX podría caer en esa pena medicinal si atenta contra la autoridad papal si consagra obispos de forma ilícita. Lo paradójico del caso es que, en la dureza de sus certezas y buscando un autoritarismo absoluto de los Papas y de una Iglesia –que ya han aceptado el desarrollo del dogma, que distinguen lo espiritual de lo temporal y que promueven la libertad religiosa– atenta contra la autoridad que dice honrar.
Frente a estas realidades, a los católicos se les exige una actitud más madura y evangélica: la oración y la confianza en la unidad. Pues, como afirmó incontables veces el papa Francisco: "El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre [porque] nadie en esta tierra está separado definitivamente de Dios”.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe




