Juego de ojos
Dicen los cursis –y los fanáticos del futbol– que existe un momento exacto en que el paraíso es del tamaño de una cancha. En realidad, aquello sucede con poca frecuencia entre los dos silbatazos del árbitro, pero no es ingenuo decir que cada jugador y cada aficionado busca un trozo de eternidad en los noventa minutos de un partido. Además, sin importar cómo se descalabre la ilusión, la fe en el juego y en la camiseta suele trascender el estadio.
La relación entre la fe y el futbol ha sido un tema recurrente en los análisis de ambos fenómenos porque, de cierta manera, en varias comunidades se combinan y retroalimentan mutuamente. El mejor gol, dicen, no es el que se trabaja, sino el que sucede a pesar de la lógica y cuando toda esperanza parece perdida, como un milagro. Y, al mismo tiempo, esa forma de creer en algo a pesar de las caídas del alma es una enseñanza con la que el balompié enriquece incluso a los ascetas más espirituales.
Y a pesar de esta simbiosis, no todas las expresiones de fe tienen derecho a manifestarse en las canchas. Desde hace muchos años, la FIFA y varias federaciones de futbol han buscado imponer un comportamiento sin religión y una estética secularizada dentro y fuera de la cancha. Basados en el miedo a la ofensa o el temor a la violencia, los ejecutivos buscan regular las expresiones de fe y religión, homologándolas a los aspectos proscritos de la experiencia deportiva.
Sin embargo, el futbol no puede desprenderse de las expresiones de superstición, espiritualidad, religión o trascendencia: algunos jugadores se santiguan nada más al entrar a la cancha o antes de cobrar un penal; otros llevan signos, fetiches o símbolos religiosos sobre la camiseta o sobre la piel; algunos porteros reconocen que esconden estampitas religiosas en sus guantes; hay quienes usan el uniforme como ornamento sacro; otros que detienen el cronómetro para orar; incluso quienes suspenden partidos porque el sol del viernes ha caído en el horizonte y deben prepararse para el día sagrado.
Las autoridades han decidido prohibir estas manifestaciones, todas las posibles y de las formas más inauditas: retirando crucifijos y leyendas cristianas, moviendo las cámaras cuando un jugador se persigna o agradece a Dios, evitando el rezo de suras o jaculatorias en grupo antes del partido o frente a la tanda de penales. No obstante, la frontera de estas decisiones es, por lo menos, ambigua: los rituales energéticos, las sanaciones espirituales, las terapias con cristales místicos y la alineación de chakras no levantan las alertas. A lo sagrado se le saca la tarjeta roja; a lo chamánico, se le tolera.
El intento de las federaciones para no mezclar religión y política con el “juego del pueblo” no suena ilógico, suena laico; sin embargo, basta asomarse un poquito a la realidad para ver las costuras sueltas de este deseo aséptico.
Hay que seguir preguntándonos por qué los signos religiosos incomodan en estos espacios: ¿qué tienen la cruz, la estrella de David, la reverencia al cielo, la postración de la frente, el dedo índice levantando una plegaria o una promesa al cielo para que el sistema los considere como un “error” del juego, o que los valore como indeseables o indignos de las transmisiones oficiales?
Porque, en el fondo, la fe y la religión siempre encuentran rendijas en el sistema. Y el fútbol mexicano, en particular, es una máquina de sincretismo. Durante muchos años, el futbol y el catolicismo ofrecieron muestras muy singulares de fe y devoción: del ‘Rebaño Sagrado’ en Guadalajara al ‘Niño Dios Futbolista’ en la Ciudad de México; de santo Toribio Romo, patrono de los futbolistas, a la peregrinación de la selección mexicana al Santuario de Guadalupe.
Ahora bien, en los últimos años, la diversidad religiosa del combinado nacional también ha encontrado formas de manifestarse: jugadores evangélicos, pentecostales y de otras comunidades religiosas suelen compartir dentro y fuera de la cancha sus identidades de fe: salmos, máximas, bautismos espirituales, etcétera. Y parece que esto es solo el comienzo. Porque la necesidad de expresar libremente los elementos identitarios de los pueblos (aunque incluyan elementos o símbolos religiosos) cada vez se manifiesta más.
Por ejemplo, la selección de Inglaterra tiene ahora una edición especial de Palace Skateboards para un jersey en este Mundial y en su diseño destaca el homenaje a los vitrales góticos de los templos y al legendario San Jorge, patrono de la nación. También, en las últimas semanas, cientos de aficionados portugueses han pedido que su selección de fútbol haga una camiseta cristiana con la imagen de la Virgen de Fátima y los santos videntes. Los especialistas aseguran que hay una tendencia creciente en varios países europeos que buscan exaltar el cristianismo en el fútbol. Los equipos de los países de mayoría islámica, aunque no pueden representar gráficamente a personajes religiosos, sí apuestan por los recursos simbólicos de la tradición coránica.
En el fondo, el fútbol no hace más que revelar lo que ya somos y sabemos: que los seres humanos necesitamos rituales. Necesitamos esperar que después del sufrimiento llegue el portentoso gol. Necesitamos un demonio al que culpar cuando el árbitro se equivoca y a un santo al que aferrarnos cuando el marcador no favorece a nuestra escuadra.
Por ello, la frase “entre el balón y la red se encuentra Dios” no es una simple metáfora; parece una descripción de la realidad en el corazón de los jugadores y aficionados. Cuando Alfonso Crespo afirmó que “También Dios juega al fútbol”, no lo hizo de guasa sino con ganas auténticas de comprender esa liturgia futbolera.
Así que en este Mundial, como en los más recientes, los dueños del balón y de la transmisión oficial querrán nuevamente prohibir estas expresiones. Y sin duda, las cámaras pueden esconder las cruces y los reglamentos pueden amenazar con multas; pero en las plazas, en las barras, en los bares y en los hogares donde se sigan los partidos, la fe va a estar ahí. Invisible, pero determinante. O al menos eso nos parecerá.
Hace muchos años, en el único partido profesional de futbol al que he acudido –un intenso partido disputado en una cancha congelada a -5 °C–, un aficionado seguía la acción sin disimular su retahíla de rezos. Me dijo: “Rezo para que Dios haga bien su trabajo ahí en la cancha”. —¿Y usted cree que Dios está ahí abajo? —lo intenté provocar con la pregunta, pero respondió con naturalidad: “Sí, pero Él intenta que no se note mucho; si no, lo multan”.




