Miscelánea, salud y política
El asesinato del alcalde Valentín Lavín Romero, ocurrido el 22 de julio de 2026, no es un hecho aislado ni un estallido espontáneo de violencia. Es la confirmación de que el crimen organizado en Morelos sigue escalando su capacidad de presión, control y castigo contra los gobiernos municipales. Y lo hace porque exige algo muy concreto: la entrega de áreas estratégicas del ayuntamiento que les permitan controlar recursos públicos y extraer rentas de la población.
Lo que ocurrió en Cuautla es el ejemplo más claro. Ahí, el propio alcalde Jesús Corona terminó encabezando la red de extorsión municipal. Hoy está preso. No porque el crimen lo haya doblegado, sino porque se volvió parte del crimen.
En Temoac, el caso es distinto, pero la lógica es la misma: presión, exigencias, acuerdos forzados y castigo cuando no se cumplen.
Valentín Lavín sufrió dos atentados en menos de siete meses:
Dos ataques contra un alcalde no son coincidencia. Son mecanismos de presión.
Todo apunta a que el crimen organizado exigía algo: cumplimiento de acuerdos, entrega de áreas, acceso a recursos, control territorial. Y Lavín, por la razón que sea, no cumplió.
El segundo atentado fue la sentencia.
Temoac ya había entregado el corazón financiero del municipio al crimen. En la administración pasada, la tesorería municipal quedó en manos de la suegra de Lavín Romero: líder de la célula criminal de Los Aparicio. Fue detenida dos veces por secuestro, extorsión y narcomenudeo.
Ese antecedente es clave. El crimen ya había probado el poder de controlar la tesorería. Ya había probado la extracción de rentas. Ya había probado la captura institucional.
Cuando Lavín llegó, ese control pudo haberse fracturado. No hay evidencia hasta ahora de que hubiera entregado alguna área del gobierno al grupo criminal. Y éste, al parecer, respondió como siempre: con violencia escalada.
Hasta ahora no hay señalamientos claros que vinculen directamente a Lavín con el crimen. Más allá de su familia política. No podemos descartarlo, pero tampoco afirmarlo. Lo que sí es evidente es que el crimen tenía intereses concretos en Temoac y que la administración de Lavín no los satisfizo.
El asesinato no es un mensaje para él. Es un mensaje para quien viene.
El suplente que asumirá la alcaldía lo hará en condiciones extremadamente complejas:
Amen de todas las condiciones de vulnerabilidad que de por sí padece Temoac: pobreza, marginación, falta de oportunidades, pobres servicios públicos, etc.
El riesgo es claro: que el crimen instale su propio gobierno a través del miedo.
No necesitan ganar elecciones. No necesitan negociar. Solo necesitan que el suplente entienda el mensaje.
Mientras el gobierno estatal presume cifras positivas en seguridad —y mientras la presidenta Claudia Sheinbaum llega a Cuernavaca con el gabinete de seguridad, este viernes— Morelos vuelve a vivir la pesadilla del asesinato de un alcalde.
La narrativa oficial habla de una “nueva era”. La realidad criminal habla de una vieja práctica que sigue viva: la captura de municipios por parte del crimen organizado.
Temoac es el recordatorio de que la violencia no se mide solo en estadísticas. Se mide en la capacidad del Estado para evitar que el crimen gobierne.
El asesinato de Valentín Lavín no es solo un homicidio. Es un acto de reordenamiento criminal. Es la forma en que el crimen organiza su propio gobierno. Es la manera en que impone condiciones. Es la señal de que, en Morelos, la disputa por el poder municipal sigue siendo una guerra silenciosa.
Y mientras el Estado anuncia avances, el crimen demuestra que sigue teniendo la capacidad de decidir quién gobierna… y quién no.




