Abanico
Este fin de semana, en millones de casas de México, alguien va a acomodar fotos entre cempasúchil, pan de muerto y veladoras. Y en muchos de esos altares habrá una foto de la que nadie habla. La de alguien que se quitó la vida.
En mi primera columna les conté que el 31 de marzo de 2011 perdí a mi mejor amigo. Hoy les cuento algo que me cuesta más: lo primero que pensamos sus amigos fue decir que había sido un accidente. Una mentira piadosa, creíamos, para cuidar su memoria. La idea no duró ni un día, pero me enseñó algo que he visto repetirse cientos de veces: cuando alguien muere por suicidio, a la tristeza se le suma la vergüenza.
Ese silencio viene de lejos. Durante siglos, a quienes morían así se les negó hasta la misa y el camposanto. Hoy ya no se les niega nada de eso, pero seguimos cambiando la causa de muerte, bajando la voz y escondiendo la foto. Y cada silencio deja a alguien solo con su duelo.
Esos «alguien» son muchos. Se estima que cada suicidio toca de cerca la vida de más de cien personas: padres, hijos, parejas, amigos, compañeros de trabajo. Con las 8,709 muertes de 2025, son más de un millón de mexicanos cada año cargando una pregunta parecida a la mía. Y quienes viven ese duelo tienen más riesgo de llegar a pensar en lo mismo. Por eso acompañarlos también es prevenir.
Mi mamá decía que a la muerte no hay que tenerle miedo, porque es lo único que tenemos seguro. Para ella el 2 de noviembre era una fiesta: altar, tamales y la cara pintada de calavera. De ella aprendí que a nuestros muertos se les recuerda con alegría. Por eso, el año en que pusimos el altar en la oficina, llevé unas calaveritas vestidas de mariachi, porque a mi amigo le encantaba la música.
Recordarlo así no fue negar cómo murió. Fue entender que su vida fue mucho más que su último día. Dicen que los muertos se mueren de verdad cuando ya nadie los recuerda. Yo agrego que tampoco descansan cuando los recordamos únicamente en voz baja.
Este año mi amigo vuelve a estar en mi altar, con su nombre, su música y su risa. No por cómo se fue, sino por todo lo que fue.
Globo blanco · El consejo de hoy
Si en tu altar hay alguien que se fue así, pon su foto y cuenta en voz alta una historia alegre de su vida. Y si conoces a alguien que vive ese duelo, no le preguntes cómo pasó: pregúntale cómo era. Nombrarlos también es sanar.
Si tú o alguien cercano está pasando por un momento difícil: Línea de la Vida, 800 911 2000, gratuita y las 24 horas. En una emergencia, llama al 911.
Alejandro Herrera Cobos es fundador de Todos Somos Uno y presidente de Mentalidad Inclusiva A.C.
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