Indicador político
Ser influencer es un nuevo código aspiracional, pero también es un espejismo. Por un lado, mujeres jóvenes y bellas a quienes —quizá— les va bien en seguidores e ingresos son seducidas por viajes, joyas y lujos que les ofrecen líderes criminales, sin sospechar que aceptar puede ser una decisión de vida o muerte. El caso más reciente es el de Valeria Márquez, asesinada mientras hacía una transmisión en vivo desde un lujoso negocio de su propiedad, en mayo de 2025.
En varones, el caso más reciente fue el asesinato de César Gastélum, Cesarín, en agosto de 2026, de un disparo en la cabeza mientras realizaba una transmisión en vivo frente a un negocio de comida en Culiacán, Sinaloa.
Gail Castro, Gail Toys, hermano de Markitos Toys; Camilo Ochoa Delgado, El Alucin, en fin, tan solo de 2024 a la fecha suman 19.
El periodista Víctor Sánchez Valdez afirma que en los últimos diez años han asesinado a 36 influencers, principalmente por temas relacionados con la guerra de los dos cárteles de la droga más importantes en México.
Lo que inició como una plataforma para compartir fragmentos de la vida cotidiana se ha convertido en un escaparate de opulencia, donde el número de seguidores se traduce directamente en estatus y poder.
La seducción que ejerce el crimen organizado sobre las jóvenes en las plataformas digitales se asienta sobre la mercantilización de la belleza y la cultura del consumo inmediato. Bajo estéticas popularizadas en redes como TikTok e Instagram, se promueve una feminidad ligada directamente al poder económico del narcotraficante.
Para muchas mujeres jóvenes, la promesa de cirugías estéticas, ropa de diseñador, viajes en jets privados y vehículos de alta gama resulta un imán poderoso frente a un panorama de movilidad social limitada.
Por otro lado, el peligro se extiende hacia los jóvenes que experimentan un crecimiento acelerado en su número de seguidores. En el ecosistema digital, la atención es una divisa valiosa, pero también es volátil.
Hombres y mujeres jóvenes con muchos seguidores son miel sobre hojuelas para grupos criminales, quienes ven a una futura novia o posibilidades de lavado de dinero con negocios, pautas o inversión en seguidores; también son usados como mensajeros contra grupos rivales.
Sin saberlo o de forma consciente, se convierten —en muchos casos— en un vehículo de propaganda, utilizando su alcance para legitimar la narcocultura, exhibiendo armas y normalizando la violencia ante audiencias compuestas, en su mayoría, por adolescentes y menores de edad.
Las consecuencias de esta simbiosis son profundamente trágicas y tangibles en el México contemporáneo. La historia reciente ha demostrado que la frontera entre el mundo virtual y la cruda realidad del narcotráfico es extremadamente delgada; es, literalmente, un espejismo.




