Descomplicado
En las relaciones profesionales entre mujeres existe una fractura histórica. Una competencia que persiste porque prevalece la percepción de carencia. Es posible que esta tensión interna aparezca también en otros grupos minoritarios, pero entre mujeres parece erosionar una empatía que podría surgir de manera natural.
La grieta en los vínculos profesionales entre mujeres surge de un ecosistema emocional y estructural donde la escasez parece ley. Es el escaso reconocimiento, las oportunidades limitadas, la legitimidad disputada y la ausencia de espacios seguros para brillar. Es la alarma permanente de sentir que para avanzar hay que desplazar a otra.
Este fenómeno aparece entre colegas, colaboradoras, pares, incluso amistades que se resienten cuando el brillo se vuelve un recurso disputado.
Pero la sororidad no está muerta. Rescatarla implica acciones cruciales, como reconocer que la tensión nace de la percepción de escasez y no de malicia personal. Reconocer que el entorno a veces nos hace sentir que si una avanza, la otra retrocede, sin permitir que esta sensación nos fracture. También conviene observar si la reacción de la otra persona proviene del miedo a perder visibilidad o espacio, y evitar interpretar su actitud como ataque directo. Mirarla como alguien que intenta sobrevivir.
Es necesario distinguir entre la persona y el sistema que la condiciona. Desde ahí, conviene afirmar tu propio lugar sin entrar en competencia. La claridad sobre el propio valor reduce la tentación de responder desde la misma lógica de escasez. Se puede plantear: “Quiero que ambas podamos avanzar sin sentir que una amenaza a la otra.”
Conviene enumerar los aportes concretos para recordar que tu brillo no depende de comparaciones. Repetir internamente: Mi crecimiento no resta, mi presencia no desplaza. Y evitar entrar en juegos de validación o demostración.
El diálogo es una herramienta esencial en la sororidad. Hablar desde la vulnerabilidad compartida permite desactivar la lógica de competencia. Para ello se requiere un lenguaje que invite a la colaboración, no a la defensa. También es necesario nombrar la emoción sin acusar: “He sentido distancia”, “He percibido tensión”.
Proponer un pacto de colaboración realista permite un acuerdo práctico para no reproducir la lógica de escasez. Puedes decir: “¿Qué necesitarías para sentir que este espacio también es tuyo? Yo puedo ofrecerte X, pero no puedo asumir Y.” Definir qué apoyos son posibles y cuáles no, evita expectativas irreales. Conviene proponer mecanismos concretos: compartir información, dividir tareas, reconocer públicamente aportes.
La sororidad se fractura cuando el entorno laboral transmite que solo hay lugar para una. Pero la amistad y la colaboración entre mujeres no es una utopía: es una práctica que se reconstruye cada vez que elegimos no obedecer la lógica de la escasez.




