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MANHATTAN, Nueva York, EU, 14 de septiembre de 2026.- Eco de Luz, dirigido por el fotógrafo quiteño Misha Vallejo y producido por Mayfe Ortega Haboud, llega esta semana al New York Latino Film Festival (NYLFF), encuentro que celebra 26 años y reúne más de 125 títulos de cerca de 20 países.
El documental entrelaza fotografía, memoria familiar y secretos heredados para explorar cómo la ausencia paterna puede atravesar generaciones. Nació cuando Vallejo recibió unas cámaras antiguas y un pequeño archivo fotográfico que pertenecieron a su abuelo, un hombre del que casi no se hablaba en su familia.
A partir de ese hallazgo comenzó a reconstruir una historia marcada por silencios y vínculos rotos, utilizando precisamente la cámara de su abuelo para crear el álbum familiar que nunca existió. Lo que comenzó como una serie de fotografías terminó convirtiéndose, después de siete años de trabajo, en su primer largometraje documental.

¿En qué momento entendiste que ese vacío visual también era una forma de silencio dentro de tu familia?
Misha Vallejo: Eso nació más o menos en 2017 o 2018, cuando mi tío me regaló unas cámaras viejísimas de los años 30 y un pequeño archivo de fotografías y me dijo: ‘Toma, esto era de tu abuelo’. Para mí fue como un puñetazo en la cara porque hasta ese momento yo no sabía que sí había existido una persona que era el abuelo. Siempre hablar del abuelo era un tabú.
Después me di cuenta de algo que para mí era muy simbólico: él fue fotógrafo y no existían fotografías de mi papá o de sus hermanos cuando eran chiquitos. La primera foto que yo vi de mi papá fue una foto de pasaporte. Entonces dije: ‘Bueno, voy a vengarme’, de una forma poética, artística. Voy a usar estas cámaras para crear este álbum que nunca existió, para obligarle de cierta forma al abuelo a mirarnos, a pesar de que ya esté muerto.
¿Cómo llegó Mayfe Ortega Haboud al proyecto y qué cambió con su incorporación?
Misha Vallejo: Yo ya había pasado unos dos años con esta idea, había empezado a filmar un poquito y a hacer las fotos. Me habían recomendado a Mayfe porque había trabajado en otras producciones audiovisuales en Ecuador. La llamé y me dijo que no. Volví a insistir, le dije: ‘No, espérate, reunámonos, te muestro material’. Y ahí me dijo que sí, pero bajo ciertas condiciones: que ella no iba a ser solo la productora que consigue dinero, sino que quería entrar también en la parte creativa. Para mí fue ideal porque yo necesitaba una persona que supiera mucho más que yo y que pudiera ver la historia un poco más de lejos.
Mayfe Ortega: Fue súper chistoso porque Misha me llamó cuando yo estaba saliendo del colegio con el guagua enfermo, haciendo una tesis y trabajando. Le dije que no. Pero volvió a llamar, me mandó las fotos y cuando las vi sentí que había un pliegue en el tiempo. Eran unas sobreimposiciones y pensé: ‘Diablo, esto está interesante’. Cuando nos reunimos, le pregunté por su relación con su papá y él me dijo: ‘No, de eso yo no quiero hablar’. Y yo pensé: ‘Fantástico, entonces aquí vamos’.

¿Cómo enfrentaron una historia tan íntima, atravesada por racismo, ausencia y discriminación, sin convertirla únicamente en una terapia personal?
Misha Vallejo: Fue duro. Cuando empezamos a hablar de ausencias familiares y ausencias paternas era inevitable verme al espejo. Había conversaciones con mi papá que eran bastante sentidas y a veces tocaba parar y decir: ‘Hasta aquí, esperemos un rato, voy a digerir esto’. Encontrábamos incluso documentos oficiales donde se hablaba de ‘hijo ilegítimo’ y eso me pegaba muy duro. Pero también nos dimos cuenta de que esto no era solo algo de mi familia, sino algo que pasa en otras familias. Queríamos que no se quedara simplemente en mi terapia, sino que pudiera interpelar a otras personas.
Mayfe Ortega: Para mí era continuamente empujar a Misha y sostener a Misha. Él decía: ‘No quiero salir en pantalla’, después: ‘No quiero poner mi voz’. Y jugábamos mucho, pero siempre desde el cuidado. Eso es lo que tratamos de reflejar en la película: el cuidado hacia uno, hacia el otro y hacia los demás. También queríamos quitar la culpa y pensar que, de una u otra forma, todos somos víctimas de un sistema patriarcal. La pregunta siempre era: ¿cómo hacemos para que esta película genere discusión, para que la gente la vea y tenga una excusa para conversar y mirar hacia adentro?.
¿Qué respuesta han encontrado en los públicos después de comenzar a mostrar la película?
Misha Vallejo: Siempre salen conversaciones después de la película. Muchísima gente se siente identificada. Al principio pensábamos que eso iba a pasar sobre todo en Ecuador o Latinoamérica, pero después en un foro en Europa unas chicas de África me dijeron: ‘Esta es la historia de África’. En Toulouse ganamos el premio del público y gente francesa se acercaba a decirnos: ‘Esta es nuestra historia’. En Estados Unidos incluso un chico que parecía el estereotipo del frat boy se me acercó y empezó a contarme la historia de su papá con los ojos llenos de lágrimas. Ha sido sorprendente ver que esto es mucho más grande de lo que imaginábamos.
Mayfe Ortega: Ha sido sobrecogedor pensar que una historia que nace en Riobamba, en Ecuador, pueda tener un impacto a nivel mundial y que alguien diga: ‘Esa historia también es mi historia’. Creo que ahí aparece también el poder sanador del arte y del cine. La película te permite tocar en una cápsula temas que podrías pasar años intentando enfrentar o incluso queriendo tapar. Nuestra intención fue siempre plantearlos con cariño, con cuidado y tratando de abrir caminos de diálogo, más que generar más dolor, resistencia o culpabilidad.

¿Cuál fue el principal desafío de hacer una película durante siete años?
Misha Vallejo: El primero fue que yo no vengo del cine. La fotografía fija y el cine son lenguajes totalmente distintos. En la foto es una centésima de segundo y te mueves; en cine aplastas ‘rec’ y esperas. Tuve que aprender paciencia y aprender a contar una historia cinematográficamente. Y después estaba la parte emocional: la historia estaba demasiado cerca de mí y yo no tenía perspectiva para ver el ‘big picture’. Ahí el equipo fue fundamental, sobre todo Mayfe, porque si algo no estaba funcionando me lo decía con sinceridad.
Mayfe Ortega: Lo más difícil al principio era que la primera respuesta de Misha era siempre ‘no’. Entonces hubo que armarse de paciencia y encontrar maneras de avanzar. Fue un proceso de ayudar a la película a nacer, sostenerla y finalmente empujarla para que saliera. También fue un aprendizaje para mí sobre distribución y sobre cómo ha cambiado el cine en los últimos años. Creo que una de las fortalezas de Eco de Luz fue precisamente trabajar en dupla, sostenerse y empujarse entre dos.

¿Qué queda para Misha Vallejo después de esta primera película?
Misha Vallejo: Sí me quedó gustando, sí me entró el bichito de seguir haciendo documentales. Pero para mí lo más importante sigue siendo el proyecto y que el proyecto dicte cómo debe ser contado. Eco de Luz empezó como una serie de fotos y terminó siendo una película porque era imposible contar toda esta historia únicamente con fotografía. Ahora tengo otra historia en la cabeza que quisiera hacer como cortometraje documental. No quiero ponerme la presión de que como ya hice un largo tengo que hacer otro; quiero encontrar la historia y ver cómo esa historia pide ser contada.




