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QUEENS, Nueva York, EU, 24 de agosto de 2026.- La primera vez que vi a Corina Bartra sobre un escenario fue en el Culture Lab de Long Island City. Frente a ella había siete músicos y, alrededor, un público que poco a poco parecía dejarse llevar por una energía difícil de ignorar. Corina cantaba, marcaba entradas, dirigía con las manos y celebraba cada intervención de su banda. Había algo festivo en su manera de conducir aquel encuentro entre jazz, festejo, landó y otros sonidos latinoamericanos. A medida que avanzaba el concierto, la sala parecía más despierta. Días después, sentadas frente a frente en un café de Astoria, entendí que esa forma de levantar el ánimo de los demás no era solamente parte de su espectáculo: es una manera de entender la vida.
Bartra llegó a Estados Unidos a los 18 años, apenas terminó la secundaria. Hablar de aquel viaje como una simple migración sería insuficiente. También fue una ruptura. Su padre, un hombre estricto y marino militar, no veía con buenos ojos que su hija quisiera dedicarse a la música. Ella le dijo que viajaría para estudiar inglés y leyes, pero detrás de esa explicación existía una necesidad más profunda: necesitaba salir de casa.

“Yo ya me tenía que venir, me tenía que salir de mi casa”, recuerda.
La tensión familiar había sido parte de su adolescencia y, en cierto sentido, la música se convirtió en el espacio que podía defender como suyo.
Antes de Nueva York estuvieron, sin embargo, los sonidos de su familia. Su madre había nacido y crecido en la Amazonía peruana y era pianista y bailarina. Tocaba de oído y, según recuerda Corina, cuando se sentaba frente al piano parecía transformarse. Su padre limitó durante años esa vocación artística, pero la música permaneció en la casa. También estaba su abuelo, un amante del jazz que vivía en la selva peruana y que comenzó a mostrarle aquellos sonidos cuando todavía era niña. Entre el piano de su madre, los discos de jazz de su abuelo y una inclinación natural hacia la percusión comenzó a formarse un lenguaje que muchos años después se convertiría en una propuesta musical propia.
“Desde niña yo amaba la percusión”, cuenta. Golpeaba mesas, buscaba ritmos en los objetos y, más adelante, comenzó a improvisar junto a músicos peruanos. Recuerda especialmente encuentros con intérpretes andinos y el sonido profundo de la zampoña. Su madre también la llevaba a conocer comunidades de la Amazonía, una experiencia que quedó alojada en su memoria sonora: pájaros, naturaleza, voces y ritmos que años después reaparecerían en sus improvisaciones y composiciones.

Nueva York le ofreció la posibilidad de convertir aquella intuición en oficio. Comenzó acercándose a Jazzmobile, donde entró en contacto con músicos de una generación fundamental para el jazz de la ciudad. Allí conoció al baterista Clifford Barbaro, vinculado a Betty Carter, quien escuchó sus experimentos vocales y se interesó por ellos. Bartra terminaría grabando su primer disco junto a músicos de jazz y llevando, además, a un cajonero peruano.
“Nunca habían visto un cajón en el jazz”, recuerda sobre aquellos primeros encuentros.

Después llegarían los estudios formales: jazz, percusión y canto. Obtuvo una maestría en interpretación vocal en Queens College, estudió batería en Long Island University y pasó por Mannes College of Music. Pero quizá una parte igual de importante de su educación ocurrió fuera de las aulas. Nueva York le permitió compartir escenarios y sesiones con músicos que admiraba, escuchar a figuras fundamentales y aprender directamente de una comunidad en la que la improvisación era una forma de conversación.
Fue precisamente esa libertad lo que la enamoró definitivamente del jazz. “Lo que me interesaba del jazz era la parte de improvisar”, explica.
Le atraían el swing y la posibilidad de inventar melodías y ritmos en el mismo momento en que eran interpretados. Pero en su oído seguían presentes las músicas del Perú. Para ella, unir esos mundos no fue una operación intelectual ni una estrategia para diferenciarse: fue algo natural.
Bartra se define como la primera vocalista en fusionar el jazz con la música afroperuana y criolla. Su biografía profesional también la reconoce como pionera de ese encuentro, incorporando ritmos afroperuanos, cajón y estructuras del jazz en sus composiciones y arreglos. Ella encuentra una explicación en las propias raíces de esas músicas: tanto el jazz como los ritmos afroperuanos comparten una herencia africana vinculada al groove y al ritmo, aunque ambos hayan absorbido también influencias europeas. “Naturalmente me pareció que se fusionaban de manera natural”, dice.
Esa búsqueda terminó convirtiéndose en una trayectoria de décadas. Con diferentes ensambles ha llevado su música a escenarios de Nueva York, Washington, Perú, Alemania y Francia. Su Afro Peruvian Jazz Orchestra llegó a reunir once músicos; otros proyectos han trabajado en formatos de septeto, sexteto y cuarteto. En ellos conviven el landó, el festejo, el jazz estadounidense y sonidos procedentes de distintos lugares de América. Mantener agrupaciones de ese tamaño nunca ha sido sencillo.
“Para mí siempre ha sido difícil porque yo no me aparezco con trío”, reconoce.
La música que imagina necesita espacio, percusión, voces, instrumentos y músicos capaces de escuchar lo que ocurre alrededor.

Su curiosidad tampoco se limitó al jazz. Durante una etapa se alejó temporalmente de ese circuito y comenzó a explorar músicas y tradiciones espirituales de India. Estudió canto, mantras y música clásica del norte de ese país, viajó en 2005 y llegó a cantar en templos donde los asistentes respondían a sus frases siguiendo la tradición del kirtan. También investigó el budismo y otras prácticas espirituales. Para Bartra, aquello no fue una desviación de su carrera, sino otra parte de ella. “Considero que también es una etapa muy significativa de mi trayectoria musical”, explica.
Tal vez por eso nunca fue fácil colocar a Corina Bartra dentro de una etiqueta. Ha cantado jazz, música afroperuana y criolla, rock, música espiritual y composiciones propias atravesadas por distintas tradiciones. Ella misma admite que esa multiplicidad puede dificultar la forma en que la industria intenta vender a un artista: “O eres jazzista o eres rock”. Bartra eligió otra posibilidad: no escoger.

Esa independencia parece extenderse a su filosofía de vida. Durante nuestra conversación habla con cierta nostalgia de una época en que las personas podían escuchar un solo instrumental durante muchos minutos, reunirse sin mirar constantemente una pantalla y encontrar valor en la vida comunitaria. Le preocupa que muchas de esas conexiones hayan sido sustituidas por bienes, tecnología y consumo. Al mismo tiempo, reconoce lo que Nueva York y Estados Unidos le dieron: independencia, oportunidades para las mujeres y la posibilidad de construir una vida distinta de aquella que otros habían imaginado para ella.
Corina nunca tuvo hijos. Cuando le pregunto por la familia y por la manera en que ha recorrido tantos años entre Perú, Nueva York y escenarios de distintas partes del mundo, responde desde una independencia que parece haberla acompañado desde aquella adolescente que se encerraba a leer y proteger su mundo interior.

En su caso, resulta difícil separar ese mundo interior de la música. Sus discos, sus proyectos, sus músicos, las canciones que todavía piensa recuperar y subir a internet parecen formar una genealogía propia.
Al recordarla nuevamente en el Jazz Lab, encuentro una imagen que resume buena parte de nuestra conversación. Corina está al frente de siete músicos, pero no parece interesada únicamente en ocupar el centro. Escucha, señala, responde, improvisa y deja espacio para que cada integrante intervenga. El público comienza a moverse y la energía de la sala cambia. Después de más de seis décadas viviendo en Nueva York, Bartra continúa haciendo lo mismo que empezó a hacer cuando era niña: escuchar un ritmo, proteger una voz propia y convertir ambos en una posibilidad de libertad.
En algún punto de nuestra charla me dice que siempre conservó un espacio interior intacto. Quizá allí esté la clave de una carrera que nunca aceptó caber completamente dentro de una industria, un género o un país. Corina Bartra salió de casa a los 18 años buscando una vida en la que pudiera decidir por sí misma, y hoy tras décadas haciendo música desde el alma, dice sentirse más libre que nunca.




