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MANHATTAN, Nueva York, EU, 20 de septiembre de 2026.- Las paredes blancas de la gran espiral del Museo Guggenheim en Nueva York dejan de ser solamente arquitectura para convertirse en parte del relato de un agente federal que trabajó por décadas para el servicio secreto de Estados Unidos.
En Father Country I Do Love You, la artista Taryn Simon toma la historia del agente sin nombre y la hace rebotar por el museo como una cadena de consecuencias. La exposición abrió el 18 de septiembre y permanecerá hasta el 14 de marzo de 2027.

El proyecto tomó casi una década. Simon conoció al agente el 14 de noviembre de 2017 en un restaurante mexicano cerca de una carretera de servicio de un aeropuerto en Maryland. Él comenzó a contar historias. Después vinieron años de llamadas, mensajes y visitas.
“Era difícil creer que un solo hombre pudiera haber tenido las manos metidas en tanto”, recordó la artista. Según él, su juramento era “al pueblo estadounidense y a la Constitución”.
El resultado ocupa la rotonda completa y te lleva de Quantico a Moscú, de Beijing a Atlanta. Operaciones encubiertas. Traidores. Tiroteos. Veneno. Espionaje. La explosión de la embajada estadounidense en Nairobi. Incluso momentos absurdamente cotidianos en medio de encargos oficiales. Todo aparece conectado a través de la vida de ese mismo hombre.

En las paredes aparecen también las palabras del propio agente. En uno de los textos recuerda una investigación contra otro agente y escribe que un psicólogo del gobierno construyó para un juez una explicación sobre intoxicación por monóxido de carbono y daño cerebral. Pero él no parece convencido.
“El agente debería haber sabido distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, hubiera o no una fuga de gas”. En otro pasaje, sentencia que aquel hombre causó menos daño que otros espías, pero que “traicionar a los suyos estaba en lo más profundo de él”.
Otro relato resulta más extraño. El agente cuenta que propuso crear una falsa organización para la adopción de pitbulls. Su objetivo era atraer a narcotraficantes y traficantes de armas, venderles perros baratos y hacer que entregaran sus datos personales y una identificación en el proceso de adopción.

“Una forma sencilla de sacar de circulación a algunos delincuentes de alto perfil”, escribió. La propuesta llegó a sus superiores. Fue rechazada.
En otro fragmento describe meses escuchando las llamadas de un supuesto narcotraficante. “Escuché todas las llamadas que hizo”, recuerda. Según su versión, el hombre apenas conseguía avanzar en el mundo criminal, pero la investigación continuaba.
Finalmente le facilitaron cocaína para vender. Después de concretar una operación, le ofrecieron colaborar para llegar a un narcotraficante mayor de Washington o ir a prisión. La escena resume una de las tensiones que atraviesa la muestra: quién observa, quién manipula y quién termina atrapado.

Simon no coloca estas historias como expedientes aislados. Las mezcla con algo mucho más personal: su padre. Cuando tenía nueve años lo ayudó a construir en casa una réplica de la sala de Bangkok de Jim Thompson, empresario estadounidense de la seda y antiguo espía desaparecido en 1967. Cortaron y tiñeron madera de teca juntos. Años después, la memoria de ese espacio se convirtió en la puerta de entrada a esta exposición. “America”, decía su padre, “es la mejor historia del mundo. Solo hacía falta encontrar a alguien que la contara”.
La relación con su padre atraviesa el proyecto entero. Él había trabajado para el gobierno estadounidense y viajó por países como Rusia, Irán, Israel, China, Afganistán y Corea. Simon nunca consiguió conocer toda su historia. Después llegó el Alzheimer. Y con él, la certeza de que probablemente nunca la conocería. Father Country I Do Love You es también una obra dedicada a él.
Para Nat Trotman, curador de Performance and Media del Guggenheim y responsable de la exposición, su tarea fue distinta a la de una muestra tradicional. En entrevista con Quadratín Hispano explicó que no se trataba de seleccionar piezas ya existentes. “Cuando la gente entra al museo, está entrando en el mundo de Taryn”, dijo.
Cada obra fue creada específicamente para el lugar que ocupa y transforma al edificio en “un ambiente completo, una instalación inmersiva”.

Trotman sostiene que el impacto proviene de observar cómo una sola vida toca muchas otras. Las historias son difíciles porque, insiste, también son reales.
“Taryn está mirando eso honestamente y trayendo el mundo en el que vivimos frente a nosotros a través de un ambiente artístico”, explicó a Quadratín.
Pero no todo es oscuridad. En la muestra conviven violencia y humor, tragedia y rutina. “Puedes tener algo horrible en la tarde y todavía tienes que volver a casa y preparar la cena para tu familia”, señaló.
Ese equilibrio también marca la intención de Simon. Trotman rechaza que la exposición entregue una conclusión cerrada.
“Su trabajo consiste en presentar al público evidencia, información, y permitir que la gente saque sus propias conclusiones”, explicó. Hay decisiones artísticas, selección y una voz detrás de cada historia, pero la intención, dijo, es mantener una mirada equilibrada.
Melissa Chiu, directora del Solomon R. Guggenheim Museum de Nueva York, señaló que la exposición revela además una faceta diferente de una artista conocida por su fotografía conceptual.

“Con esta exposición tenemos una idea de su experiencia de infancia y de su relación con su padre”, dijo. Para Chiu, recorrerla difícilmente será una experiencia de una sola visita.
Mariët Westermann, directora y CEO de la Solomon R. Guggenheim Foundation, la definió como una producción casi shakespeariana. Para ella, el agente sin nombre funciona como un hombre que desempeña muchas partes dentro de una historia mayor. Simon, dijo, dirige la mirada hacia “las fuerzas invisibles que dan forma al mundo que habitamos”, fuerzas relacionadas con el poder, la memoria, la historia y la democracia.
Y mientras el visitante asciende por la espiral, esas fuerzas parecen acompañarlo. Una pista de madera recorre el borde interior del edificio y deja caer bolas de colores vinculadas a los distintos capítulos. Solo al llegar arriba se descubre el mecanismo que las libera. Simon lo resume así: “un solo acto de participación se desarrolla de maneras que no pueden calcularse”.
En esta exposición, una decisión nunca termina donde comienza. Sigue rodando.




