Llega a San Diego el Buque Escuela Cuauhtémoc en su gira por el Pacífico
En política hay una realidad que muchos se niegan a aceptar: la gente no le debe lealtad eterna a ningún partido, y eso es lo que está ocurriendo en Brasil.
La primera vuelta presidencial dejó en primer lugar a Flavio Bolsonaro por encima del actual presidente Lula da Silva. Aunque todavía habrá una segunda vuelta porque ninguno alcanzó la mayoría necesaria, el mensaje ya quedó sobre la mesa: millones de brasileños quieren algo diferente.
Y eso debería hacer reflexionar a más de uno.
Durante años nos dijeron que ciertos proyectos políticos llegaron para quedarse. Nos repitieron que representaban al pueblo, que eran la única opción y que quien pensara diferente estaba equivocado.
Pero la realidad suele ser más sencilla.
La gente vota pensando en su economía.
La gente vota pensando en la seguridad de su familia.
La gente vota pensando en si le alcanza para llegar al final de la quincena.
Y cuando siente que las cosas no mejoran, cambia de opinión.
Así de simple.
Por eso resulta absurdo que algunos políticos y comentaristas se sorprendan cada vez que los ciudadanos deciden tomar otro camino. Pareciera que para ellos la democracia solo funciona cuando gana quien ellos quieren que gane.
Cuando el resultado les favorece, hablan de voluntad popular.
Cuando no les favorece, culpan a las redes sociales, a la oposición, a los medios o hasta a los propios votantes.
Nunca aceptan que quizá la gente simplemente ya no está convencida.
Brasil está enviando una señal que se escucha en buena parte de América Latina. Los ciudadanos están cansados de las promesas que no se cumplen y de los discursos que no resuelven los problemas de fondo todos los días.
Hoy el mensaje no es de derecha ni de izquierda.
El mensaje es de hartazgo.
Y ese mensaje suele ser muy poderoso.
Porque cuando un ciudadano pierde la confianza, quizá todavía escuche discursos.
Pero cuando millones de ciudadanos pierden la confianza, empiezan a cambiar gobiernos.
Y hay una verdad que muchos políticos deberían recordar antes de volver a dar lecciones al pueblo: Las urnas no tienen ideología. Tienen memoria y vaya que así ha sido siempre.




