En el lavadero
8.- CSP II. Agenda Trump, jugando gato y al ratón
En la agenda de México con Estados Unidos ya no hay rutas de escape. El presidente Trump y su equipo de inteligencia y seguridad nacional civil y militar han estado escalando decisiones para soltar las presiones de la Casa Blanca en el tema central del narcotráfico que involucra de manera inevitable a las dos naciones, pero desde la expectativa de que está redefiniendo las relaciones bilaterales.
El presidente Salinas de Gortari le apostó al Tratado de Comercio Libre como una forma de redocumentar y replantear las relaciones bilaterales en términos de comercio exterior y sus implicaciones en cadenas productivas, pero al mismo tiempo no tuvo objeciones en subordinar la política exterior mexicana a los intereses estadounidenses, aprovechando, por cierto, que el escenario de alianzas mexicanas con bloques progresistas se había diluido en el nuevo conservadurismo geopolítico.
La política exterior de la 4T se ha nutrido de las viejas formas acomodaticias que permitieron los márgenes de maniobra del nacionalismo revolucionario del PRI, pero también lejos de radicalismos. La solidaridad mexicana con países progresistas ha sido simbólica, pero con el populismo y el neoliberalismo ha habido prioridades perfectamente definidas.
Las relaciones de la 4T con Estados Unidos pudieron lidiar con la debilidad de la Casa Blanca de Joseph Biden, con las prioridades americanas en su propia geopolítica europea y con la desatención a países que en otras circunstancias generaban pasiones estadounidenses como Cuba, la Venezuela de Chávez, las frivolidades de Lula y el inofensivo populismo internacional de Argentina, también populista, y la percepción de que Nicaragua era un país inviable, pero que no ponía en riesgo ni a EU ni menos aún a los vecinos de Centroamérica.
La agenda de Trump con la 4T se mueve entre cinco variables de intensidad creciente: la derechización de los gobiernos al sur del río Bravo como prioridad de Trump y de su corcholata sucesoria Marco Rubio, la limpieza étnica interna contra migrantes ilegales y la obligación de los legales de asumir su condición de estadounidenses, la reconstrucción productiva de la economía americana con la desarticulación del Tratado, la geopolítica imperial en Europa, Asia y África y, de manera sobresaliente y prioritaria, el narcotráfico como problema de seguridad nacional y con el objetivo de que Washington tome el control del tráfico de drogas.
El presidente López Obrador supo robalear con el anciano Biden en la Casa Blanca y pudo vender los espejitos de que la autonomía de las políticas de México le servía más a Estados Unidos que una nación sumisa, sobre todo porque México podría, como en los tiempos del viejo PRI, servir de factor estabilizador con naciones en confrontaciones ideológicas.
Pero la presidenta Sheinbaum Pardo tuvo la mala suerte de encontrarse con un Trump remasterizado y ya con el objetivo concreto de reconstrucción del imperio bajo las recomendaciones de la ultraconservadora Fundación Heritage. Y dentro de la Casa Blanca le supieron vender muy bien a Trump que el punto débil de México era el narcotráfico por los datos ya procesados en la comunidad de servicios de inteligencia y seguridad nacional de que el fortalecimiento de los cárteles mexicanos había sido producto de la estrategia de López Obrador de no confrontar a las organizaciones delictivas, pero a costa de permitir no solo su vigorización sino su inserción como bloque de control político y social en zonas de influencia.
México ha sabido en el sexenio actual hacer precisiones muy pertinentes de los márgenes y objetivos de soberanía nacional, pero no ha podido procesarlos con las cinco variables de la estrategia de Trump, donde México depende de la órbita estadounidense. El acoso de Washington contra Cuba es equiparable a la agenda de revelación de la narcopolítica mexicana y la penetración del crimen organizado en áreas de poder del Estado mexicano.
Hasta ahora, la 4T ha podido escurrirse en modo del Speedy González de la caricatura fronteriza, pero los primeros pasos muy concretos de EU hasta ahora están direccionándose hacia el entorno directo del expresidente López Obrador, primero con visas y la amenaza de que vienen solicitudes de arresto con fines de extradición. El caso del gobernador lopezobradorista Rubén Rocha Moya y su entorno sinaloense es apenas la punta del iceberg de un trozo de hielo que se está enfilando contra México en modo de Titanic, sin suficientes lanchas salvavidas.
El acoso estadounidense será el problema número uno de México en el proceso electoral rumbo a 2027.
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Política para dummies: la política como geopolítica es, en sí, un asunto de poder y dominación.
@carlosramirezh




