Trump, la CIA y el 2027
Hay una nueva fe: creer en la IA. No importa cuántos estudios expliquen a detalle cómo la opacidad de los sistemas de estas herramientas generativas convierten la verdad en realidades sintéticas o verdades algorítmicas, la masiva producción de datos y la alta confianza de los usuarios a las simulaciones del lenguaje natural no sólo hace ‘creer’ más en alucinaciones algorítmicas sino que, al mismo tiempo, fragmentan la realidad compartida facultando a las audiencias el negar hechos reales tachándolos de deepfakes.
Son muchos y muy complejos los fenómenos sociales que propician estas herramientas en nuestra vida cotidiana moderna; no es posible, además, exigirle a la población cualidades técnicas especializadas y de escrutinio crítico para resistir a las burbujas de ‘hechos simulados’ que los algoritmos crean para su satisfacción.
En el pasado se comparaba a la vasta red de la Internet como un “océano” en el cual se podía “navegar” más o menos libre y hábilmente; el usuario de entonces tenía oportunidad de aventurarse, sin mayores cartas de navegación ni instrumentos de orientación, a una exploración infinita de posibilidades.
La alfabetización digital servía en aquellos días –y hasta hace bien poco– para mantener una distancia entre la operación técnica y los auténticos intereses humanos para así encontrar lo que se buscaba sin perderse en el abismo digital.
Sin embargo, en la vida contemporánea (llamada acertadamente como onlife), ya no hay una búsqueda o una ruta, hay una experiencia, una vivencia en la que lo digital y lo material están imbuidos e imbricados simultáneamente. Es algo que intuyó Gorostiza en Muerte sin fin cuando describió el océano en un vaso: “Lleno de mí –ahíto– me descubro en la imagen atónita del agua… En la red del cristal que la estrangula, allí, como agua de un espejo, se reconoce; atada allí, gota con gota, marchito el tropo de espuma en la garganta”.
En esta sociedad de la incertidumbre –como el agua que no distingue fronteras de tiempo o espacio en el reflejo de sí en el cristal que lo asfixia– la inestabilidad sistémica se debe a una crisis de significado, una grieta en la noción de la verdad y del ser; y paradójicamente, mientras más exploramos vías algorítmicas de verificación sobre la realidad, más auxiliamos a las agencias del ser social a diluir la intencionalidad y el libre albedrío entre las rígidas estructuras de la simulación digital.
Es decir: La ‘verdad algorítmica’ está por convertirse en una forma de conocimiento de validez hegemónica y universal, soportada en la autoridad del proceso computacional; y ante la cual la única resistencia parece ser el diálogo y el encuentro personal.
Me viene el ejemplo de la polémica publicación en Twitter realizada por un supuesto Henry Martínez en diciembre del 2023 que contenía únicamente el nombre del sospechoso del atentado contra Donald Trump en abril pasado: Cole Allen. Tras el incidente, el mensaje fue descubierto y se volvió viral debido a incontables teorías conspirativas sobre viajeros en el tiempo. Aquella idea afirma que un viajero temporal del 2026 retornó a 2023 para publicar en una cuenta de Twitter el nombre del atacante de Trump. Sin embargo, una teoría más sencilla y factible como la posibilidad de que programadores y arquitectos de la plataforma controlada por Elon Musk hayan alterado el código para que una publicación actual fuese datada en el pasado para simular una realidad controversial, no recibió ni tanto interés ni mínimos de credibilidad frente a la hipótesis del “viajero del tiempo”.
Ante estos casos que irán multiplicándose y complejizando cada vez más, quizá la única posibilidad de sostener la humanidad en una moderada cordura será reconocer la fragilidad de nuestra evidencia sensorial y los límites de nuestra comprensión frente a las posibilidades de la ‘verdad algorítmica’. Pero reconocer que esa fragilidad y esa limitación son esencias de la humanidad que compartimos; y que, también, debemos compartirlas, no son actos sencillos.
Las arquitecturas algorítmicas de la incertidumbre ya han avanzado enormemente en sus mecanismos de simulación total: la opacidad algorítmica nos hace dudar del verdadero origen del ‘conocimiento’ que nos vomitan constantemente las herramientas de IA; las realidades sintéticas cada vez son más hábiles para crear simulacros de realidad ‘aceptable’, erosionando nuestra capacidad sensorial sobre la evidencia del mundo; y finalmente, ambos mecanismos son capaces de fragmentar la exploración de ‘realidades’ que pertenecen exclusivamente al individuo pero no a la colectividad humana, provocando la disolución de la realidad compartida.
Mientras la operación de estos mecanismos y modelos permanezcan opacos e inescrutables, la sociedad está forzada a aceptar acríticamente –casi por vía de la fe– toda la razón de conocimiento y de evidencia sensorial. Lo importante, por tanto, será no centrar la discusión entre la naturaleza ética o moral de la IA, ni siquiera en las habilidades técnicas y cognitivas de los usuarios sino en los incentivos económicos y de gobernanza de las herramientas, de las bases de big data, de los códigos y algoritmos. Aún más, el problema ni siquiera está en la intencionalidad en el uso de la información que induzca al engaño, sino en la estructura sistémica que produce duda e incertidumbre.
A propósito de todo esto, el pasado 16 de mayo, el papa León XIV creó una comisión vaticana para reflexionar sobre los desafíos que la Inteligencia Artificial representa para la sociedad; y además firmó su primera encíclica que lleva por título “Magnífica humanidad. Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”. Es decir, que esta institución bimilenaria advierte con claridad la singular ruptura que estas herramientas representan para el destino de los seres humanos.
Para la Iglesia, es claro que tanto el acceso a la IA como su gestión se está convirtiendo en un aspecto determinante tanto en las relaciones humanas como en las institucionales. Cada segundo, millones de usuarios juegan y edifican áreas impensables de desarrollo a través de prompts. Paulatinamente se depende más de los servidores de las máquinas de aprendizaje automatizado, de los servicios de imitación natural del lenguaje y de los simuladores de alucinaciones gráficas basados en algoritmos y big data.
Así, pese a ser una institución de ritos y tradiciones ancestrales –o quizá precisamente por ello–, la Iglesia católica comprende que la sociedad ha entrado en un terreno desconocido y altamente exigente; y por ello demanda una reivindicación de ‘lo humano’ de la ‘humanidad’ pues, como también dijo el poeta: “Tal vez esta oquedad que nos estrecha en islas de monólogos sin eco […] no sea sino un vaso que nos amolda el alma perdediza”. Y el ser humano, creo yo, habita un recipiente mucho más amplio: de infinita dignidad, inmarcesible ingenio e inabarcable caridad.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe




