Teléfono rojo
Hasta siempre, Juan, el Grande
Hoy, 30 de abril, una noticia detiene mi pluma y me obliga a usarla de otra manera. Murió Juan de Dios García Davish, fotoperiodista mexicano, compañero de oficio, amigo de tantos caminos.
Escribir sobre él en pasado todavía me cuesta, porque pertenecía a esa estirpe de hombres que parecía hecha para resistir el tiempo: la cámara al hombro, los pies en el polvo y la mirada puesta en la herida abierta del país.
Lo conocí cuando la frontera sur era un territorio que se aprendía a punta de viajes. Hermano de Francisco García Davish, director de Quadratín, Juan creció dentro del periodismo con la naturalidad de los oficios que se llevan en la sangre. Pero lo suyo no fue herencia; fue trabajo, calle, paciencia.
Aprendió a mirar el mundo desde abajo, con la cámara a la altura de la vida y no a la altura del poder. Esa decisión, que parece pequeña, lo define entero.
Con Juan crucé el río Suchiate rumbo a Guatemala. Con Juan vi de cerca, sin filtros ni intermediarios, la pobreza de los pizcadores de café del Soconusco y de la Sierra. Con él subí, en los años noventa, a camiones desvencijados que se internaban en Siltepec, La Grandeza y Motozintla, donde fuimos a documentar la mortandad silenciosa que dejaron diversas enfermedades en comunidades olvidadas por todos, menos por nosotros y por los muertos. En uno de esos viajes dormimos sobre cartones, con un frío de montaña que todavía me visita en los huesos.
Recuerdo el silencio de esa noche, el aliento blanco saliendo de su boca, y a Juan despierto antes que nadie, cargando la cámara.

También hubo trayectos menos duros. Cervezas compartidas, botanas, conversaciones largas en ciudades y pueblos donde siempre terminábamos hablando del mismo oficio. Juan se detenía frente a cualquier escena —una marcha, un velorio, un mercado, una mujer cargando leña— y me decía cómo había que mirarla. Cómo encontrar el ángulo exacto donde la realidad se vuelve verdad. Esa frase suya la he repetido tantas veces que ya no sé si es mía o sigue siendo de él. Supongo que da igual: las cosas que uno aprende de un amigo terminan siendo de los dos.
Su lente acompañó durante décadas el largo viaje de los migrantes que cruzan la frontera sur. En sus fotografías estaban la esperanza, el cansancio, el miedo y la dignidad de quienes caminan buscando otra vida. Eran imágenes que obligaban a mirar lo que el país prefiere ignorar. Documentó también la violencia del narcotráfico, pero nunca desde el espectáculo de la sangre. A Juan le interesaban las historias humanas que quedan alrededor de la tragedia, las pérdidas profundas y la obstinada capacidad de la gente para seguir de pie. Y entró con respeto al universo indígena, donde su cámara registró fiestas, tejidos, rostros, ceremonias y silencios, devolviéndoles a los pueblos originarios la imagen de su propia fuerza.
No se mueve uno por esos territorios sin pagar un precio. Juan lo pagó. En 2022, junto a su esposa, la también periodista María de Jesús Peters Pino, recibió amenazas de muerte que lo obligaron a salir del país y a buscar refugio en organizaciones internacionales, ante la indolencia de las autoridades mexicanas. Documentar la frontera sur, los albergues, los desplazamientos forzados, las redes del crimen, le costó la tranquilidad. Pero nunca le quitó la mirada. Volvía siempre a su trabajo... Volvía a una vocación más fuerte que el miedo.
De Juan aprendí mucho. Aprendí a disputar la noticia, a escribir con precisión, a no perder la curiosidad frente al mundo. Entre nosotros existió siempre una competencia amistosa, esa rivalidad sana que hace a los reporteros mejores y que termina, con los años, siendo otra forma de cariño. Tres premios internacionales y un reconocimiento del Instituto Nacional de Migración acompañan una trayectoria construida con paciencia, viajes y una mirada profundamente humana. Pero su obra no se mide en placas ni en diplomas; se mide en las miles de personas a las que les regresó el rostro cuando el país intentaba borrárselo.
Juan de Dios García Davish no fue solamente un fotógrafo. Fue, sobre todo, un testigo del tiempo que supo convertir la luz en memoria. Algunos periodistas escriben con palabras; Juan escribió, durante décadas, con la fuerza silenciosa de sus imágenes y con la precisión de sus textos. Hoy esa luz se apaga, pero las imágenes quedan, y mientras alguien las mire, él seguirá ahí, agachado en la calle, ajustando el lente, buscando el ángulo exacto donde la realidad se vuelve verdad.
A Maria Peters Pino, su compañera de vida y de oficio, y a su familia, mi abrazo. A Francisco García Davish, hermano de sangre y de causa, también. Y a Juan, hermano de caminos, mi gratitud por todo lo aprendido y por las noches de cartones, de frío y de café compartido en pueblos que sin él jamás habríamos sabido nombrar.

Hasta siempre, Juan, el Grande.




