Crisis terminal del régimen
Durante años he escuchado que los latinos somos el “gigante dormido” de la política estadounidense. Siempre me ha llamado la atención esa expresión: reconoce nuestro potencial, pero también supone que todavía no sabemos cómo ejercerlo. Yo creo que ese gigante ya despertó. Ahora nos corresponde demostrarlo con participación, independencia y una voz que se escuche claramente en las urnas.
Nuestro poder nace de lo que aportamos diariamente a este país. Somos trabajadores, empresarios, profesionistas, estudiantes y padres de familia. Creamos empleos, sostenemos comunidades y construimos oportunidades para las próximas generaciones. Esa contribución debe acompañarse de una participación firme en las decisiones que afectan nuestro presente y nuestro futuro.
Como mexicano de nacimiento y estadounidense por elección, siento orgullo por mis raíces y una profunda responsabilidad hacia el país donde he construido mi vida. Desde mi trabajo con pequeños empresarios, escucho preocupaciones que van mucho más allá de los discursos electorales. Son conversaciones sobre pagar la nómina, mantener abierto un negocio y ofrecer estabilidad a una familia.
La inflación y el costo de vida forman parte de esas preocupaciones. Cuando suben los alimentos, la vivienda, los seguros o los gastos de operación, las familias y los negocios tienen que tomar decisiones difíciles. Quienes aspiran a representarnos deben explicar sus propuestas con claridad y permitirnos evaluar sus posibles resultados.
Las políticas migratorias también merecen una discusión seria. Detrás de cada propuesta hay personas, familias, trabajadores y empleadores. Como votantes, tenemos derecho a preguntar cómo funcionarán esas políticas, qué consecuencias tendrán y cómo responderán a las necesidades del país. Merecemos información suficiente para formar nuestro propio criterio.
Precisamente ahí está una parte esencial del poder latino: decidir por nosotros mismos. Nuestra comunidad tiene distintas historias, convicciones y prioridades. Esa diversidad merece respeto. Ningún partido ni candidato debe dar por hecho nuestro respaldo. Nuestro voto se gana escuchando, presentando propuestas concretas y cumpliendo los compromisos asumidos.
Acudir a votar significa afirmar que nuestras preocupaciones merecen atención. Significa reconocer que tenemos capacidad para influir y responsabilidad para participar. También significa comprender que cada elección abre una oportunidad para evaluar el rumbo de nuestras comunidades y elegir a quienes consideramos mejor preparados para representarlas.
Pero nuestro compromiso debe continuar después de las elecciones. Hay que seguir las decisiones públicas, conocer a nuestros representantes y exigir cuentas. La fuerza de una comunidad se consolida cuando participa de manera constante y puede reconocer tanto los avances como los incumplimientos de sus gobernantes.
Quiero que nuestros hijos vean una comunidad segura de su lugar en Estados Unidos. Una comunidad que entiende sus derechos, asume sus responsabilidades y participa con dignidad. Que sepan que su apellido, su idioma o sus raíces pueden acompañarlos hasta cualquier espacio de liderazgo.
El gigante despertó. Ahora tenemos que convertir esa conciencia en presencia y esa presencia en influencia. Informémonos, revisemos las propuestas y hagamos un plan para acudir a las urnas. El futuro también se construye con las decisiones que tomamos como ciudadanos.
Nuestra voz tiene fuerza. Nuestro voto tiene poder. Hagámoslo contar.




