Visión financiera
La chispa
El algoritmo prohibido.
¿Cómo se borra al “otro”? La alteridad se erosiona cuando una sociedad deja de sentir que el otro importa. Y ese otro no siempre es externo: también puede ser una faceta nuestra que contradice el discurso dominante y exige ser reconocida.
La alteridad externa desaparece cuando dejamos de ver al otro como sujeto. La interna, cuando negamos nuestras propias zonas no domesticadas: emociones que incomodan, versiones de mí que no sé nombrar, impulsos que contradicen mis paradigmas. En ambos casos, la unicidad se diluye.
Ese es el algoritmo prohibido: cuando una vida y un rostro se vuelven funcionales en un ecosistema de consumo, velocidad y estímulos. En sociedades banales, el otro deja de ser misterio y se convierte en recurso. Y nosotros también quedamos reducidos, sin paradojas ni humanidad.
La economía de la atención convierte la presencia humana en ruido. El consumismo transforma la identidad en producto. La aceleración social comprime el tiempo y vuelve la empatía un lujo. La desvinculación afectiva sustituye el vínculo por la notificación. La indiferencia, asimismo, normaliza y trivializa el dolor ajeno.
A esto se suman condiciones psicológicas como desensibilización, egocentrismo defensivo, fantasía de autosuficiencia. También factores como la homogeneización de la cultura de masas, narrativas binarias que aplastan complejidad y mercantilización de las emociones. Todo lo singular estorba.
La impunidad derrumba el valor simbólico de la vida. La deshumanización discursiva reduce personas a categorías. Y el miedo, el arma más eficaz, convierte al otro en amenaza.
La alteridad se pierde cuando el otro deja de ser acontecimiento y se vuelve recurso, en el momento en el que la prisa sustituye la presencia y el consumo sustituye el vínculo.
Pero reconocer la unicidad no se perdió para siempre. Puede recuperarse.
Surge cuando la mirada se detiene sin multitarea, sin prisa y sin la compulsión de producir. Aparece en la escucha profunda, durante el primer acto de hospitalidad. Y en el rito mínimo del encuentro: una pausa, un gesto, un reconocimiento.
Lo ritual devuelve sacralidad. Y la sacralidad —entendida no como religión, sino como lo que no puede ser reducido ni poseído— crea un espacio donde el otro deja de ser objeto y recupera su condición de misterio.




