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BROOKLYN, Nueva York, EU, 12 de octubre de 2026.- Desde una pequeña avioneta que sobrevolaba las selvas del Chocó colombiano, Tatiana Arocha descubrió una imagen que permanecería grabada en su memoria. Enormes huecos abiertos entre el verde de las montañas, cicatrices de la minería de oro en uno de los territorios más biodiversos del planeta.
Hija de un antropólogo, creció rodeada de conversaciones sobre la diversidad cultural y natural de Colombia. Aquellos paisajes, que conoció desde joven, se convirtieron años después en el punto de partida de una búsqueda artística sobre la destrucción ambiental y las historias que habitan una misma tierra.
"Me quedé con esa imagen, de haber visto el impacto de la minería, pero también de llegar y estar en esta abundancia. La selva del Chocó es algo supermágico y abundante en términos de conocimiento. Es bellísima", recuerda la artista colombiana, nacida en 1974.
Décadas después, esa contradicción entre la riqueza natural y la devastación humana atraviesa su estudio en Brooklyn Navy Yard. Árboles suspendidos, raíces que descienden hacia el suelo y grabados de plantas ocupan el espacio.
Su investigación más reciente, Entre la coca y el oro, establece un diálogo entre dos recursos profundamente ligados a la historia colombiana. La hoja de coca, utilizada durante siglos por comunidades indígenas, y el oro, extraído de ríos y montañas, aparecen como protagonistas de economías que han transformado territorios y comunidades. La obra reúne árboles tridimensionales, impresiones, grabados y un libro que amplía la conversación más allá de las paredes de una galería.

Durante su juventud, Arocha vivió las consecuencias de una de las épocas más violentas de Colombia. Las décadas de 1980 y 1990 estuvieron marcadas por el narcotráfico y la expansión de la guerra contra las drogas.
“Cuando llegué a Estados Unidos, la única referencia que la gente tenía hacia Colombia era alrededor del narcotráfico, el secuestro, la violencia y el consumo de cocaína”, cuenta. “Muchas veces me encontraba con gente que me decía: ‘Voy para Colombia, ¿dónde puedo conseguir buena cocaína?’”.
Aquello le hizo cuestionarse: mientras en Colombia las comunidades enfrentaban desplazamientos, destrucción ambiental y violencia, en otros lugares la cocaína era consumida sin mayor reflexión sobre las consecuencias de su producción y comercialización.
“Me empezó a crear una intriga de cómo la gente no estaba entendiendo que el consumo estaba contribuyendo a los problemas que teníamos en el país”, explica. “Esto fue en el 2000. Son 26 años más tarde y es como si estuviéramos en lo mismo”.

La artista comenzó entonces a construir representaciones de las selvas que había conocido. Su intención era recuperar otras historias sobre Colombia, distintas a las violentas imágenes que dominaban la conversación internacional.
“Empecé a invitar a la gente a tomar té de coca y a cuestionar esas visiones que la gente tiene sobre la planta”, recuerda.
En el estudio, uno de los objetos centrales es un antiguo libro sobre la historia de la coca en Perú, escrito por William Golden Mortimer a finales del siglo XIX. Sus páginas contienen ilustraciones botánicas, referencias históricas y representaciones de personas indígenas. Arocha comenzó a intervenirlo durante la creación de una instalación de 50 árboles de coca.
Con una cortadora láser extrajo pequeñas siluetas de hojas de sus páginas. Cada recorte dejó un vacío. Al principio, los huecos eran solamente parte del proceso de fabricación. Después adquirieron otro significado.
“Cuando empecé a abrir los huecos en este libro, era más como: voy a sacar las hojas para los árboles. Pero no estaba siendo muy consciente de cómo estaba interviniendo el libro”, explica. “Después pensé que esos huecos también hablaban de los vacíos que este libro ha producido en las narrativas alrededor de la planta de coca”.
Una ilustración del volumen muestra a un hombre indígena colombiano identificado únicamente por su procedencia y el objeto que sostiene, mientras que los científicos blancos eran mencionados por nombre y apellido. Para Arocha, ese anonimato de los indígenas reseñados revela una forma histórica de representar a las comunidades indígenas sin reconocer su individualidad.

“Esta persona tenía familia, tenía identidad, es una persona, no un objeto”, afirma mientras observa la imagen. “En la medida en que una persona no tiene nombre o no tiene identidad, se permite que esa persona pueda ser explotada. Cómo se extrae el conocimiento y al mismo tiempo cómo se extrae la planta”.
Esa reflexión es fundamental en su trabajo. La artista cuestiona cómo determinadas representaciones científicas y botánicas contribuyeron a convertir plantas y conocimientos ancestrales en recursos disponibles para la explotación.
Pero también plantea una pregunta incómoda sobre aquello que las sociedades deciden proteger.
“Muchas personas me decían: ‘¿Pero cómo abres huecos en este libro impreso en 1800?’. Y esa misma pregunta me la hago yo: ¿cómo la planta sí puede ser arrancada?, ¿cómo la planta puede ser agredida?, ¿cómo las comunidades y todo lo conectado con ella pueden ser bombardeados o explotados?”, cuestiona.
“Los libros se sacralizan, pero la planta no. Lo que quiero es volverle a dar una historia y una dignidad. Mostrar que la planta tiene otra historia diferente”.
Los árboles de Arocha no son únicamente representaciones botánicas. Están hechos de pequeñas hojas de papel y materiales que evocan las fibras vegetales. Sus raíces cuelgan hasta el suelo y se extienden como si fueran los cauces de los ríos.
Junto a ellas aparecen bateas, recipientes tradicionalmente utilizados para separar el oro de los sedimentos. En esa disposición, la artista establece una conexión entre la minería y la producción de cocaína, dos actividades han contribuido a la precarización y los conflictos armados que atraviesa Colombia.
“Todas las raíces llegaban hasta el piso para formar como los caudales de los ríos”, explica. “Estas bateas son las que se usan para extraer oro en muchos de los ríos en Colombia. Y muchos de esos ríos también sirven para sacar la pasta de cocaína de las selvas”.

Para Arocha, ambas actividades representan historias de conocimientos tradicionales que han sido transformados por intereses comerciales y dinámicas de extracción. Su obra busca observar esas conexiones sin simplificar la complejidad de los territorios y sus habitantes.
La exposición Entre la coca y el oro fue presentada en el Snug Harbor Cultural Center, en Staten Island, donde permaneció hasta febrero de 2026. Actualmente, la artista continúa desarrollando nuevas piezas y explorando otros espacios para presentar la instalación.
Aunque en su estudio predominan los objetos hechos a mano, buena parte de su trabajo comienza lejos de Brooklyn. En 2018, durante una residencia artística en Perú, Arocha vio por primera vez una planta de coca. Un año después viajó a la Amazonía colombiana, donde compartió con una familia de la comunidad indígena Bora Muinane y comenzó a aprender sobre el mambe, una preparación tradicional elaborada a partir de hojas de coca.
Fue allí donde conoció a Gori, uno de sus principales maestros en ese proceso de aprendizaje. Las conversaciones continuaron a distancia y transformaron su manera de entender la relación entre la planta, la memoria y la palabra.
“La idea del mambe es que tiene el poder de la palabra y del intercambio de conocimiento. Para poder hablar, tú tienes que escuchar. Tienes que oír profundamente a las personas”, señala. “Gori decía que en el momento en que pones mambe en tu boca no puedes empezar a hablar. Tienes que parar, pensar y oír, y después empiezas a hablar”.
Durante la pandemia, sin acceso a la planta en Nueva York, comenzó a realizar frotes de hojas sobre papel. El movimiento repetitivo se convirtió en un ejercicio de concentración y escucha. Entonces apareció otra pregunta: ¿puede una planta guardar memoria?
“Me empecé a preguntar si la planta tiene una memoria y si esa memoria se estaba registrando mientras yo hacía estos frotes”, recuerda. “Me di cuenta de que cuando estaba haciendo los frotes y hablaba con la gente, mi forma de escuchar era como superamplificada”.

La dimensión colectiva de Entre la coca y el oro se expresa especialmente en su publicación, construida a partir de contribuciones escritas y conversaciones con investigadoras, artistas y activistas.
El libro reúne aportes de Marcela Vallejo, Dora Lucila Troyano, Fabiola Piñacue, Ana Gretel Echazú, Rebeca Lerer y Cristina Lleras. Las distintas voces amplían el análisis hacia los conocimientos indígenas y las economías extractivas, el impacto ambiental y las representaciones históricas de la planta.
Entre ellas está Fabiola Piñacue, activista indígena nasa y promotora de productos derivados de la hoja de coca. También Dora Lucila Troyano, quien ha explorado usos alternativos de la planta mediante iniciativas gastronómicas y agrícolas.
Arocha considera que estas colaboraciones son esenciales porque permiten incorporar conocimientos que no provienen exclusivamente de su propia experiencia.
“Los libros para mí han sido los lugares donde invito colaboradores que tienen un conocimiento superextensivo sobre las temáticas de las que quiero hablar”, explica. “Ellas tenían todo el lenguaje, toda la explicación de fondo, para entender cómo estas láminas botánicas habían sido usadas para explotar la flora y la fauna de nuestros países”.

Actualmente Arocha realiza una residencia en el Center for Book Arts de Manhattan, donde trabaja en una nueva intervención del antiguo volumen de Mortimer. Junto con la poeta colombiana Eliana Hernández, explora la posibilidad de extraer palabras del texto original y reorganizarlas para crear nuevas narrativas.
“Es ver cómo dentro de los textos encontramos ciertas cosas que empiecen a narrar lo que este libro también generó”, explica. El proyecto busca intervenir el documento histórico sin desconocer su importancia, pero cuestionando las ideas y representaciones que contribuyó a difundir.
“Creo que es importante hablar de estas historias, no borrar cómo llegamos a donde estamos, sino ver cómo pueden habitar múltiples historias para entender hacia dónde nos podemos mover”, concluye.