Decretan el 11 de septiembre como Día de Memoria y Servicio en NY
BROKLYN, Nueva York, EU, 5 de septiembre de 2026.- El Armario pareció transformarse esta noche en un pequeño universo suspendido fuera de Brooklyn. Entre lámparas encendidas con luz cálida, cortinas, plantas, discos, rosas, muebles antiguos y objetos acumulados como recuerdos, el público quedó prácticamente integrado al escenario de Poeta en Nueva York.
No había una frontera clara entre quien miraba y quien actuaba. Jonathan Florez, intérprete y responsable de la adaptación dramatúrgica, apareció entre los asistentes para convertir la poesía de Federico García Lorca en algo físico, cercano y, por momentos, incómodo.
“Yo no he venido hoy a entretenerlos a ustedes. Ni quiero, ni me importa, ni me da la gana. He venido a luchar”, lanzó Florez en uno de los momentos iniciales. La frase marcó el tono de una obra que no buscó reproducir simplemente los poemas escritos por Lorca durante su estancia en Nueva York entre 1929 y 1930, sino hacerlos circular nuevamente por una ciudad distinta y, a la vez, reconocible.
El recital visual concebido para El Armario se movió entre poesía, actuación, música y contacto directo con la audiencia, en una puesta donde la figura de Lorca parecía emerger y desaparecer entre los rincones del espacio.
La cercanía fue fundamental. Florez caminó alrededor del público y convirtió a los espectadores en parte de la representación.

Uno de los momentos más claros ocurrió con La aurora, cuando distintas personas recibieron fragmentos del poema para leerlos en voz alta y, en otros pasajes, toda la sala terminó recitando al unísono. “La aurora de Nueva York gime / por las inmensas escaleras / buscando entre las aristas / nardos de angustia dibujada”, resonó entonces desde varias voces, como si el poema hubiera dejado momentáneamente de pertenecer a Lorca para convertirse en una experiencia colectiva.
Ese mecanismo también acentuó el diálogo entre la Nueva York que encontró el poeta español y la ciudad contemporánea. El texto habla de monedas, números, leyes, ruido, cuerpos agotados y personas que avanzan como sobrevivientes de un naufragio.
Casi un siglo después, escucharlo dentro de un pequeño espacio de Brooklyn produjo una cercanía difícil de ignorar. “El mundo como lo conocemos está acabando o tal vez ya se ha acabado y no sabemos qué sigue”, explicó Florez después de la función. Para él, la obra es también una excusa para reunirse y permitir que “las ideas se esparzan entre nosotros”.
El propio espacio reforzó esa sensación de estar entrando en una realidad paralela. El Armario, dirigido por Jay Fabiane, conocido artísticamente como Chico Raro, ya posee una identidad cargada de objetos, colores y texturas; para esta función, esa personalidad se convirtió en parte de la dramaturgia.
Telas amarillas y rojizas caían sobre muebles y paredes, mientras rosas, botellas, un piano, un tocadiscos y piezas aparentemente provenientes de distintas décadas componían una habitación a medio camino entre salón, cabaret, refugio y memoria. Más que una escenografía construida para ocultar el lugar, la ambientación parecía revelar lo que El Armario ya era.

Florez sostuvo gran parte de la obra desde el cuerpo. Su interpretación pasó de la conversación a la intensidad física y de la ironía a momentos de evidente agitación. “Para llamar al duende, no hay mapa ni ejercicio. Solo se sabe que agota, que rompe y rechaza todo”, repitió durante la función.
Esa idea del duende atravesó la propuesta: una energía que no podía aparecer únicamente pronunciando correctamente los versos, sino exponiéndose frente al público y permitiendo que la poesía alterara tanto al actor como a quienes estaban sentados a pocos metros de él.
Pero la última sorpresa llegó cuando parecía que la función pertenecía definitivamente a un solo intérprete. Jay Fabiane entró en el tramo final y la obra cambió nuevamente de dimensión. Con la música creciendo dentro del pequeño recinto, director e intérprete protagonizaron un cierre intenso, corporal y pasional que rompió la dinámica construida hasta entonces.
“Es como volver a los años 20 en Nueva York, donde él escribió ese texto”, dijo Fabiane después de la primera función. Para el director, una de las mayores respuestas estuvo precisamente en esa proximidad: “la gente siente que está dentro de la obra, todo pasa alrededor tuyo”. Eso fue, finalmente, lo que ocurrió esta noche en El Armario.
Poeta en Nueva York no permaneció contenido en un libro ni sobre un escenario convencional. Se deslizó entre las sillas, atravesó las voces de los espectadores y terminó convertido en música, movimiento y dos cuerpos actuando con violencia poética a unos cuantos pasos del público.
La obra se presentará también este sábado a las 20 horas y domingo a las 18 horas; las entradas están a la venta ingresando a la página web de El Armario, o en Eventbrite.




