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MANHATTAN, Nueva York, EU, 12 de julio de 2026.- En medio del flujo incesante de pasajeros de la estación de la calle 42–Times Square, Jefferson Freire logra detener por unos minutos la rutina de Nueva York. Mientras decenas de viajeros avanzan con prisa hacia los trenes, el artista brasileño toca el violín desde lo alto de un monociclo tipo jirafa, una combinación que exige equilibrio, coordinación y precisión musical. La escena, poco habitual incluso para una ciudad acostumbrada a los espectáculos callejeros, transforma el pasillo del metro en una pequeña pista de circo.
Freire nació en São Paulo y llegó a Estados Unidos con el propósito de ampliar su trayectoria en el arte, la música y el circo. Su viaje no estuvo motivado por una sola disciplina, sino por el deseo de explorar distintas formas de expresión y encontrar nuevos espacios para desarrollarse como intérprete.
“Decidí venir a Estados Unidos para explorar el arte, el circo, la música y el violín”, explicó.
Antes de instalarse en Nueva York, vivió durante varios años en California, donde trabajó con Circus Bella, una compañía circense del área de la Bahía de San Francisco. Allí logró consolidar parte de su carrera profesional y presentar sus números ante públicos diversos. Esa etapa le permitió adaptarse a la vida artística en Estados Unidos y convertir una combinación poco convencional de destrezas en una propuesta propia.

Actualmente reside en Nueva York y colabora con Bindlestiff Family Cirkus, una compañía reconocida dentro del circuito circense de la ciudad.
Al mismo tiempo, continúa profundizando su formación musical y aseguró que estudia violín en The Juilliard School. Para Freire, ambas facetas no compiten entre sí: el circo y la música forman parte de una misma identidad artística que ha construido durante más de dos décadas.
El brasileño comenzó a tocar el violín hace aproximadamente 19 años y lleva cerca de 21 años desempeñándose profesionalmente como malabarista y artista de circo.
Combinar el instrumento con el monociclo requiere una concentración constante, ya que cualquier movimiento puede alterar el equilibrio o afectar la ejecución musical.
“No es fácil. Se necesita mucha concentración, mucho equilibrio y mucha coordinación con el violín”, señaló.
A pesar de la dificultad, Freire asegura que la experiencia también está marcada por el disfrute. Cuando no se encuentra trabajando con alguna compañía, suele presentarse en el metro, especialmente en Times Square, para compartir su número con los pasajeros.
“Me divierto mucho. Creo que es algo bonito y diferente para todos”, afirmó sobre sus actuaciones en los espacios públicos de la ciudad.
Para el artista, llevar espectáculos al metro no es únicamente una manera de obtener visibilidad, sino también de aportar a la vida cotidiana de Nueva York. Considera que el arte callejero cumple una función social al romper la monotonía y provocar una reacción entre quienes atraviesan la ciudad.
“El arte es muy importante en el metro y en las calles de Nueva York. Hace muy feliz a la gente”, sostuvo.
Sin embargo, Freire reconoce que desarrollar una carrera artística en ciudades como Nueva York o San Francisco implica dificultades económicas. El alto costo de vida obliga tanto a los artistas como a otros residentes a trabajar intensamente para permanecer en estos centros culturales. Aun así, mantiene una visión optimista: “Todo es posible”.




