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QUEENS, Nueva York, EU, 4 de septiembre de 2026.- Cuando Ángel Contreras Cruz llegó a Estados Unidos en 2015, su objetivo era mucho más sencillo que la vida que terminaría construyendo: aprender inglés. Venía de México después de atravesar un despido, perder prácticamente todo lo que había acumulado y buscar en la educación una vía para reconstruirse.
Más de una década después, aquel viaje derivó en un doctorado, una familia, múltiples trabajos, años de incertidumbre migratoria y una colección de aprendizajes que ahora reúne en su primer libro no académico, Lecciones que nadie te cuenta al migrar: Memorias de un inmigrante en Estados Unidos.

Publicada en mayo de 2026, la obra se aleja de los manuales migratorios para concentrarse en aquello que, según Contreras, rara vez aparece en las guías: la nostalgia, la reconstrucción de la identidad, la adaptación cultural y el costo emocional y económico de empezar de nuevo en otro país.
En 17 capítulos, el autor aborda desde sus raíces indígenas y la pérdida de la lengua de su padre hasta el valor de las redes de apoyo, la educación, el trabajo y la incertidumbre que acompaña a quienes dependen de un estatus migratorio temporal.
Contreras sabe que su experiencia no representa todas las formas de migrar. Llegó en avión como estudiante internacional y reconoce abiertamente la distancia entre su historia y la de quienes cruzan fronteras en condiciones mucho más peligrosas. Pero sostiene que incluso dentro de una migración documentada existen barreras invisibles. Su imagen para explicarlas es sencilla: un perro intenta correr libremente hasta que la correa lo detiene. El inmigrante es el perro; la correa, el estatus migratorio. Una metáfora que resume los 11 años en los que ha construido una vida en Estados Unidos mientras una fecha de vencimiento continúa determinando hasta dónde puede avanzar.
—¿Cómo describirías al Ángel que llegó a Estados Unidos en 2015 y qué queda hoy de esa persona?
—La persona que llegó en 2015 desconocía muchas cosas, sobre todo del sistema migratorio de Estados Unidos. Vine con el objetivo de aprender inglés y no sabía que un viaje a Estados Unidos iba a cambiar mi vida de una manera muy drástica, tanto personal como profesionalmente.
Después de un proceso largo de aprender el idioma y poder estudiar aquí un doctorado, hoy soy una persona que ha aprendido a navegar el sistema de inmigración, pero también el sistema profesional y educativo de Estados Unidos. En lo personal, considero que soy una mejor persona.
He aprendido mucho gracias al amor de mi familia, de mi esposa, de mis hijas y también de nuestra comunidad. En esencia creo que soy la misma persona, pero con nuevas herramientas que me ha dado este viaje migratorio.
—Llegas a Estados Unidos después de atravesar un despido, problemas económicos e intentos fallidos por reconstruir tu vida en México. ¿Qué significó migrar en un momento en el que parecía no haber un buen panorama a futuro?
—Ese despido fue el inicio de este proceso de transformación. Cuando pasó, lógicamente me cuestionaba muchas veces por qué me ocurría a mí. Me tocó perder prácticamente todo: mi casa, mi carro, mis ahorros. Empecé a quedarme muchas veces en la orilla cuando aplicaba a nuevos trabajos.
Encontré en la educación una forma de retomar un camino en mi vida. Entré a estudiar una maestría y gracias a ella obtuve una beca para venir a Estados Unidos. Esa beca, posteriormente, me permitió explorar el panorama aquí.
Fue un proceso bastante complicado. Prácticamente me tocó llegar hasta el fondo. Pero cuando uno toca fondo también surge una motivación y unas ganas de salir adelante. Lo que en aquellos años parecía algo negativo terminó abriéndome la posibilidad de explorar otro tipo de oportunidades.

—Durante esos años combinaste los estudios con diferentes trabajos. ¿Qué aprendiste de ellos que no aprendiste en la universidad?
—Me tocó hacer muchísimos trabajos antes y durante el doctorado. Uno de los primeros fue trabajar en un restaurante lavando platos. Ese trabajo me enseñó dos cosas.
La primera fue humildad. Yo no estaba acostumbrado a ese tipo de trabajo. En México había tenido personas a mi cargo; yo era quien daba las órdenes. Llegar aquí y hacer trabajo físico fue una especie de cachetada de humildad. Me hizo entender que haber tenido el privilegio de ir a la universidad o estudiar una maestría no significa que uno no pueda hacer ese tipo de trabajos.
La segunda cosa fue aprender a respetar y sentir admiración por nuestra comunidad inmigrante, sobre todo por la comunidad indocumentada, que realiza trabajos muy pesados y que muchas veces no son reconocidos. Nuestra gente viene aquí a trabajar. A veces se habla de “migración no calificada”, pero cuando uno observa a nuestra comunidad trabajando con esas ganas y esa velocidad para salir adelante, creo que ese concepto no refleja la realidad.
Durante el doctorado trabajé también en la industria, en organizaciones sin fines de lucro y en la academia. Actualmente trabajo para el gobierno local y desarrollo proyectos personales. Todo ese viaje académico y profesional está reflejado en el libro.
—Hablas también de una “doble discriminación”: la que experimentaste en México por tus raíces y rasgos indígenas y la que viviste en Estados Unidos por ser mexicano y hablar inglés con acento. ¿Cómo cambió eso la relación con tu identidad?
—Cuando vivía en México me tocó experimentar esto que llamo la doble discriminación. Las comunidades indígenas y las personas que tenemos un color de piel moreno seguimos experimentando discriminación y clasismo. A mí me tocó vivir bullying y vivir esa discriminación en carne propia.
Cuando vine a Estados Unidos me encontré con otra discriminación, ahora por ser hispano, por ser mexicano, por hablar español y por hablar inglés con cierto acento.
Todo eso me dio la fuerza para entender de dónde vengo, abrazar mi identidad, abrazar mi cultura y aprender a amarme. Este cuerpo va a ser mi casa durante todos los años que me toque vivir. Aprendí a respetarlo y a respetar mi cultura. Eso me dio fuerza y otro enfoque. Cuando comencé a hacer ese ejercicio, empezaron a pasar cosas muy buenas tanto en mi vida personal como profesional.
—Una de las experiencias más fuertes que cuentas es que tu padre decidió no enseñarte su lengua para protegerte de la discriminación. ¿Cómo procesas ahora esa pérdida?
—En México, las personas que hablan una lengua originaria pueden hacerlo en casa, pero llega un momento, por ejemplo cuando entran a la escuela, en el que muchas veces se limita el uso de esa lengua y se impone el español.
Parte de la desaparición de las lenguas ocurre porque no existen suficientes espacios donde las personas puedan desarrollarse personal, académica o profesionalmente utilizando su lengua materna.
Lo que trato de hacer al hablar de estos temas es también una forma de activismo a favor de la preservación de las lenguas originarias. Sé que yo no hablo la lengua, pero por lo menos puedo abrir la puerta a esta conversación y darle importancia.
He aprendido algunas palabras. No sé si algún día lograré aprenderla completamente porque aprender un idioma de adulto es complicado, pero la intención está ahí.
—¿En qué momento entendiste que todas esas experiencias podían convertirse en un libro y no quedarse solamente como recuerdos?
—El proceso comenzó porque yo tenía el deseo de dar charlas motivacionales. Cuando estudiaba la carrera en México, a los 21 o 22 años, vi una conferencia que me dejó marcado. El conferencista conectó inmediatamente con el público y nos pidió que nos lleváramos algo concreto de aquella hora.
Muchísimos años después pensé que ya tenía el material necesario para hablar sobre motivación, superación personal, educación, búsqueda de empleo y otras experiencias. Primero escribí un guion para una charla motivacional y tuve la oportunidad de presentarla en diferentes espacios, pero sentía que hacía falta algo más.
Entonces transformé esa charla en un libro para poder llegar a más personas. Comencé a reunir cosas que había escrito, publicaciones en redes sociales y reflexiones que había hecho esporádicamente. Poco a poco fui armando ese rompecabezas.
Después vi un concurso de una biblioteca en el condado donde vivo. Las mejores propuestas literarias serían difundidas a través de sus plataformas. Ese fue el empujón final. Envié el libro y fue reconocido entre las lecturas recomendadas de 2026. Para mí eso representa muchísimo orgullo y satisfacción.
—El propio título, Lecciones que nadie te cuenta al migrar, plantea que hay experiencias que uno descubre solamente cuando llega. ¿Cuál fue una de las primeras grandes lecciones para ti?
—La adaptación cultural. Yo soy originario de Oaxaca, una ciudad que recibe mucho turismo internacional. Cuando la gente visita México suele tener el objetivo de aprender español o generar contacto con personas locales. Pero cuando vienes a vivir a Estados Unidos, la experiencia es diferente.
Yo venía de un clima cálido y llegar a Portland, Oregon, en enero fue un golpe. Mucho frío, mucha lluvia y pocas horas de luz durante el invierno. Todo eso requiere adaptación.
También está el tiempo y el transporte. En Oaxaca podía caminar cinco minutos, esperar dos minutos un autobús y muy rápido estaba camino a mi destino. Donde vivo ahora, el transporte puede pasar cada 15 minutos, cada media hora o incluso cada hora.
Si no aprendes a planear tu día, perder un autobús te lo puede arruinar. Imagínate que tienes una entrevista de trabajo, pierdes el autobús y llegas tarde. Son cosas pequeñas, pero son precisamente esas lecciones de las que muy pocas personas hablan y que quise colocar en el libro.
—En el libro deconstruyes también la idea del sueño americano. Después de más de una década aquí, ¿crees que todavía existe?
—Yo más bien haría una pregunta a las personas que vienen o quieren venir a Estados Unidos: ¿estás dispuesto a pagar el precio del proceso migratorio y del sueño americano?
Migrar tiene un precio económico y también uno no económico. Parte de ese precio depende del estatus migratorio que tenga cada persona. Ya sea que alguien venga con documentos o sin documentos, va a existir un proceso y un precio por pagar.
Mi consejo es que desde el primer día, o incluso antes de venir, las personas sean proactivas, sobre todo si planean quedarse en el país a mediano o largo plazo. Una mala decisión puede comprometer el futuro o la posibilidad de acceder a algún beneficio migratorio.
Yo no soy nadie para juzgar a una persona que quiera venir aquí buscando una mejor vida para su familia. Eso es completamente válido. Pero es muy importante entender dónde estamos y cuáles son las reglas.
Quizás el sueño americano existe. Si vale la pena o no, esa es una respuesta individual. Pero hay que entender todos estos aspectos antes de decidir.
—Hay un episodio particularmente doloroso: la muerte de tu padre mientras tú estabas en Estados Unidos y no pudiste regresar a despedirlo. ¿Cómo viviste ese momento?
—Yo llegué a este país básicamente en la comodidad de un avión. No tuve que cruzar la frontera, caminar por el desierto o atravesar un río. Eso es algo que admiro muchísimo de la comunidad inmigrante. La verdad, yo creo que no tendría el valor de hacer eso. Migrar puede costar la vida.
Pero incluso en mi situación había vulnerabilidad. Cuando estaba estudiando inglés necesitaba una autorización de la escuela para salir de Estados Unidos.
Estábamos por recibir el Año Nuevo de 2017 cuando uno de mis hermanos me escribió y me dijo que tenía que comunicarme con mi casa. Cuando recibes un mensaje así sabes que algo ha pasado. Llamé y me enteré de que mi papá había fallecido.
Al día siguiente tomé mi uniforme del restaurante y me fui a trabajar a las seis o siete de la mañana. Para mí fue una forma de vivir el duelo, de sacar la frustración, el enojo y la rabia. No podía salir de Estados Unidos porque me faltaba esa firma y tampoco tenía dinero para viajar. Los vuelos eran carísimos por las fechas.
Durante meses soñaba que no podía despedirme de mi papá. Tiempo después, cuando mi situación cambió, pude viajar a Oaxaca. Fui al lugar donde están sus cenizas, hablé con él y le pedí disculpas por no haber podido despedirme. Después de esa visita dejé de tener esos sueños.
Hoy siento que tengo una relación en paz con mi papá, a pesar de que ya no está aquí. Con el tiempo también aprendí a entender sus propias heridas y a no juzgarlo.

—Has utilizado la imagen de una correa para describir el estatus migratorio. ¿Qué significa esa metáfora?
—Le llamo la analogía del perro con la correa. Si una persona lleva a su perro a un parque, el perro por naturaleza va a querer correr porque se siente libre. Empieza a correr y, de repente, la correa lo detiene.
En esta reflexión, el perro representa al inmigrante, la correa representa el estatus migratorio y el dueño representa al gobierno federal, que controla las visas.
El inmigrante viene buscando una vida mejor, trabaja y muchas veces se supera. Pero llega un momento en el que el espacio que ocupa comienza a hacerse pequeño. Quiere emprender, desarrollar otros proyectos o hacer algo diferente y, de repente, esa correa lo detiene.
Mi estatus actual está próximo a vencer en junio de 2027. En términos migratorios, un año es muy poco tiempo para explorar y solicitar determinados beneficios. Por eso hay que ser proactivo y empezar a explorar opciones con mucha anticipación.
Un inmigrante vive con esa incertidumbre: ¿qué pasa después?, ¿qué sucede si solicito un beneficio y no me lo conceden?, ¿tengo que regresar?, ¿tengo que ahorrar dinero?
Esa incertidumbre está presente durante todo el viaje migratorio y muchas veces la correa impide que una persona pueda desarrollar su potencial al cien por ciento.
—Si una persona que acaba de llegar a Estados Unidos leyera hoy tu libro, ¿qué te gustaría que entendiera al cerrar la última página que tú no entendiste cuando llegaste?
—Que lo que quiere hacer se puede lograr siempre y cuando siga una estrategia. Una de las cosas que aprendí en Estados Unidos es que las cosas se pueden alcanzar cuando existe una estrategia.
Hay que informarse sobre las opciones migratorias, entender qué está disponible para nosotros y qué no, y acercarse a las personas correctas. Muchas veces una red de apoyo y una red de contactos pueden abrir oportunidades que el dinero no puede abrir.
Una buena recomendación o un buen contacto dentro de la organización en la que quieres trabajar puede abrirte una puerta. Pero también tienes que mostrar tu valor y pedir apoyo cuando lo necesites.
Las oportunidades existen, pero esto es un proceso y las cosas no ocurren de la noche a la mañana. A mí me tomó más de una década llegar al momento en el que quizás me habría gustado estar mucho antes. Si hubiera conocido desde el principio algunas de estas lecciones, probablemente me habría tomado menos tiempo.
Creo que recursos como este libro pueden hacer que el viaje migratorio de otras personas sea un poco más amigable.
Lecciones que nadie te cuenta al migrar: Memorias de un inmigrante en Estados Unidos se encuentra disponible desde mayo de 2026 y, según Contreras, puede adquirirse a través de Amazon, Barnes & Noble, Apple Books y otras plataformas digitales.
Hay dos decisiones que tomé deliberadamente: reduje las respuestas más largas para evitar que el formato Q&A se vuelva demasiado pesado y conservé con mayor extensión las historias de su padre y de la “correa”, porque son las dos partes con mayor fuerza narrativa y conectan directamente con el concepto central del libro.




