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MANHATTAN, Nueva York, EU, 16 de octubre de 2026.- Durante casi 10 años, la cineasta Marialuisa Ernst acompañó —entre física y virtualmente— a madres centroamericanas que recorren miles de kilómetros buscando a sus hijos desaparecidos en la ruta migratoria hacia Estados Unidos. Esa búsqueda, atravesada por la esperanza y la incertidumbre, dio forma a El lugar de la ausencia, un documental que conecta las desapariciones actuales de migrantes con las heridas que dejó la última dictadura militar argentina.
La película se estrenó en Nueva York en el DCTV Firehouse Cinema, donde la directora de origen chileno-boliviano compartió detalles de su realización en un conversatorio con la cineasta Kirsten Johnson.
El largometraje entrelaza las historias de Anita y Leticia, integrantes de la Caravana de Madres Centroamericanas de Migrantes Desaparecidos, con la historia familiar de Ernst, cuyo tío Guillermo fue secuestrado por los militares en la Argentina de 1976.
Durante el encuentro, Johnson destacó uno de los momentos más conmovedores de la película: cuando la madre de Ernst posa su mano sobre los restos óseos de su hermano, después de décadas sin conocer su paradero. “Es un gesto de amor. Eso es lo que es”, expresó la documentalista, quien describió aquella imagen como una de esas escenas imposibles de olvidar.
Ernst reveló que ese encuentro familiar fue, paradójicamente, lo primero que filmó en su vida y el acontecimiento que impulsó la realización del documental. “Estaba llorando mientras filmaba”, recordó.

Para su madre, explicó, aquellos restos no eran simplemente huesos, sino su hermano, a quien finalmente podía despedir. La directora también contó que Guillermo había compuesto una canción en la que imaginaba convertirse en un árbol después de morir. Décadas más tarde, su familia pudo enterrarlo bajo un árbol, cumpliendo involuntariamente aquel deseo. “Guillermo me dio ese regalo”, afirmó.
La conversación abordó el lenguaje cinematográfico de Ernst, quien recurrió a imágenes de la naturaleza, rituales visuales y secuencias en cámara lenta para representar el dolor y la espera. Johnson destacó especialmente la manera en que el tiempo adquiere otra dimensión en la película. Ernst explicó que sus decisiones surgieron de un proceso intuitivo, sin formación académica en cine. “Es casi como cuando cocino, pongo diferentes ingredientes, no sigo recetas”, comentó sobre la construcción de un lenguaje propio para narrar lo que muchas veces resulta imposible expresar con palabras.
Ernst explicó que, durante el montaje, encontró el concepto de pérdida ambigua, que terminó ayudándola a comprender el tema central de su documental. “Es la presencia y la ausencia de un ser amado, ambas cosas coexistiendo dentro de ti”, señaló. Para quienes buscan a una persona desaparecida, explicó, el duelo permanece abierto porque no existe certeza sobre su destino. En una entrevista previa, la directora describió esa experiencia como “un sufrimiento que no se acaba”, una herida que transforma a familias enteras y puede extenderse durante generaciones.
La directora también reflexionó sobre el impacto personal de una década de trabajo, durante la cual tuvo que enfrentar el trauma heredado por su propia familia e incluir experiencias íntimas que inicialmente no quería mostrar.
En su conversación previa con Quadratín Hispano, Ernst explicó que necesitó encontrar el valor para reconocerse dentro de la historia y conectar su experiencia con la de las madres centroamericanas. Su madre, quien posteriormente desarrolló demencia, alcanzó a ver una versión preliminar de la película. Para la cineasta, conservar su imagen y su voz en el documental representa también una manera de reencontrarse con ella.
El lugar de la ausencia, reconocido en festivales como Breckenridge, Middlebury y el Panama Canal International Film Festival, permanecerá en cartelera hasta el 22 de octubre en el DCTV Firehouse Cinema de Manhattan.
La película también impulsa Árboles sin Fronteras, una iniciativa que busca plantar árboles en memoria de migrantes desaparecidos y que ya ha permitido distribuir y plantar alrededor de 70 ejemplares. Con esta propuesta, Ernst extiende el mensaje de su documental más allá de las salas de cine y transforma la memoria de quienes siguen ausentes en un símbolo de esperanza y solidaridad.




