Itinerario político
Muy poco se habla de la dimensión poética de la Semana Santa; y es una pena. De hecho, la tradición litúrgica católica en español ha tenido, a lo largo de su historia, una expresión narrativa claramente eufónica y conmovedora (y en ocasiones melodramática, propio del lirismo español) que creíamos alojada ya sólo en la tradición oral y rezandera de las generaciones pre conciliares pero que, comienza a resultar atractiva a las juventudes católicas modernas que cantan, por ejemplo Hakuna, como si fueran versos de Fernández de Lizardi en los albores del ochocientos: “Madre, átame fuerte con tus brazos a la cruz / No quiero más tesoro que sus clavos / Madre, quiero mirarte cuando no encuentre la luz / Y recorrer contigo cada paso / Madre, del camino de la Cruz”.
La Semana Santa es, sobre todo, una narración viva, y echa mano del lenguaje para compartir la historia del Misterio Pascual. Cuenta y rememora los hechos vividos por Jesús frente a su prendimiento y al remedo de juicio que le ofrecieron las instituciones de su época; frente a la encarnizada tortura a la que fue sometido y a las burlas proferidas de un pueblo fanático y satisfecho en sus miedos y certezas; y finalmente, frente a su crucificción, muerte y resurrección.
En la evangelización de los pueblos americanos el lenguaje narrativo por antonomasia ha sido prosístico (el relato, el cuento) aunque también el Misterio se ha enseñado desde el lenguaje poético y, en las iglesias protestantes, a través de la potente figura literaria intermedia entre la prosa y la poesía: el versículo.
Para José Emilio Pacheco, la traducción bíblica de Casiodoro de Reina, revisada por Cipriano de Valera (popularmente conocida como la Biblia Reina-Valera) es una de las obras maestras de la literatura en español ignorada con frecuencia tanto por la academia lingüística como por el catolicismo practicante, pero que goza de verdaderos portentos poéticos y una economía de lenguaje rica en tonalidades e intenciones sonoras: “Así que, entonces tomó Pilato a Jesús, y le azotó” (Juan 19,1), declama el versículo de aquellos españoles heterodoxos condenados por la Inquisición y que contrasta en estilo con otras traducciones católicas: “Entonces Pilato tomó a Jesús y ordenó que fuera azotado” (Biblia Latinoamericana) o en intencionalidad: “Pilato mandó entonces azotar a Jesús” (Libro del Pueblo de Dios).
Pero ahí donde las traducciones bíblicas menguan, la poesía católica en español refulge. Son conocidos los versos que dedicó López Velarde a la representación de la entrada de Jesús en Jerusalén: “Por tu balcón de palmas bendecidas / el Domingo de Ramos, yo desfilo / lleno de sombras, porque tú trepidas. // Quieren morir tu ánima y tu estilo”. En su poema Tres cruces, Justo Sierra homenajea las muertes de Leónidas, rey de Esparta, y del gladiador Espartaco; pero escribe sobre la Pasión de Jesús: “Uno hay mayor: del Gólgota el madero; / porque en el ser de paz que allí se inclina / el alma en sus anhelos se adivina / que está crucificado el hombre entero. // De estas tres hostias de una gran creencia, / sólo Jesús resucitó y alcanza / culto en la cruz, señal de su existencia.// Es que nos ha dejado su enseñanza / un mundo de dolor en la conciencia / y en el cielo una sombra de esperanza”.
Inspirado en la Última Cena donde Jesús lo mismo demuestra amor a Judas que a Juan, el obispo Joaquín Arcadio Pagaza versifica sobre el mandato divino: “Lleva á su plato, aquél la mano impura; / Y aquéste aviva su amorosa llama / Libando de su pecho la dulzura. / Amable á entrambos sus amigos llama: / Al que dañarle pérfido procura, / Y al que leal le sigue y tierno le ama”.
Judas Iscariote, el apóstol que entrega a Jesús por monedas de plata, también es el personaje del poema de otro obispo mexicano Ignacio Montes de Oca: “De su delito Júdas se arrepiente / El fin mirando de su atroz pecado; / Y á los ancianos va desesperado, / Al ver á Cristo de la cruz pendiente [...] La moneda fatal al suelo arroja; / Al campo corre do Satán le espera, / Y entrega al lazo su maldito cuello”.
La crucifixión, por supuesto, es un signo perturbador e incómodo para los poetas religiosos y así suelen reclamarlo en su mística poética; junto a los místicos carmelitas y escritores del Siglo de Oro español, el sacerdote jalisciense Alfredo Placencia buscó ser provocador en su Ciego Dios sobre el misterio de la Cruz: “Así te ves mejor, crucificado. / Bien quisieras herir, pero no puedes. / Quien acertó a ponerte en ese estado / no hizo cosa mejor. Que así te quedes”.
La poesía católica inspirada en la Pasión, incluso más cercana a la liturgia sacra se ha popularizado en forma de himnos para procesiones y adoraciones. En el devocionario El alma en el templo de Joaquín García Izcabalceta, el Vexilla Regis se traduce libremente para favorecer el ritmo épico mexicano (de hecho los decasílabos se pueden cantar como el Himno Nacional): “Aparecen las regias banderas, / De la Cruz el misterio fulgura / En que muerte de atroz amargura / El Autor de la vida sufrió”. También dentro del rito, el erudito propone orar en el Triduo Santo: “Dios, de quien Júdas recibió el castigo de su pecado, y el ladrón el premio de su confesión: hacednos sentir el efecto de vuestra propiciación”.
En fin, la Semana Santa es el itinerario memorial de un acontecimiento terrible y, al mismo tiempo, profundamente iluminador (revelador, diríamos); es expresión de un eterno mundo donde campean el abuso y la injusticia pero donde también vive la manifestación más amplia de bondad, entrega y compasión. Claramente es un signo de la fe y las costumbres en los pueblos cristianos; pero también es el recuerdo de la indolencia de los poderosos, el fanatismo del credo dominante, la cobardía de los encumbrados y elegidos, la debilidad de los excluidos, y el testimonio silente de los descartados.
Es una estampa que condensa las cumbres y los abismos del corazón humano, y el reflejo de todos los ocasos vencidos por el alba del Hijo del Hombre enfrentándose a todas sus contradicciones. Y allí el poeta canta: “Ven, alma mía,y haz que iguale tu dolor ahora / á los excesos de tu culpa impía; / ella, a tu Dios asesinó traidora; / más Dios perdona al pecador que llora, / y hoy a tu llanto le llegó su día”.
Que sea fecunda, su Semana Santa.




