Cuba, un fracaso estrepitoso: Sabinas
En el camino, Kerouac logra retornar a su tierra
Teresa Gil
A la crónica original sobre Jack Kerouac que tengo publicada en mi libro Robar el alma (Groppe 2018), agregaré este día los últimos acontecimientos en torno a su obra más famosa En el camino. Acaba de ser comprada por el artista Zack Bryan en 12 millones 135 mil dólares. La obtuvo de la herencia del recién fallecido Jim Irsay, que en su momento había adquirido el pergamino de 36. 5 metros de largo donde se escribió la obra, en 3.2 millones de dólares. Y se queda uno sorprendido por los capitales que se manejan, cuando el escritor vivió grandes etapas de pobreza, como cuando estuvo en México en un cuarto de azotea, con aquella muchacha a la que le dedicó su libro Tristessa. Según datos, Bryan no solo gastó esa fortuna, aparte se hizo del edificio de una antigua iglesita dedicada en su momento a San Juan Bautista, para crear un museo en Lowell Massachusetts, en donde nació aquel singular miembro de la Generación Beat. Un alto extraordinario, definitivo, en su camino.
EL GRAN KEROUAC PODRÁ LOGRAR SU SUEÑO: QUE SE LEAN MÁS SUS LIBROS
Hay libros que se actualizan con un acontecimiento. Lo vimos en su momento, con el filme sobre El Gran Gatsby , y la forma como se recuperó la figura angustiosa de Fitzgerald, sepultada en buena parte por la mordaz lengua de Hemingway. La obra de Jack Kerouac, En el Camino (On the road), fue utilizada en un filme, distinto quizá, si se recuerdan las muchas películas que se basaron en un tema parecido desde 1957 –año en que se publica el libro-, y lo manosearon ad infinitum, sin la profundidad y la gracia del tema original. Es cierto que el libro dejó de estar en librerías –con excepciones – y que otras de sus obras sólo quedaron como recuerdo, de aquel movimiento beatnik que tanto influyó en las generaciones posteriores a los sesenta.
AMABA LO MEXICANO NO SOLO EN SUS MUJERES, SINO EN SUS CHANCLAS.
Recuerdo haber encontrado el libro Tristessa en una librería de viejo a precio irrisorio. La vida del personaje de ese nombre, la muchacha de la capital mexicana que vivía en un cuarto de azotea, insiste en las obsesiones de Kerouac por lo mexicano y de hecho en On the road, se asume como tal en un campo de zafras, mientras vive con otra mexicana y atraviesa Estados Unidos portando unas chanclas de cuero, hechas en México. Kerouac recorre, sufre y disfruta con su alter Sal Paradise, “la gran noche americana”- y el día también-, como un vagabundo de oficio, “culo de mal asiento”como dicen los españoles, acompañado de los más disímbolos personajes, pero sobre todo por su personaje principal Dean Moriarty, (Neal Cassadys en la vida real) y tocado de cerca por otros monstruos de aquel movimiento Carlo Marx y Old Bull Lee (Allen Ginsberg y William S. Burroughs, respectivamente) que dan el sustento ideológico a la novela, en algunos casos con disquisiciones que hoy se antojan ingenuas.
CON TODO LO QUE SE VIVÍA EN ESE TIEMPO, TODOS ESTABAN EN EL CAMINO
Pero igual que como sucede con otras obras escritas por la época, en el fondo de la gran maestría de lo escrito, se percibe una pequeña trampa para el lector, de parte de las editoras. Y del poder. Estamos ante una gran guía turística que de sobra ha sido utilizada para promover a la llamada Unión Americana y que se deriva incluso a otros menesteres más prosaicos. En On the road, Kerouac dentro de la desdicha del vagabundo que tiene un sueño, va dejando sembrados algunos slogans que no pocos han utilizado, Montana la tierra de dios, Des Moines, la que tiene las chicas más guapas del mundo, el de California, un aire que se puede besar. Y desde luego las chanclas mexicanas, por aguantadoras. Lo singular de la obra es que no causa una sensación de desaliento. Kerouac plasmó con sinceridad un recorrido, que también se estampó en otra carretera larga y redonda, un rollo de papel revolución en el que, dice su leyenda, lo hizo en muy poco tiempo. Como todos los que alguna vez utilizamos ese recurso. La existencia de personajes arquetípicos descritos por Kerouac, no le va a la zaga a lo que se veía en todos los países, por el entorno de la obra –fines de los cuarenta- y la expresión de pobreza, ingenio y esperanza que se respiraba en esos lares. Todo adobado, en el auto stop, claro, con alcohol, alguna droga, sexo, escarceos y pequeños robos. El que la obra sea considerada de culto es porque refleja las vivencias terrenales de toda una generación, que sólo tenía el ingenio para sobrevivir. Con Paradise- Kerouac, sin asideros, pero esperanzados, todos estaban en el camino.




