2026, oportunidad histórica que México enfrenta con responsabilidad
La visita apostólica de León XIV al reino español ha sido un acontecimiento de gran intensidad y alta cobertura mediática que, además de haber dejado estampas inolvidables, deja enseñanzas para los próximos viajes pontificios. Francia ya toma nota; pero México (cuyo gobierno y cuyo episcopado han insistido en formular invitaciones formales al Papa para visitar el país) y otros países americanos que buscan recibir un peregrinaje papal están obligados a considerar algunos aspectos. Propongo solo tres:
1. No hay un molde para la juventud ni para la catolicidad.
Parece una verdad de Perogrullo, pero una España identificada durante décadas como envejecida, secularizada e indiferente a “lo religioso” mostró un rostro desconocido incluso para ella misma.
El catolicismo español es una de las expresiones religiosas más cruelmente parodiadas y despreciadas por la cultura contemporánea occidental. El mundo no logra (o no quiere) ver signos de identidad, confianza y esperanza en las manifestaciones de fe de los católicos ibéricos. Al contrario, reduce esa fe a exóticas procesiones, ostentosas ornamentaciones, santones milagreros y una práctica cristiana casi miliciana que confunde el credo con una identidad política. Y no todo es culpa del mundo; en España pervive cierta acritud rancia en algunos fieles que se refugian en los oropeles de las tradiciones para no aventurarse al cambio de época.
Así, la juventud española parecía estar condenada a ubicarse en uno de esos dos moldes: en ese desprecio agudo y sardónico por el catolicismo “arcaico”, o en ese desprecio agudo y sardónico por el mundo “moderno”. Como si los jóvenes solo pudieran ser “fachos carcas” o “progres woke”. Lo que demostraron, sin embargo, fue refrescante: una capacidad de abrazar la compleja realidad sin limitaciones y sin falsas pretensiones. La estampa de la multitudinaria vigilia de oración de jóvenes en el Paseo de la Castellana, en Madrid, es muestra de ello. Las opciones culturales de una ciudad tan cosmopolita para la juventud aquel sábado eran muchas (incluido el concierto de Bad Bunny) y, sin embargo, decidieron participar en la vigilia y en la misa de Corpus presidida por el Papa.
2. La pluralidad y la diversidad son expresiones de riqueza y no trastocan la unidad.
España es un reino que lucha por los márgenes de su identidad. Aún en nuestros días, hay españoles que se preguntan dónde comienza y dónde termina su patria, tanto en el sentido territorial como en el político, cultural y lingüístico. Entre sus habitantes hay sentimientos independentistas, separatistas, autonomistas, absolutistas, totalitarios, monárquicos y republicanos; y, aunque aparentemente son incompatibles, España no sería la misma sin esa diversidad de pensamientos.
Las localidades visitadas por el Papa evidenciaron en parte tales tensiones: Madrid, Barcelona y las Islas Canarias reflejaron que la “auténtica identidad española” es multicultural, diversa y está en permanente tirantez negociadora de sus discursos y características. León XIV, por ejemplo, habló en castellano, a pesar de que su español es latinoamericano; habló en catalán dentro de Cataluña y habló en francés para los migrantes en Tenerife.
Así, la boyante capital política del reino y del Estado, el puerto que es una locomotora cultural y “faro abierto al Mediterráneo” (con todo lo que eso implica en materia de migración e integración) y el desafiante archipiélago español frente a África demostraron que la unidad no es uniformidad, sino el reconocimiento de que la diversidad tiene un diálogo en común y una búsqueda compartida. Por ello, la presencia permanente pero discreta de los reyes y del presidente del Gobierno español durante los eventos de León XIV en las tres regiones es una lección importante para quienes encabezan las naciones que han invitado al Papa.
3. Los obsesos ideológicos se quedan fuera del diálogo incluso aunque se les invite.
El viaje del Papa a España reveló que algunos liderazgos ideológicos están más obsesionados con sus propias certezas que con la apertura al diálogo y a la escucha.
León XIV fue el primer pontífice en la historia en usar el podio del Congreso de los Diputados para emitir un mensaje en el que, para sorpresa de nadie, defendió la dignidad de la vida humana, los derechos humanos universales, la justicia social y la búsqueda compartida del bien común. La sorpresa la han dado los políticos polarizados y polarizantes que decidieron, unos, ni siquiera asistir al evento (extrema izquierda) y otros instrumentalizar el discurso papal para sostenerse en su verdad privada (ultraderecha). Esos dos polos evidencian un problema transversal de la clase política en muchos países y son precisamente los causantes de la confrontación visceral y la verborragia actuales: ambos extremos convergen en el grado de “sacralidad divinizada” que le otorgan a su propia y respectiva “razón” y están incapacitados para participar en el diálogo social.
Los líderes políticos o estatales que han invitado al papa León a sus países, pero que no dialogan ni con grupos políticos antagónicos ni con las diversas estructuras eclesiales, son, por decir lo menos, delirantes. Durante los breves momentos de convivencia oficial, la mayoría de los liderazgos españoles (salvo contadas excepciones) demostraron que su servicio al Estado les exige signos de colaboración, respeto y unidad, no de privilegio, distinción, diferenciación o desprecio hacia el adversario político.
En conclusión, un viaje pontificio sin duda pone momentáneamente a las naciones visitadas en el centro de la conversación global. Más allá de la espectacularidad de los eventos (y España le apostó bastante más a la forma que al fondo), está la realidad sensible del pueblo y de sus comunidades, que evidencian los desafíos políticos, las contradicciones sociales y las realidades marginadas del país. Y si bien la organización del viaje no puede abarcar todo el panorama local, en buena medida depende de la nación y de la Iglesia local no caer en la tentación de ocultar bajo la alfombra las miserias y podredumbres que forman parte de la realidad. Solo desde ahí se puede hablar honestamente y escuchar abiertamente. Todo lo demás es episódico.




