Indicador político
La transición democrática en Colombia, una vez que el poder fue asumido por Abelardo de la Espriella en lugar de Gustavo Petro el pasado 7 de agosto, revela la fractura de un régimen político que, en los últimos veinte años, pasó de ser gobernado por una derecha sostenida en el discurso del combate frontal al conflicto armado y el fortalecimiento de la cercanía política y militar de Colombia con Estados Unidos, a la promesa de cambio progresista, en línea con ideas de la izquierda latinoamericana. En este último escenario, Petro, tras el intento fallido de la elección de 2018, logró ganar la presidencia en 2022.
En sus últimos días en la Casa de Nariño anunció que no acudiría a la toma de posesión de su sucesor, que se logró imponer por un estrecho margen a Iván Cepeda, el candidato de izquierda y de Petro, derrotado por un abogado que se presenta como versión tropicalizada de Nayib Bukele, en la que sobresalen como principales propuestas de gobierno el impulso a una economía deficitaria, la mano dura en la política de seguridad, que incluye la libre portación de armas por parte de ciudadanos, y una férrea defensa de la familia tradicional.
En este contexto, es importante volver al pasado reciente. Petro llegó al poder con altas expectativas de cambio, considerando que el ex militante del M-19 —guerrilla fundada en los años setenta, la misma que robó la espada de Bolívar como parte de su mitología fundacional—, había sido un alcalde relativamente exitoso en su gestión al frente de la capital del país, Bogotá, que gobernó entre 2012 y 2015. Es decir, había demostrado que, más allá de la retórica, la izquierda en el poder podía gestionar exitosamente políticas y programas en beneficio de millones de gobernados, entre ellas: la matrícula gratuita en educación básica, los subsidios en un sistema de transporte más eficiente y la disminución de los homicidios. Esta experiencia previa, aunada a la decisión inteligente de incorporar por primera vez a una mujer afrodescendiente como candidata a la vicepresidencia de la República, Francia Márquez, sumamente carismática, fue clave en su última campaña, en la que se impuso a versiones de derecha que ya reinterpretaban para el electorado colombiano posiciones al estilo de Donald Trump, como fue el caso del candidato Rodolfo Hernández, derrotado en segunda vuelta.
Frente a ello, Petro logró convencer al electorado colombiano con el discurso de un pacifista. Así, el antiguo guerrillero de juventud predicaría con su biografía: dar un paso de costado y apostar por las instituciones como motores del desarrollo nacional, trayectoria que comenzaría en Zipaquirá en un colegio de corte Lasallista y después como estudiante de economía en la Universidad del Externado. Petro logró convertirse en una figura nacional en un momento en que el uribismo había agotado su discurso y estaba dividido, después de tres gestiones presidenciales asociadas al mismo hombre: Álvaro Uribe, a quien siguieron Juan Manuel Santos e Iván Duque. Si bien la posición respecto al proceso de paz con las FARC y los acuerdos alcanzados alejarían a los primeros dos, y llevarían a Uribe a conformar su propio partido político, el Centro Democrático.
En el fondo está la idea de una nueva agenda política, que reacciona a las demandas de un electorado insatisfecho, que salió masivamente a las calles a manifestarse en 2021, precisamente porque el proceso de paz era solo uno de varios temas de insatisfacción de la ciudadanía, como la propuesta de reforma tributaria, la desigualdad social y el incremento en el costo de vida. En este contexto se debe ubicar al ascenso de Petro, y en la línea de lo que significó en relación con una definición mínima de izquierdas: “grupos, partidos, gobiernos, corrientes ideológicas y formas de pensamiento que postulan derechos y luchan para que más personas los tengan, con el fin de que el mayor número posible acceda a la riqueza material y cultural de la sociedad y la usufructúe”, (Rodríguez Kuri, 2021).
En su campaña de 2022, Petro logró convencer a la Colombia rural, pero también a los grandes centros de votación, y esta apuesta del país por girar hacia la izquierda no es una victoria menor en el desarrollo histórico de Colombia, proveniente de una confrontación entre partidos tradicionales de data decimonónica: Liberales y Conservadores, incluso retomada por Gabriel García Márquez como trasfondo de guerras interminables en Cien años de soledad. Si esa campaña representó la ruptura mediante la creación de un nuevo partido político, el Pacto Histórico, y este se convirtió en un vehículo de las reivindicaciones populares vinculadas al desplazamiento de sectores de la sociedad, el mandato de Petro resultó, sobre todo, en el reiterado intento discursivo de posicionar temas globales como agenda doméstica y de un presidente que terminó predicando un monólogo.
Petro no logró ir más allá de sus promesas de cambio igualitario, y puso demasiada atención en asuntos exteriores, poniendo en entredicho su papel como jefe de Estado, y centró su atención en asumir un papel de generador de consciencias digital, frente al enemigo construido en su narrativa: el imperialismo estadounidense, y la influencia, quizá inmerecida, que le otorgó en asuntos tan diversos como la crisis política venezolana, el grave problema de salud asociado al fentanilo, el conflicto Gaza-Israel, y la crisis medioambiental a nivel global. Todos ellos temas de gran relevancia, nadie lo duda, pero proyectados hacia fuera de las fronteras de Colombia y en una obsesión radical con su comunicación en redes sociales, que terminó por alejarlo de la esfera inmediata de gobierno y lo distanció, precisamente, del electorado que había votado por él como opción de cambio real.
Su ascenso y desordenado ejercicio de gobierno puede interpretarse desde la relación entre democracia y populismo, a partir de la práctica general que identifica Urbinati: “La crítica populista de la inmoralidad del sistema apunta directo al corazón de la democracia representativa… Consiste en la campaña por la antipolítica, implícita al asociar el poder con la impureza o la inmoralidad. Este marco es el fundamento de la fenomenología del liderazgo populista… La trayectoria del o la líder populista comienza con el bien conocido ataque contra el sistema, pero una vez que llega al poder, y en cuanto relega a los viejos partidos a la periferia, debe seguir atacando a otras élites”, (Urbinati, 2020). En el imaginario de Petro la visión maniquea de la política también estuvo presente en la reciente campaña para sucederlo, con el cuestionamiento acerca de si “¿Votamos por la vida o por la muerte”, haciendo alusión a la defensa de las industrias extractivas que atribuye a quien ahora lo sucederá en el cargo.
Los ejercicios de gobierno, así sean de cuatro años, deben ser una oportunidad para probar que las líneas generales de gobernantes de izquierda deben articular un discurso basado en las propuestas y resultados de gobierno, y no solo proyectar un conjunto de posicionamientos políticos. Especialmente, ahí cuando: “Más que una ordenación de ideas al interior de un conjunto racionalmente constituido y lógicamente articulado, el populismo es una cultura política polimorfa e inestable cuyas mayores recurrencias son una visión maniquea del pueblo contra sus enemigos, la frecuente figura del líder carismático y una visión conspirativa del mundo” (Pipitone, 2015).
Con la salida de Petro de la presidencia se cierra un capítulo en la vida pública de Colombia, que ha avanzado lo suficiente en su diseño institucional para permitir que la contienda electoral sea el horizonte de ex militantes de formaciones guerrilleras como el M-19. No es cosa menor en un país marcado por el conflicto armado, que ha hecho esfuerzos por alcanzar la paz, pero que vive, más que nunca, tiempos de polarización política. El problema sigue estando ahí: qué sigue después del discurso de indignación que le permitió a la izquierda gobernar por primera vez un país que había estado definido por la contienda política entre un bipartidismo moderado. Un país que en el nuevo siglo se había definido por las posiciones a favor y en contra del mandato de Álvaro Uribe, y que entró en un nuevo momento político, cuando el economista y ex guerrillero ganó Bogotá y luego la presidencia de la República, para después desconocer los resultados electorales en su salida del poder.
En el futuro inmediato, es innegable que la prevalencia de la violencia política, con la terrible imagen del asesinato el año pasado del senador Miguel Uribe durante un mitin, aspirante a la presidencia del país por el Centro Democrático, el fantasma de las FARC y otras formaciones guerrilleras aparentemente desmovilizadas, así como la relación siempre tensa y problemática con Estados Unidos, serán determinantes de la gestión de Abelardo de la Espriella, que más allá de los acentos de su gestión, tiene frente a sí la responsabilidad pública de ir más allá de la estridencia discursiva. Petro, el presidente en su laberinto ideológico, probablemente fue consistente consigo mismo, pero olvidó que el país de El Dorado requiere mucho más que un discurso de campaña.
Nadia Urbinati (2020), Yo el pueblo, Cómo el populismo transforma la democracia, México: Grano de Sal.
Ariel Rodríguez Kuri (2021), Historia mínima de las izquierdas en México, México: El COLMEX.
Ugo Pipitone (2015), La esperanza y el delirio, Una historia de la izquierda en América Latina, México: Taurus-CIDE.
*Maestro en Ciencia Política por El Colegio de México.




