Nuevas organizaciones terroristas en México
Apunte diario sobre letras hipnóticas
Las semillas de girasol 🌻 del español en castellano
El vertiginoso trayecto de la eñe
Peligro. Periodista.
Adiós a los caídos
Hay palabras que parecen haber nacido juntas, aunque los diccionarios las coloquen en páginas distintas.
Peligro y periodista.
La primera advierte. La segunda pregunta.
La primera anuncia que algo malo puede ocurrir. La segunda se acerca precisamente al lugar donde ese mal está ocurriendo, ocurrió o amenaza con ocurrir.
Peligro procede del latín periculum.
El Diccionario de la lengua española lo define como el riesgo o contingencia inminente de que suceda algún mal; también como el lugar, el obstáculo o la situación en que aumenta la posibilidad del daño. Y guarda, además, una expresión que parece escrita para ciertos oficios: correr peligro, es decir, estar expuesto a él.
No dice el idioma contemplar el peligro.
No dice leer acerca del peligro.
Dice correrlo.
Correr peligro supone movimiento.
Significa abandonar la zona segura y avanzar hacia un punto donde el daño puede alcanzarnos.
El peligro no siempre busca al hombre: muchas veces es el hombre quien, por deber, por conciencia o por oficio, camina hacia él.
Así ocurre con el soldado que entra donde los demás salen.
Con el policía que acude al sitio del estruendo cuando todos buscan refugio.
Con el bombero que atraviesa una puerta por la que escapan el humo y los gritos.
Con el médico que permanece frente a la enfermedad.
Y así ocurre también, aunque a veces lo olvidemos, con el periodista.
El periodista no lleva fusil ni escudo. Su herramienta suele ser más pequeña: una libreta, una cámara, un micrófono, una grabadora, un teléfono, una pregunta.
Pero hay preguntas que pesan más que las armas.
Hay preguntas capaces de abrir puertas cerradas durante años.
Hay preguntas que obligan al poder a mirarse en un espejo.
Hay preguntas que incomodan al delincuente, al corrupto, al abusador, al mentiroso y también a la sociedad que prefiere no saber.
Por eso el periodismo puede convertirse en una profesión peligrosa.
No porque la verdad sea violenta, sino porque muchas veces desnuda a quienes han construido su dominio sobre el silencio.
La palabra periodista nace de periódico, y periódico habla de aquello que se repite después de cierto tiempo.
De allí surge la periodicidad: el regreso ordenado de algo, su aparición regular, su fidelidad a un ritmo.
Un periódico era, en esencia, aquello que volvía.
Volvía cada mañana.
Volvía cada semana.
Volvía cada mes.
Regresaba con noticias nuevas para una sociedad que despertaba necesitando saber qué había ocurrido mientras dormía.
El periodista es, por tanto, el hombre o la mujer de la periodicidad.
Quien regresa una y otra vez a preguntar. Quien no se conforma con una versión, con un boletín, con una declaración preparada o con el rumor que cruza las plazas.
La Real Academia Española define el periodismo como la actividad profesional que consiste en obtener, tratar, interpretar y difundir informaciones mediante distintos medios.
Cada uno de esos verbos encierra un deber.
Obtener significa buscar.
Tratar significa ordenar y comprender.
Interpretar exige inteligencia, contexto y prudencia.
Difundir supone entregar la información a los demás.
El periodista no trabaja únicamente para saber él. Trabaja para que sepan los otros.
Allí comienza su función pública.
En inglés aparece la palabra journal, procedente del francés y, más atrás, del latín diurnalis: lo cotidiano, lo perteneciente al día.
La voz comparte raíz con dies, día.
El journal fue primero el registro de cada jornada, el libro donde se anotaban las cuentas y los acontecimientos diarios; después llegó a nombrar la publicación que relataba el mundo conforme los días avanzaban.
El inglés puso el acento en el día.
El castellano lo puso en el periodo.
Pero ambas lenguas llegaron al mismo sitio: la necesidad humana de contar regularmente lo ocurrido.
El día pasa.
El periodista lo recoge.
El tiempo borra.
El periodista escribe.
El poder pretende fijar una versión.
El periodista busca otra fuente.
La multitud olvida.
El periódico conserva.
Por ello, un periódico no es solamente un conjunto de hojas, una emisión radiofónica, una pantalla de televisión o un portal digital. Es una forma de memoria.
Y una sociedad sin periodismo es una sociedad condenada a recibir la historia escrita únicamente por quienes mandan, por quienes vencen, por quienes poseen los recursos para imponer su voz.
El periodista rompe ese monopolio.
Pero conviene decirlo claramente: no toda publicación es periodismo, como no todo ruido es música ni toda frase es literatura.
La función periodística posee una obligación ética.
El periodista no debe inventar.
No debe calumniar.
No debe vender su silencio ni alquilar su pluma.
No debe convertir la información en instrumento de venganza.
No debe condenar sin pruebas ni absolver por conveniencia.
No debe confundir la libertad con la irresponsabilidad.
La verdad periodística no consiste en proclamar infalibilidad.
Consiste en buscar honestamente los hechos, contrastarlos, corregir los errores y distinguir con limpieza entre información, interpretación y opinión.
La ética periodística se sostiene sobre valores antiguos y todavía indispensables: exactitud, independencia y responsabilidad.
La UNESCO ha señalado que el periodismo de calidad necesita condiciones que permitan producir información confiable, basada en hechos y puesta al servicio de la ciudadanía.
También lo reconoce como un bien público y como una vigilancia independiente de los asuntos comunes.
Un bien público.
He allí una expresión enorme.
El periodista puede trabajar para una empresa privada, para una radio comunitaria, para un periódico modesto, para una cadena internacional o por cuenta propia. Sin embargo, la materia última de su oficio pertenece a todos: el derecho social a conocer.
Porque la información no es sólo mercancía.
Es orientación.
Es advertencia.
Es memoria.
Es defensa.
Es una lámpara colocada en el borde de un precipicio.
La función del periodista comienza donde aparece una pregunta de interés público. ¿Qué ocurrió? ¿Quién tomó la decisión? ¿Cuánto costó? ¿A quién benefició? ¿Quién resultó dañado? ¿Qué pruebas existen? ¿Qué versión falta por escuchar?
Esas preguntas parecen sencillas. A veces son mortales.
El peligro del periodista no siempre está en una guerra declarada.
Puede encontrarse en una carretera solitaria, en una oficina pública, en una comunidad dominada por el miedo, en una investigación financiera, en una nota sobre desapariciones, en una denuncia ambiental o en una pregunta formulada a quien se consideraba intocable.
El peligro puede comenzar con una llamada.
Con una amenaza anónima.
Con una puerta vigilada.
Con el vehículo que sigue al reportero.
Con una campaña para desacreditarlo.
Con el intento de presentarlo como enemigo por haber formulado una pregunta.
Y, sin embargo, el periodista vuelve.
Esa es su periodicidad más profunda.
No solamente aparece el periódico cada mañana.
También vuelve el periodista a la fuente, vuelve al expediente, vuelve al testigo, vuelve al sitio de los hechos, vuelve sobre la contradicción y vuelve a preguntar aquello que nadie respondió.
El periodismo digno es una obstinación civil.
No exige que el periodista sea santo ni héroe.
Los periodistas son seres humanos: se equivocan, tienen opiniones, temores, simpatías, defectos y pasiones.
Y también pueden decir mentiras, ya sea por una obstinación o bien, por error de información o por error de cálculo, sin embargo el oficio da olfato, desde la cocina hasta la imprenta.
Pero precisamente por ello construyeron reglas éticas para dominar sus prejuicios y colocar el hecho por encima del capricho.
El buen periodista no es quien carece de ideas.
Es quien no falsifica los hechos para acomodarlos a sus ideas.
No es quien jamás se indigna.
Es quien no permite que la indignación suplante a las pruebas.
No es quien escribe sin alma.
Es quien procura que su alma no altere aquello que sus ojos han visto.
El periodismo auténtico no debe servir ciegamente al gobierno ni dedicarse automáticamente a combatirlo.
Ese oficio no es periodismo ni quién ejercicio su ejercicio periodista.
No es vocero permanente ni adversario obligatorio.
Su lealtad superior no corresponde al gobernante, al partido, al anunciante, al empresario ni siquiera a su propia celebridad.
Corresponde a los hechos y a la sociedad, a la ética.
Habrá ocasiones en que una investigación periodística confirme la actuación correcta de una autoridad.
Habrá otras en que revele errores, abusos o delitos. En ambos casos, la tarea es la misma: mirar, preguntar, verificar y contar: actuar con ética y ley, como dice el pueblo bueno y sabio, hablar con ley.
Por eso hoy no corresponde apresurarse a levantar acusaciones políticas sin pruebas.
Una muerte no debe convertirse en proyectil partidista.
Mucho menos cuando todavía faltan respuestas.
La exigencia moral es otra: investigar hasta conocer la verdad, proteger a quienes ejercen la información y comprender que cuando un periodista cae, no pierde solamente una familia, una redacción o un grupo de amigos.
Pierde un poco la sociedad entera.
Porque una cámara se apaga.
Una libreta queda abierta.
Una fuente espera una llamada que ya no llegará.
Una pregunta permanece suspendida en el aire.
Y el silencio, ese antiguo enemigo de la libertad, gana por unos instantes un territorio.
Pero el periodismo posee una extraña manera de vencer a la muerte.
Otro periodista recoge la libreta.
Otra mujer enciende la grabadora.
Otro joven aprende a preguntar.
Otro periódico vuelve a imprimirse.
Otra voz pronuncia el nombre del ausente.
La periodicidad derrota al silencio porque la verdad, aunque sea perseguida, procura regresar.
Nosotros también publicamos diariamente.
Este Apunte diario sobre letras hipnóticas vive de la periodicidad. Acude todos los días a una palabra, la observa, la limpia del polvo, la abre como una semilla y busca dentro de ella alguna enseñanza, generalmente encuentra un sol y gira, por eso es un girasol.
Por esa humilde condición periódica, por nuestra pertenencia a la palabra escrita y por respeto a quienes hacen de la información un servicio, hoy guardamos silencio entre párrafo y párrafo.
No para señalar culpables antes de tiempo.
No para convertir el dolor en propaganda.
No para utilizar una muerte como escalón de ninguna causa.
Sino para honrar la función.
La función ética.
La función moral.
La función civil.
La función peligrosa de acudir allí donde algo debe ser contado.
Soldados, policías, bomberos, médicos, rescatistas y periodistas conocen, cada uno desde su propio deber, una verdad que el resto de nosotros suele olvidar: hay profesiones que no consisten solamente en ganarse la vida.
Consisten, algunas veces, en arriesgarla.
Peligro.
Periodista.
Dos palabras que jamás debieron encontrarse con tanta frecuencia.
Una nombra la proximidad del daño.
La otra nombra a quien, a pesar del daño, se acerca para contarnos lo que sucede.
Hoy las semillas de girasol del español se inclinan.
No ante la violencia.
Ante quienes ejercieron su oficio hasta la última jornada.
Que las preguntas continúen.
Que las imprentas no se detengan.
Que las cámaras vuelvan a encenderse.
Que ninguna amenaza consiga convertir el miedo en costumbre.
Que ningún periodista tenga que morir por una noticia.
Y que cuando caiga uno de aquellos que salieron a buscar la verdad, la sociedad no responda con indiferencia, sino con memoria, justicia y una nueva pregunta.
Porque mientras exista una pregunta libre, el silencio jamás habrá vencido por completo.
Adiós a los periodistas caídos.
Descansen quienes ya concluyeron su jornada.
Su último periódico ha sido publicado.
Pero la verdad, fiel a su antigua periodicidad, volverá mañana.
Con profundo respeto:
Arturo




