Confirman liberación de 5 presos políticos españoles en Venezuela
Hoy sábado 3 de enero, alrededor de las 02:00 horas, tiempo local de Caracas, la capital venezolana amaneció bajo el estruendo: al menos siete explosiones, sobrevuelos de aeronaves y columnas de humo en zonas vinculadas a instalaciones militares.
Testigos situaron los estallidos en distintos puntos de la ciudad, con cortes de energía en sectores cercanos a complejos estratégicos. En las primeras horas, el episodio quedó envuelto en la niebla típica de los golpes quirúrgicos: circularon videos en redes sin verificación independiente plena y versiones contradictorias sobre el alcance real del ataque.
Sin embargo, un dato central comenzó a imponerse con rapidez y a ordenar el relato: la escalada entre Washington y Caracas, puesta en marcha desde hacía meses mediante sanciones, bloqueos y advertencias públicas, había dejado definitivamente el terreno de la retórica para materializarse en el plano operativo.
Lo decisivo no fue únicamente la detonación, sino el momento político. El ataque se produjo cuando el conflicto bilateral ya había abandonado el plano discursivo y entrado en la zona de operaciones, con efectos regionales inmediatos y un mensaje dirigido tanto al poder venezolano como a los gobiernos vecinos. Los reportes más consistentes apuntaron a sitios sensibles: el aeródromo de La Carlota (Base Aérea Generalísimo Francisco de Miranda) y el complejo militar de Fuerte Tiuna, asociados en el imaginario venezolano al núcleo duro del poder.
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