Juego de ojos
El pálido punto azul
El 14 de febrero de 1990, mientras en el Día del Amor en la Tierra unos compraban flores y otros ensayaban promesas que no cumplirían, a seis mil millones de kilómetros de distancia en el espacio un diminuto artefacto de fabricación humana comenzó a girar sobre sí mismo.
La maniobra no fue romántica. Fue técnica. Los científicos dudaron en autorizarla: los rayos solares podían dañar los sensores y nadie quería ser responsable de una costosísima imprudencia sentimental. Pero un profeta cosmológico llamado Carl Sagan insistió. Sostuvo la mirada de los administradores y ejerció esa forma de persuasión que en las sagas galácticas llamarían La Fuerza. No gritó. Fue algo parecido a La Voz de las Bene Gesserit de Dune: habló en el tono exacto para que la objeción técnica cediera ante una razón más alta.
Antes de apagar sus cámaras para siempre, la sonda espacial Voyager 1 debía girar y enfocarlas a la tierra. Mirar hacia atrás, pues. No por ciencia dura, sino por conciencia, para tomar una “fotografía de familia” del hogar de la especie que la había enviado al éter. La nave obedeció y su cámara tricromática, a punto de agotar su batería, capturó las imágenes.
En una de las estampas que llegaron a la Tierra seis horas después, los astrónomos de la NASA detectaron un punto suspendido en un rayo de luz, algo que no había sido programado en las instrucciones a Voyager 1. Un píxel casi imperceptible: ¡era la Tierra! La toma fue bautizada “El pálido punto azul”.
Sagan quería una imagen que obligara a la especie a verse desde afuera, despojada de banderas y de arrogancias. Quería una prueba visual de nuestra fragilidad común. Años después escribió que en ese punto estaban todos los reyes y campesinos, todos los santos y pecadores, todos los amantes y todos los odiadores de la historia humana. Igual estaban todos los políticos que no ven más allá del ombligo de sus intereses y los tiranos que se creen el centro del universo y los generosos que extienden la mano y los díscolos que dan la espalda.
Ahí estaban las fronteras que creemos eternas, los agravios que heredamos con disciplina, los himnos que cantamos con solemnidad, las declaraciones de derechos que violamos con eficacia. Todo comprimido en una brizna suspendida en un rayo de luz solar dispersado por la propia cámara.
De ese momento fantástico han pasado treinta y cinco años. Pero en el más reciente Día del Amor, el sábado pasado, nadie lo recordó. No hubo ceremonias, ni conferencias magistrales, ni un minuto de silencio planetario. El aniversario pasó desapercibido mientras que en esta mota de polvo interestelar atrapada en un sistema deslucido en la esquina más anodina de la Vía Láctea, una especie milagrosa siguió ocupada con afán talmúdico en su propia aniquilación: guerras reales, guerras comerciales, hambrunas evitables, nuevas y viejas cruzadas morales, aranceles convertidos en dogmas, líderes arrogantes ciegos ante “los otros” y empeñados en demostrar que el precipicio realmente no está más adelante.
Voyager 1 fue lanzada el 5 de septiembre de 1977. Visitó Júpiter y Saturno y le aceleró una alineación planetaria que no se repetirá en siglos. Hoy se encuentra a un día-luz de nuestro planeta, 25 mil millones de kilómetros. El primer artefacto humano que abandona el sistema solar. Quizá en algunos millones de años seres de otra galaxia se hagan cruces para explicar qué fin tuvo la civilización que lo fabricó. Quizá su confusión sea mayor cuando encuentren el disco a bordo, una suerte de LP de cobre recubierto con oro, una aguja fonográfica para reproducirlo y un microcartucho de uranio-238 para datar su antigüedad al medir su desintegración radiactiva.
El disco es una botella lanzada al océano galáctico: contiene 115 imágenes de nuestro planeta y de las especies que lo habitan (ahora), en formato analógico e instrucciones grabadas para reconstruirlas como señales de video. Esos improbables seres podrán escuchar saludos en decenas de lenguas, el rumor del viento, el llanto de un recién nacido, el canto de las ballenas, Bach, Beethoven, Stravinski, Chuck Berry, imágenes de nuestra anatomía, de nuestros paisajes, de nuestros afectos. El mensaje es: “Estuvimos aquí”.
Y en el catálogo de la musicalidad humana, un aire de un lugar llamado México: “El Cascabel”, huapango en voz de Lorenzo Barcelata acompañado por un mariachi. Ni más ni menos.
Voyager 1 no va hacia ninguna estrella ni tiene una cita cósmica. Cuando hacia el final de esta década se agote su combustible atómico, quedará muda y seguirá orbitando por la Vía Láctea durante millones de años, en espera de que sea encontrada por alguna inteligencia.
Las cámaras de Voyager que fotografiaron el “pálido punto azul” hoy siguen apagadas. Eran tecnología de otra época: tubos monocromáticos que permitían capturar distintas bandas del espectro. Era la única manera para descomponer la luz y recomponerla después mediante síntesis tricromática, principio desarrollado en México por Guillermo González Camarena décadas antes del Voyager 1 cuando inventó la televisión a colores. Es una tecnología que pertenece a la misma genealogía, aplicada en escenarios distintos. No sabemos si hubo transferencia directa, pero sí hay un parentesco conceptual, un mismo fundamento a distinta escala. De un estudio de televisión al borde del espacio interestelar. De la transmisión doméstica al retrato planetario.
Como Sagan, que comprendió que una imagen podía ser una lección moral, González Camarena entendió que la luz era información y que podía domesticarla. Como Kepler en su tiempo, ambos subieron a hombros de gigantes y desde ahí vieron más lejos, más allá de su circunstancia inmediata. Uno quiso que la humanidad se viera pequeña. El otro demostró que desde aquí también se podía pensar en grande.
Y hay otro momento que igual olvidamos. Tres días después del aniversario cósmico que nadie celebró, el 17 de febrero, se cumplieron 108 años del natalicio de González Camarena. Tampoco hubo festejos, ni siquiera en su alma mater. Solo silencio administrativo, quizá amnesia protocolaria.
Olvidamos el punto azul que nos enseñó proporción. Olvidamos al ingeniero que demostró que la inteligencia mexicana podía hablar el idioma universal de la luz. Olvidamos, quizá, que la ciencia no tiene patria, pero sí raíces profundas.
El punto azul pálido está hoy archivado en servidores y en algunas memorias. No exige grandeza épica, pero tampoco merece ser condenado a la falsa modestia. Somos diminutos, sí. Pero fuimos capaces de enviar una nave más allá de la burbuja solar y de descomponer la luz para reconstruir el mundo en color.
Tal vez ahí haya una chispa de esperanza mexicana, no en el nacionalismo de cartón, sino en la continuidad intelectual, científica y tecnológica que hoy rechazan muchos de nuestros vastos dirigentes. Voyager 1 nos recuerda que participamos de la misma tradición que hizo posible mirar a la Tierra desde casi 6 mil millones de kilómetros y que somos herederos del espíritu de Francisco Díaz Covarrubias, quien en 1874 viajó a Japón para registrar el paso de Venus sobre el disco solar cuando México estaba al borde del colapso social y económico, porque ese, y no otro, era su deber como hombre de ciencia mexicano.
No estamos condenados a ser solo el punto, sino también quienes lo observan. Conviene no olvidarlo.


