Juego de ojos
Estrellas que fulguran
Hay sentencias que no envejecen porque se acuñaron no para complacer, sino para describir. El gran periodista Edgar Snow, fallecido hace 52 años este mes, escribió una en tiempos en que era peligroso decir ciertas ideas en voz alta: “Las revoluciones no son causadas por los revolucionarios ni por su propaganda. Las revoluciones son causadas por condiciones intolerables bajo gobiernos malos, incompetentes y corruptos”. No fue consigna, sino constatación. Y por eso no deja de incomodar a las clases políticas de todos los signos.
Estrella roja sobre China es el libro que Snow publicó en 1937. Fue denunciado como “panfleto disfrazado de reportaje” por los catecúmenos de Joe MacCarthy. Lo sufrieron como algo perturbador y provocador: periodismo hecho en el lugar equivocado, en el momento equivocado y con la gente equivocada. Pero Snow no escribió sobre China para justificar una revolución. Viajó y vivió en el Oriente para entender por qué un país estaba al límite y por qué tantos estaban dispuestos a jugarse la vida para cambiarlo.
Recordamos el episodio porque la caricatura fue eficaz. Durante la Guerra Fría, Snow fue tachado de “títere comunista”, “idiota útil” y “glorificador del totalitarismo”. En su tiempo, como hoy, el poder hizo lo que siempre hace con quien se niega a rezar el evangelio oficial: desacreditarlo. Pero Snow no fue un converso ni un propagandista. Fue un reportero que llegó a Asia y se quedó porque entendió que ahí estaba ocurriendo algo que el lenguaje diplomático no alcanzaba a explicar. La relectura de ese libro aporta elementos sobre el carácter histórico y político de China que nos permitirían calibrar mejor y entender con mayor matiz el enfrentamiento actual con Estados Unidos, que hoy tiene al mundo en vilo.
Snow entró donde no se podía entrar. Fue el primer periodista yanqui a quien el Ejército Rojo permitió reportear en sus filas. Habló con quienes no tenían voz. Caminó con campesinos y soldados que no discutían teorías sino comida, alfabetización y dignidad. Vio miserias extremas bajo el Kuomintang y, entre los rojo, una disciplina nueva, áspera, igualitaria, que prometía algo elemental: que nadie hiciera negocio con la miseria ajena. Se hizo amigo de Mao Zedong y de Zhou Enlai, pero se negó a que los dirigentes revisaran el manuscrito del libro que escribía.
Estrella roja sobre China fue traducido al chino y publicado en marzo de 1938 por un grupo clandestino en Shanghái con el título de Xixing Manji. Se hizo inmensamente popular. Inspiró a millares de jóvenes a unirse al Ejército Rojo pero no por eso fue propaganda. Fue un libro honesto en un mundo construido sobre mentiras. El entusiasmo no nació del estilo de Snow, sino de la visión de un orden social distinto en un país devastado.
Hay libros que no registran un momento, sino que explican un quiebre histórico. A esa estirpe pertenece la obra de Snow. Es la misma a la que John Hersey llevó Hiroshima. Cuando Hersey entregó su texto a The New Yorker en 1946, los editores comprendieron que no era un reportaje más. Pensaban publicarlo por entregas y tomaron una decisión insólita: dedicarle todo el número, 30 mil palabras sin secciones. No fue una apuesta editorial, sino el reconocimiento de que ese periodismo no podía fragmentarse sin perder su sentido. Snow hizo algo semejante una década antes: no narró un episodio chino, sino que ofreció al mundo una clave para entender por qué una revolución había dejado de ser evitable. En ambos casos, el periodismo dejó de acompañar la historia y pasó a intervenir en ella.
Esa misma tradición se revela en Diez días que conmovieron al mundo, de John Reed, el periodista que narró la Revolución rusa desde una militancia abierta. Lenin la consideró tan precisa que la prologó. Antes, Reed había hecho algo semejante en los artículos que después leímos como México insurgente, donde contó la Revolución mexicana desde una cercanía militante con la causa villista. No creo caer en una exageración si, por su mirada crítica del poder y su distancia frente a la épica, incluyo en esta tradición La sombra del caudillo.
La comparación es reveladora no por afinidad sino por contraste. Reed escribió como testigo comprometido con la causa que observaba y celebraba; Snow, en cambio, se cuidó de no confundirse con aquello que narraba. Donde Reed creyó, Snow preguntó. Donde uno se dejó arrastrar por la épica del acontecimiento, el otro se empeñó en explicar por qué había dejado de ser evitable. Esa distancia no lo vuelve menos influyente; lo vuelve más incómodo. Por eso Estrella roja sobre China sigue siendo periodismo antes que documento partidario.
Muchos juzgaron a Snow por lo que vino después: el culto al Gran Timonel, el Gran Salto Adelante, las hambrunas, la “Revolución Cultural”… pero el periodismo no es futurismo. Snow escribió sobre lo que vio con una cautela semejante a la de Heródoto en las Historias. Señaló límites y dejó constancia de lo que no podía comprobar.
En Estados Unidos pagó el precio: lo vigiló el FBI, se le cerraron puertas, sus conferencias fueron boicoteadas y su nombre quedó en la interminable relación de listas negras que hoy MAGA ha revivido. El país que se proclamaba campeón de la libertad de prensa no toleró que alguien explicara una revolución sin condenarla primero. Snow lo dijo con una lucidez amarga: una sociedad que obliga a pensar en clave lemming termina pareciéndose a aquello que dice combatir. Por eso acabó en el exilio. Por eso su nombre fue borrado con cuidado. Y por eso sigue siendo necesario.
Hay un episodio que resume mejor que ningún otro la estatura de Snow … y la mezquindad del poder. A finales de los sesenta, Mao le confió la invitación para que Nixon visitara China. No fue por un canal diplomático ni vía una oficina secreta, sino la petición explícita de un amigo a otro: “Recibiremos a Nixon como presidente o como ciudadano privado”. Snow transmitió el mensaje. Nada más. Nada menos.
Henry Kissinger, que ya tenía la mira puesta en ese encuentro y el ego listo para apropiárselo, se lanzó de inmediato a sus negociaciones secretas y con su acostumbrada eficacia borró al testigo incómodo. Snow quedó fuera del relato oficial. No recibió el mínimo crédito. Murió de cáncer en la misma semana en que Nixon viajaba Pekín para brillar como estadista. Así se escribe la historia cuando la pluma la sostienen los burócratas: el periodista abre la puerta y el “estratega” se queda con la fotografía.
Snow fue un liberal que creyó en la reforma hasta que la realidad le demostró que no siempre llega a tiempo. No celebró la violencia, pero entendió su origen. No santificó a los revolucionarios, pero se negó a demonizarlos por sistema. Esa posición intermedia, incómoda, es la que hoy casi nadie quiere ocupar. Preferimos la consigna, el juicio inmediato, el tuit inflamado. Snow apostó por algo más difícil: mirar de cerca y escribir lo que veía, aunque nadie quedara satisfecho.
Su estrella aún brilla porque no fue la de un ideólogo, sino la de un testigo. Porque recordó algo que conviene repetir cuando vuelve a ser peligroso decirlo: las revoluciones no empiezan en los libros ni en los discursos, sino cuando gobernar se vuelve una forma organizada de humillar.
Hay también una geografía póstuma que dice tanto como los libros. John Reed yace en la muralla del Kremlin, incorporado al panteón de una revolución que abrazó sin reservas, pero olvidado en el México heredero de otro gran movimiento social. Edgar Snow tiene una placa en la Universidad de Pekín, reconocimiento tardío pero elocuente de un país que entendió que alguien había sabido mirarlo sin consignas. John Hersey, en cambio, descansa en el West Chop Cemetery de Martha’s Vineyard, lejos de monumentos y capitales, en una colina tranquila frente al Atlántico. Ningún poder lo reclama. Quizá porque Hiroshima no necesitó banderas ni avales: bastó con decir lo que había ocurrido para cambiar para siempre la manera en que el mundo entendió la guerra.
Tres periodistas, tres revoluciones narradas, tres tumbas distintas. Y una misma certeza: el periodismo que importa no busca un lugar en la historia; la historia termina por señalarle uno.
Snow, Reed y Hersey: estrellas incandescentes del periodismo.


