Picotazo Político: MORENA
Guadalajara tiene sed… y nos siguen dando atole con el dedo
Es verdaderamente increíble que, en pleno 2026, Guadalajara, una de las ciudades más importantes de México, siga enfrentando problemas de abastecimiento y calidad del agua. Estamos hablando de una necesidad básica, de algo tan elemental como abrir la llave de nuestra casa y recibir agua limpia y segura.
Guadalajara es una ciudad que presume de modernidad, innovación, inversiones internacionales y crecimiento económico. Un referente tecnológico e industrial que atrae empresas de clase mundial y compite con grandes ciudades del mundo. Sin embargo, detrás de esa imagen de progreso existe una realidad que no podemos seguir ignorando.
¿De qué sirve presumir que somos una ciudad de clase mundial si todavía tenemos problemas para garantizar algo tan básico como el agua?
Lo más frustrante es que no estamos frente a un problema nuevo. Llevamos décadas escuchando las mismas explicaciones, promesas y proyectos. Cambian las administraciones, los funcionarios y los partidos políticos, pero los problemas persisten. Pareciera que hemos aprendido a administrar las crisis en lugar de resolverlas.
Y hay algo que resulta particularmente absurdo. Con toda el agua que cae en Guadalajara durante la temporada de lluvias, ¿cómo es posible que sigamos teniendo esta misma conversación año tras año? Vemos calles inundadas, avenidas convertidas en ríos y enormes cantidades de agua que no logramos aprovechar adecuadamente. Después llegan los problemas de abastecimiento y volvemos a escuchar que no tenemos suficiente agua.
Entiendo perfectamente que no toda el agua de lluvia puede captarse o utilizarse directamente para consumo humano. Se requieren sistemas de almacenamiento, tratamiento y distribución. Pero precisamente para eso existen la ingeniería, la tecnología y la planeación urbana. No estamos hablando de inventar algo que no existe, sino de invertir inteligentemente en soluciones que otros lugares del mundo ya han desarrollado.
Israel, por ejemplo, ha logrado avances extraordinarios en desalinización, tratamiento y reutilización del agua. Singapur, con recursos naturales limitados, ha construido un sistema de gestión hídrica reconocido internacionalmente. Son lugares que enfrentan desafíos enormes y que han demostrado lo que puede lograrse con inversiones sostenidas y una visión de largo plazo.
Entonces, ¿qué nos está faltando en Guadalajara?
A mi juicio, uno de los problemas más graves no es solamente la infraestructura. Es la falta de continuidad en las políticas públicas y, sobre todo, la ausencia de una verdadera cultura de rendición de cuentas.
Hemos llegado al absurdo de vivir en un sistema donde nadie tiene la culpa y, al mismo tiempo, todos tienen la culpa.
Los funcionarios que llegan aseguran que heredaron el problema. Los que se fueron dicen que hicieron todo lo posible. Las dependencias se pasan la responsabilidad unas a otras y, al final, nadie parece asumir las consecuencias de las decisiones que no dieron resultados.
Mientras tanto, los ciudadanos siguen pagando sus recibos, enfrentando interrupciones en el servicio y preocupándose por la calidad del agua que llega a sus hogares.
¿Quién responde por las obras que no funcionaron? ¿Quién explica dónde quedaron las inversiones realizadas durante décadas? ¿Quién asume la responsabilidad cuando las promesas no se cumplen?
No estoy sugiriendo que todos los funcionarios sean culpables ni que todos los proyectos hayan fracasado. Lo que cuestiono es que, después de tantos años, los ciudadanos sigan sin contar con respuestas suficientemente claras, resultados verificables y responsabilidades bien definidas.
Porque cuando la responsabilidad se diluye entre tantas instituciones, la falta de resultados termina sin consecuencias visibles. Y eso es precisamente lo que debemos cambiar.
Como migrante de Guadalajara, confieso que me da coraje, tristeza y una profunda indignación seguir leyendo lo que está pasando en mi ciudad.
Aunque llevo muchos años viviendo fuera de México, Guadalajara sigue siendo mi casa. Ahí están mis raíces, mi historia y una parte fundamental de quien soy. Y quizá por vivir fuera, por haber tenido la oportunidad de conocer otras ciudades y observar cómo enfrentan sus desafíos, me resulta todavía más difícil aceptar que sigamos atrapados en los mismos problemas.
Me duele ver que una ciudad con tanto talento, tantas universidades, tantos empresarios y una enorme capacidad de innovación no haya logrado construir una solución sostenible a un problema tan fundamental.
Y precisamente porque quiero a Guadalajara, creo que tenemos que dejar de normalizar lo inaceptable.
El problema del agua no es exclusivamente un asunto de infraestructura. Es también un problema de salud pública, desarrollo económico, competitividad y dignidad humana. Ninguna ciudad puede aspirar a un crecimiento sostenible si sus habitantes no tienen certeza sobre uno de los servicios más esenciales para la vida.
Tampoco podemos seguir tratando este asunto como una discusión partidista. La responsabilidad trasciende colores políticos y periodos de gobierno. Lo que Guadalajara necesita es una estrategia metropolitana seria, técnicamente sustentada, con inversiones transparentes, objetivos medibles y continuidad institucional.
Pero, sobre todo, necesita rendición de cuentas.
Los ciudadanos tienen derecho a saber cuánto dinero se ha invertido durante los últimos veinte años, qué obras se han terminado, cuáles siguen pendientes, cuánta agua se pierde por fugas y qué resultados concretos se han obtenido para mejorar la calidad y continuidad del servicio.
No basta con anunciar presupuestos millonarios. El éxito de una política pública no se mide por cuánto dinero se anuncia, sino por los resultados que recibe la ciudadanía.
Estoy convencido de que Guadalajara tiene la capacidad humana, técnica y económica para enfrentar este desafío. Contamos con universidades de prestigio, ingenieros, investigadores, empresarios y profesionales que podrían contribuir a una solución integral. Lo que necesitamos es voluntad para reunir esas capacidades alrededor de un proyecto de largo plazo, con objetivos claros y mecanismos independientes de evaluación.
Porque una ciudad moderna no se define solamente por sus edificios, sus inversiones o sus parques industriales. Se define también por la calidad de vida que ofrece a sus habitantes y por la capacidad de sus instituciones para responder a sus necesidades.
Y aquí es donde debemos hacernos una pregunta incómoda: ¿cuántas administraciones más tendrán que pasar antes de que dejemos de discutir las causas y comencemos a exigir resultados?
No podemos seguir aceptando que cada gobierno llegue a explicarnos por qué el anterior no resolvió el problema. La ciudadanía no tiene por qué cargar indefinidamente con las consecuencias de la falta de continuidad, las decisiones equivocadas o las inversiones que no produjeron los beneficios esperados.
Guadalajara no necesita que le expliquen una vez más por qué no se puede. Necesita que alguien demuestre cómo sí se puede.
Y quiero terminar con una reflexión muy personal.
Desde la distancia, sigo sintiendo un enorme orgullo por Guadalajara. Me emociona verla crecer, atraer inversiones y consolidarse como uno de los grandes motores económicos de México. Pero ese orgullo también me obliga a levantar la voz cuando veo que algo no está funcionando.
Porque querer a nuestra ciudad no significa aplaudirlo todo. Significa también cuestionar, exigir y negarnos a aceptar que los problemas de siempre se conviertan en parte de nuestra identidad.
Después de tantas décadas, el verdadero escándalo no es solamente que sigamos enfrentando problemas con el agua. Es que todavía tengamos que preguntarnos quién es responsable de resolverlos.
Y a quienes han gobernado y gobiernan nuestra ciudad les hago una pregunta:
Si en pleno 2026 todavía no pueden garantizar un servicio de agua limpia y confiable para los tapatíos, ¿con qué cara nos hablan de progreso, modernidad y una ciudad de clase mundial?
Ya basta de explicaciones que no se traducen en resultados. Ya basta de repartir responsabilidades sin que nadie rinda cuentas.
Ya basta de darnos atole con el dedo.
Guadalajara merece mucho más que promesas. Merece soluciones, transparencia y autoridades que respondan por sus decisiones.
Porque los tapatíos no están pidiendo un favor. Están exigiendo lo que les corresponde.
Y eso, en pleno 2026, no debería ser motivo de discusión.




