Juego de ojos
La reciente votación en el Senado de la República sobre la reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum nos obliga, como militantes de Morena y como parte del proyecto de transformación nacional, a hacer algo que no siempre es cómodo, pero sí indispensable: ejercer la autocrítica.
Sí, es cierto: se alcanzó la mayoría calificada y se aprobó un dictamen. Pero también es cierto —y sería un error negarlo— que la reforma que finalmente vio la luz no es la que originalmente se planteó. El núcleo político de la iniciativa fue desdibujado en el proceso legislativo, y lo aprobado terminó siendo una versión acotada, administrativa, lejos de la ambición transformadora que le dio origen.
Reconocer esto no debilita al movimiento; por el contrario, lo fortalece.
El primer punto que debemos asumir con claridad es que la transformación no puede depender exclusivamente de mayorías numéricas. Durante años, el avance del proyecto de la Cuarta Transformación se sostuvo en una combinación de legitimidad social y disciplina legislativa. Hoy, ese equilibrio ha cambiado. La coalición que nos llevó al poder sigue existiendo, pero ha entrado en una fase distinta: más plural, más deliberativa, pero también más compleja.
La decisión de aliados como el Partido del Trabajo de no acompañar aspectos centrales de la reforma —particularmente la propuesta de incorporar la revocación de mandato en 2027— no debe leerse únicamente como un acto de ruptura, sino como una señal de que dentro del propio movimiento existen matices, preocupaciones y límites que no pueden ser ignorados.
Ahí radica una primera autocrítica: quizá dimos por sentado un nivel de consenso que ya no existe en los mismos términos.
También debemos preguntarnos si supimos comunicar con claridad el sentido profundo de la reforma. En política, no basta con tener la razón en el diseño técnico o en la intención transformadora; es necesario construir acuerdos, generar confianza y disipar temores. Cuando una propuesta es percibida —justa o injustamente— como riesgosa para el equilibrio político, su viabilidad se reduce, incluso entre aliados.
Esto nos lleva a un segundo punto de reflexión: la política no es solo convicción, es también construcción.
La eliminación del componente más relevante de la iniciativa, la revocación de mandato en 2027, marca un límite claro. Era, sin duda, el elemento más audaz y el que concentraba mayor carga política. Su rechazo nos obliga a revisar no solo la estrategia legislativa, sino la oportunidad y el momento en que se planteó.
No se trata de renunciar a los principios, sino de entender los tiempos.
Por otro lado, lo ocurrido en el Senado también confirma que las instituciones del Estado mexicano siguen operando como espacios de deliberación real. El Senado no fue una oficialía de partes, sino un órgano donde se negoció, se discutió y se modificó sustancialmente una iniciativa del Ejecutivo. Esto, lejos de ser un retroceso, es una señal de vitalidad democrática.
Como militantes de Morena, debemos ser capaces de reconocerlo sin ambigüedades.
Ahora bien, la autocrítica no puede quedarse en el diagnóstico. Debe traducirse en acción. El escenario que se abre es claro: ya no estamos en la etapa de las grandes reformas impulsadas por mayorías alineadas, sino en una fase donde cada cambio requerirá mayor diálogo, mayor construcción política y, sobre todo, mayor sensibilidad frente a las preocupaciones de otros actores, incluidos los que forman parte de nuestra propia coalición.
Esto implica un ajuste en la forma de gobernar. No es una claudicación, es una evolución.
La transformación no se detiene porque una reforma no avance en sus términos originales. Pero sí nos obliga a repensar cómo avanzar. Quizá el camino no sea ya el de las grandes reformas estructurales en un solo movimiento, sino el de cambios graduales, consistentes y políticamente sostenibles.
Finalmente, hay una lección de fondo que no debemos eludir: el poder no es absoluto, ni siquiera cuando se cuenta con legitimidad democrática. El poder, en una democracia, siempre está mediado por equilibrios, por acuerdos y por límites.
Asumirlo no es una derrota; es una condición para gobernar mejor.
Lo ocurrido con la reforma electoral deja una enseñanza valiosa para Morena y para el proyecto que representamos: la transformación no solo se construye con mayoría, sino con inteligencia política, autocrítica y capacidad de escuchar.
Si somos capaces de entenderlo, lo que hoy parece un tropiezo puede convertirse en un punto de inflexión. Si no, corremos el riesgo de confundir victorias formales con avances reales.
Y en política, esa confusión suele pagarse caro.
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🗳️ #Política | La aprobación del “plan B” en el Senado dejó una lección para Morena: hubo mayoría, pero también recortes a la reforma original. La autocrítica y el diálogo serán clave en esta nueva etapa política. ⚖️👇@EmilioUlloa pic.twitter.com/5cqN6f3ebV
— Quadratín Michoacán (@Quadratin_) March 30, 2026




