Visión financiera
Ni poder subordinado ni poder de poderes
La reforma judicial abrió uno de los debates constitucionales más importantes de la historia contemporánea de México. Más allá de las pasiones políticas que inevitablemente despierta, existe una pregunta de fondo que ninguna democracia madura puede eludir: ¿quién controla al órgano encargado de controlar a los demás poderes del Estado?
La respuesta no puede ser la impunidad institucional. En una república constitucional todos los poderes públicos, sin excepción, deben estar sometidos al principio de legalidad, a la rendición de cuentas y al escrutinio ciudadano. El Poder Judicial no puede convertirse en la única institución inmune al debate democrático bajo el argumento de la independencia judicial. Independencia no significa ausencia de controles; significa libertad para juzgar conforme a la Constitución y la ley, no para actuar al margen de ellas.
Durante años, amplios sectores de la sociedad observaron con preocupación cómo el Poder Judicial fue acumulando atribuciones que, desde una perspectiva crítica, rebasaban su función constitucional. La Suprema Corte no sólo resolvía controversias jurídicas; en ocasiones sus resoluciones fueron percibidas como decisiones con un profundo contenido de política pública, sustituyendo el margen de configuración democrática que corresponde al Congreso de la Unión y al Poder Ejecutivo.
La Constitución mexicana diseñó un sistema de pesos y contrapesos, no un modelo en el que uno de los poderes pudiera convertirse en árbitro absoluto del rumbo político de la nación. La función jurisdiccional consiste en interpretar y aplicar el derecho, no en reemplazar la voluntad democrática expresada a través de los órganos representativos elegidos por la ciudadanía.
Cuando un tribunal deja de actuar como garante de la Constitución para asumir funciones cercanas a las de un colegislador o de un diseñador de políticas públicas, el equilibrio republicano comienza a resentirse. La democracia constitucional no puede transformarse en una juristocracia.
De igual manera, resulta indispensable fortalecer la transparencia y la rendición de cuentas en la administración del Poder Judicial. El manejo de los recursos públicos de cualquier poder del Estado debe sujetarse a los más altos estándares de publicidad, fiscalización y eficiencia.
La autonomía presupuestaria no puede interpretarse como una autorización para administrar recursos sin controles democráticos. Cada peso del presupuesto judicial proviene del esfuerzo de millones de contribuyentes y debe administrarse con austeridad, transparencia y responsabilidad.
México necesita un Poder Judicial fuerte, pero también responsable; independiente, pero igualmente transparente; autónomo, pero plenamente sujeto al orden constitucional.
La división de poderes debe recuperar su sentido original. El Poder Legislativo legisla; el Poder Ejecutivo gobierna; el Poder Judicial resuelve controversias conforme a la Constitución y las leyes. Cuando alguno invade las competencias del otro, el equilibrio republicano se debilita.
La auténtica democracia no consiste en sustituir la voluntad popular por la voluntad de los jueces. Su esencia reside en un sistema de división de poderes en el que cada órgano ejerce plenamente sus atribuciones y reconoce los límites de su competencia constitucional.
El desafío del México contemporáneo no consiste en debilitar al Poder Judicial, sino en consolidarlo como un auténtico poder republicano: independiente para impartir justicia, transparente en el ejercicio de sus recursos, responsable frente a la sociedad y respetuoso del equilibrio constitucional. Sólo así podremos evitar que cualquier poder termine convirtiéndose en el poder de los poderes.
@EmilioUlloa X
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