La protección del poder público y la ética de la congruencia
Hace unos días circularon unas declaraciones del actor Timothée Chalamet que provocaron una pequeña discusión en el mundo cultural. En una entrevista comentó que hoy en día “a nadie le interesa el ballet ni la ópera”. No lo dijo necesariamente con desprecio; quizá lo dijo con la impresión que produce un mundo dominado por pantallas, plataformas y algoritmos.
Sin embargo, frases como esa siempre me dejan pensando.
Porque si uno mira con prisa el panorama cultural contemporáneo, podría llegar a conclusiones parecidas. ¿Quién se sienta hoy a escuchar una ópera completa cuando todo cabe en un video corto?, ¿Quién asistiría a un ballet cuando el entretenimiento se consume en fragmentos en redes sociales? ¿Para qué aprender pintura cuando una inteligencia artificial puede producir imágenes en segundos?
Pero la realidad cotidiana suele contradecir esas percepciones.
Lo descubro con frecuencia en un pequeño espacio que conozco bien: el Taller de Pintura para niños que nació en mi pueblo, Contepec, Michoacán. Ese taller surgió del esfuerzo compartido entre mi madre Yvonne, también pintora, y yo, con la idea sencilla de acercar a los niños al mundo del color. No empezó como una academia formal, sino como una extensión natural de nuestra propia vida entre pinceles y papeles. Poco a poco fueron llegando los niños del pueblo, curiosos por aprender a pintar. Y resulta revelador que muchos de ellos, aun perteneciendo a una generación rodeada de computadoras, sigan buscando algo tan antiguo y tan humano como un pincel y una hoja en blanco donde imaginar su propio mundo.
La ciencia, por cierto, ha confirmado lo que los artistas intuimos desde hace siglos. Diversos estudios impulsados por organismos como la UNESCO han señalado que el contacto con las artes fortalece la creatividad, la capacidad de concentración y la empatía en niños y jóvenes. Investigaciones educativas desarrolladas en universidades como Harvard, a través de programas como Project Zero, han mostrado además que la enseñanza artística favorece el pensamiento crítico, la observación y la reflexión.
Quizá por eso el arte persiste incluso cuando parece estar fuera de moda.
Los teatros siguen levantando el telón. Las academias de danza siguen recibiendo nuevos alumnos. En algunos lugares todavía se escuchan arias de ópera resonando entre viejos muros. Y en salones como el de nuestro taller en Contepec, los niños siguen intentando pintar el mundo con sus propias manos.
Tal vez alguien pueda pensar que el ballet, la ópera o la pintura pertenecen a otra época. Pero basta observar a un niño que descubre por primera vez el poder de un pincel para entender que el arte sigue respirando entre nosotros. En esos pequeños talleres, en los teatros, en las salas de concierto o en un estudio de danza, las artes continúan sembrando algo que no siempre se puede medir con cifras: sensibilidad, imaginación y una forma más profunda de habitar el mundo.
Quizá por eso, quienes se acercan a la pintura, a la música, al ballet o a la ópera terminan encontrando algo más que una disciplina artística. Encuentran una manera de ver el mundo y su propia vida.
Lo siento, señor Chalamet, pero creo que, en esta ocasión ni su sonrisa de millón de dólares, ni sus dotes histriónicas, ni siquiera un posible Óscar podrán salvarlo de un hecho muy simple: el arte sigue vivo… y por fortuna todavía hay muchos niños dispuestos a demostrarlo.




