Difemismos diplomáticos
La mayoría de nosotros conocemos los eufemismos y cómo se utilizan. Se trata de aquellas palabras o expresiones con las que pretendemos suavizar o diluir el sentido de alguna idea que, si la expresamos directamente, podría recibirse como dura o agresiva. Hasta ahí pareciera que el eufemismo es apenas una gentileza para no agriar conversaciones o una prudencia discursiva para no enemistar, especialmente en ámbitos diplomáticos, aunque tiene sus rasgos perniciosos y negativos. Sin embargo, hoy crece también su fenómeno opuesto: el difemismo.
El difemismo es un ‘contraeufemismo’ o un ‘antieufemismo’ que no es sino una expresión deliberadamente despectiva y cruda –incluso vulgar– que se utiliza para hacer que algo suene mucho peor de lo que realmente es. La elección deliberada por difemismos cunde especialmente en los medios de comunicación, en la voz de políticos, analistas y opinólogos que sistemáticamente dramatizan y monstrifican los hechos y acontecimientos, quizá para ganar adeptos o provocar reacciones primarias en las audiencias.
A veces el eufemismo, como estrategia de comunicación, recurre a formas sinuosas y creativas para eludir la censura (como la “desvivición” que se usa hoy en las redes sociales para evitar los algoritmos que invisibilizan o castigan contenidos que incluyan palabras relacionadas con la muerte, el suicidio y el homicidio); pero principalmente es utilizado para enmascarar la realidad (como llamar “reducción de personal” al despido de trabajadores o “crecimiento negativo” a la crisis económica). Por ello, la política la utiliza frecuentemente para sus objetivos de convencimiento y control de sus simpatizantes o, mejor dicho, de sus partidarios. Pero el enmascaramiento constante de la realidad, harta a los ciudadanos y los llena de frustraciones.
Es así que, muy especialmente después del 2016, la competencia por la comunicación política y la propaganda ideológica se decantó por la estrategia del difemismo. Luego de que esta fórmula narrativa populista, plagada de simbolismos xenófobos, transfiguraciones de la verdad y ataques directos hacia los sistemas políticos establecidos, alcanzara el triunfo electoral y lograra eludir las repercusiones legales respecto a la infamia o la agresividad gratuita vertidas, la política comenzó a llenarse de lo que se ha definido ya como “la diplomacia de la fuerza”.
Así, la agresividad de los discursos y las decisiones despiadadas desde las estructuras representativas no solo han recobrado legitimidad en el espacio público, sino que se normaliza la idea de que aquel que detente el poder tiene también pleno derecho, potestad e inmunidad de agredir física o verbalmente al individuo o grupo de su animadversión sin ningún tipo de consecuencia evidente. Y esta actitud favorece que acciones ilícitas o inmorales queden aparentemente ‘justificadas’ debido a la estrategia discursiva. Por ejemplo, los actos inhumanos contra migrantes parecen menos ofensivos si se les categoriza como “personas ilegales” (o ‘bad hombres’); las guerras xenófobas se justifican desde la bestialización de pueblos enteros (Israel llama ‘amalecistas hitlerianos’ a los palestinos para justificar su exterminio mediante la ley divina y la memoria histórica); o el exceso policial que llevó al homicidio de una madre de familia puede quedar impune solo por llamar a la mujer como “terrorista doméstica”.
El difemismo en la política no solo otorga una patente de corso para que los poderosos exhiban por lo alto su verborrea incendiaria y malsonante contra aquella porción de humanidad a la que consideran “enemiga” o “escoria”; también, por desgracia, provoca un fenómeno aún más profundo: un realismo pesimista y determinista sustentado en la inmutabilidad del poder militar o económico. La diplomacia, desde este pesimismo, se ve limitada a dos categorías: someter o ser sometidos. Por ello, resulta escandaloso cómo muchos de los analistas refuerzan la idea de que solo un escenario es posible para los conflictos actuales: aquel donde es inevitable la dominación total por parte de los poderosos, mientras los débiles solo pueden optar por la sumisión, voluntaria o sangrienta. Y a eso, incluso le llaman “la paz posible”.
Desde esta actitud claramente se da la espalda al largo esfuerzo interpersonal e interinstitucional que ha ponderado valores y principios civilizatorios alternativos en diferentes momentos de la historia. No podemos dejar de admirarnos de lo mucho que avanzamos como sociedad cuando ponderamos el reconocimiento y respeto de las minorías, cuando anteponemos el cuidado de los débiles y necesitados, cuando proponemos la justa cooperación según capacidades y recursos, cuando asumimos los retos de la tolerancia, la pluralidad y la multiculturalidad. Pero, sobre todo, para combatir el difemismo diplomático, es indispensable contemplar la indivisible e infinita dignidad humana, la dignidad de todas las personas sin excepción, a las que hay que tratar con claridad, sin sinuosidades pretendidamente amables, pero tampoco con esa acritud que los incite a la agresividad o al desazón.
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