Estados Unidos en abatimiento de El Mencho
Cuando no se vive en una tiranía absoluta –en la que se controlan armónica y sinfónicamente los medios de comunicación y el tono de la conversación social–, el ambiente informativo político siempre suena fragmentario y complejo. Y dicha complejidad exige a la ciudadanía no sólo una mirada más amplia de su realidad sino un discernimiento sobre las prioridades sociales y de la oportunidad de involucrarse eficiente y afectivamente en luchas concretas por la justicia, la dignidad y la democracia.
La complejidad es profundamente incómoda puesto que nos pone frente a múltiples e intrincadas relaciones y fuerzas en conflicto; y por ello, navegar en ese mar exige buenas dosis de audacia y autocrítica. En el mundo complejo, nuestras habilidades son tan útiles como nuestra ignorancia y la confianza tan peligrosa como la ineptitud. Sin embargo, la dimensión de la comunicación política en esta era postpandémica privilegia un reduccionismo simplista –casi obscenamente primario– que favorece las conclusiones autocomplacientes mientras que la simpleza acrítica es aplaudida tanto por el código algorítmico como por los vaticinadores de cataclismos.
Y en esto tiene mucho qué ver el ambiente y el sistema informativo contemporáneo puesto que, con el fin de atraer a audiencias más dispersas, los periodistas, editores y productores noticiosos se inclinan a crear productos comunicativos que no sólo son informativos sino de entretenimiento, emocionalidad e impacto.
Uno de los métodos más utilizados, desde hace décadas con la televisión de alto impacto, pero agudizada para atraer a millones de espectadores pulverizados e hipersegmentados por las redes sociales, es la “dramatización de la cobertura política”. Esta opción de info-entretenimiento no es inocua; existe la posibilidad de que se creen efectos colaterales no sólo en las audiencias sino en la misma construcción de una ciudadanía informada y corresponsable con su entorno social.
No es raro encontrar prácticamente en todos los espacios mediáticos contemporáneos un intenso uso de la hipérbole (exageración) y la metáfora manipuladora. Es claro que mediante un lenguaje figurado se busca generar una manipulación de índole política; muchos de los actores socializadores participan o permiten la distorsión de la realidad con fines persuasivos o simplemente para escandalizar. En recientes fechas, algunos medios publicaron una pieza informativa sobre la presencia de cárteles mexicanos en Ecuador pero el titular de la noticia afirmaba que el narco mexicano ‘devora’ al pueblo latinoamericano mediante un ‘colonialismo’ posmoderno; otra información afirma que a la instancia reguladora de los procesos electorales en México sólo le queda “el derecho al pataleo”.
Estas estructuras narrativas operan en el fondo como recursos ideológicos que pretenden atraer al público hiperestimulado pero también definen una postura sobre la realidad; en uno de los casos pretenden convencer al lector que los poderes fácticos del crimen son tan poderosos como los imperios colonialistas de los siglos XVI al XIX y en otro comparten un sesgo de infantilización y desprecio de una institución formal de la vida democrática del país. Sin decirlo frontalmente, los medios de comunicación que publicaron ambos titulares de escándalo buscan convencer a sus audiencias de que vivimos en la calamidad total.
Ciertamente la ciudadanía tiene que convivir con estos y otros empeños mediáticos que dramatizan la realidad; pero está obligada también a reconocer dónde termina la exageración retórica y dónde literalmente comienza el engaño. Es decir, si la ciudadanía reconoce y acepta las estrategias comunicativas de impacto en los medios de comunicación ¿sabrá las intencionalidades del emisor? Y aún más importante: ¿Las tomará como un simple recurso retórico o las asimilará como cualidades inobjetables de la realidad?
El problema no es sólo aquel. La dramatización política de la información podría tener un impacto también en la memoria de los acontecimientos pasados (¿Quiénes son los responsables de las crisis actuales?), en la percepción del sentimiento social compartido (¿Quién puede ser reconocida como víctima legítima?) y en la formación de nuevas representaciones sociales (¿Qué significa ser demócrata, republicano, social constitucionalista?).
La dramatización noticiosa de los fenómenos políticos casi siempre favorece la estigmatización de grupos minoritarios o edifica certezas falsamente ‘éticas y morales’ para combatir a la “otredad amenazante”. Evidentemente, estas estrategias de exageración también suelen crear y perpetuar estereotipos y discursos de odio.
La apuesta por administrar las respuestas emocionales de las audiencias es un inestable espejismo que, al pretender ‘estructurar la realidad’, termina deconstruyendo los márgenes institucionales y operativos de la misma ciudadanía. La cual deja de confiar en el ejercicio racional de la memoria y de la interpretación de los acontecimientos, crea diversos enemigos y adversarios reforzando la radicalización emocional entre “lo buenos que somos nosotros y lo malos que los otros siempre son".
Ahora bien, ¿es fácil desdramatizar la política actual? La respuesta simple es no. De hecho, el mejor camino para que nuestra ciudadanía acepte este mensaje sería justamente a través de la exageración y caeríamos en una espiral de autoafirmación y desconfianza externa. La única forma es el camino arduo y complejo, largo y tedioso: escuchar y participar de diálogos complejos; abandonar la tentación de exagerar y dramatizar la retórica propia.
El diálogo honesto sobre los desafíos políticos contemporáneos no requiere de retóricas sobre desastres, pesadillas o tragedias simbólicas; como tampoco requiere de la personificación como villanos, traidores, culpables y héroes de los actores sociales. La complejidad es abrumadora, sí; pero su alternativa dicotómica es, en el fondo, criminal.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe




