Abanico
Intuición como contrapeso a la lógica
Existe una “voz” silente que aprendemos a incorporar en nuestras grandes decisiones de vida, pero aún desdeñamos en el día a día corporativo. Es la intuición.
En el mundo empresarial suele disfrazarse de “corazonada”, “sensación rara”, “algo que no me cuadra” … en realidad es un sistema de procesamiento profundo.
Integra datos que la mente consciente aún no ordena, detecta patrones antes de que sean visibles e, incluso, anticipa riesgos y oportunidades con una velocidad que ningún Excel alcanza.
No en vano, los grandes líderes, aquellos que transforman industrias, suelen admitir que sus decisiones más importantes nacieron de una intuición que luego justificaron con datos. Primero sintieron, después demostraron.
Sin embargo, la intuición incomoda porque no se puede auditar. No deja rastro. No se explica con métricas. En el mundo empresarial “lo que no se mide no existe”. Pero si borramos la intuición, perdemos la brújula ética que detecta cuando algo “no vibra bien” aunque sea rentable.
Esa “corazonada” es la sensibilidad humana que lee el clima emocional de un equipo de trabajo, de un mercado o situación específica.
También representa la capacidad creativa que abre caminos donde no hay precedentes.
La intuición es, en realidad, un mecanismo de supervivencia sofisticado. No es irracional: es pre‑racional.
Es una forma de conocimiento que trasciende la linealidad, no por un sentido místico.
Cuando se integra a nuestro quehacer profesional permite leer subtextos, anticipar tensiones y detectar oportunidades invisibles para otros. Para algunos es parte de nuestra soberanía creativa.
Ahora, cuando una organización permite que la intuición entre en la conversación, ocurren cosas interesantes: Se detectan riesgos reputacionales antes de que estallen, se corrigen políticas que “funcionan en papel” pero fallan en lo humano y se abren caminos innovadores que no habrían surgido de un análisis frío.
La intuición no reemplaza los datos; los complementa. Es el contrapeso que evita que la lógica se vuelva ciega.
Para que forma parte de nuestro trabajo de todos los días se requiere crear espacios de silencio operativo, pausas deliberadas en el flujo de decisiones, revisión emocional de una propuesta (“¿qué siento al leer esto?”), un minuto de respiración antes de una negociación.
También se requiere registrar las corazonadas para que se vuelven datos cualitativos y contrastar sin invalidar: “Siento esto. ¿Qué datos lo confirman o lo contradicen?, ¿Qué parte de mí reacciona ahora, la experiencia, miedo, deseo o memoria?”
Ahora, que una empresa reconozca la intuición como un activo estratégico es el verdadero reto. Implica nombrarla e integrarla en procesos de decisión. Analizar: "¿Qué intuiciones hay sobre esta decisión?".
La intuición no es solo individual, también es sistémica. Requiere capacitar en percepción, no solo en análisis y convertirse en un sensor transversal.


