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QUEENS, Nueva York, EU, 15 de octubre de 2026.- La desaparición de un ser querido deja una herida que puede atravesar generaciones y fronteras. Esa experiencia es el centro de El lugar de la ausencia, el documental de la cineasta Marialuisa Ernst que llegará a los cines de Nueva York este viernes 16 de octubre, con funciones hasta el 22 de octubre en el DCTV Firehouse Cinema de Manhattan.
La película sigue a dos madres centroamericanas que buscan a sus hijos desaparecidos durante su recorrido migratorio por México y Estados Unidos, mientras entrelaza sus historias con la desaparición del tío de la directora durante la dictadura militar argentina.
El largometraje, de 86 minutos, tuvo su estreno en DOC NYC y ha recorrido festivales internacionales como True/False Film Fest. Entre sus reconocimientos figuran los premios a Mejor Documental y Mejor Dirección en el Breckenridge Film Festival, los premios Hernández/Bayliss y Clio en el Middlebury New Filmmakers Festival, y el galardón a Mejor Documental Internacional en el Panama Canal International Film Festival.
En entrevista, Ernst, cineasta de origen boliviano y chileno radicada en Nueva York, reflexionó sobre los diez años que dedicó a esta película, el dolor de las familias que buscan a sus desaparecidos y su preocupación por el actual escenario migratorio estadounidense.
¿En qué momento descubriste que la desaparición de tu tío durante la dictadura argentina podía dialogar con la historia de las madres centroamericanas que buscan a sus hijos?
Durante mucho tiempo tuve un material increíble sobre mi historia personal, sobre mi madre y nuestra búsqueda, pero era algo muy íntimo. Hace unos diez años me enteré de que existían mujeres buscadoras centroamericanas. Les escribí y me dijeron que viajarían a México durante un mes y que podía acompañarlas.
No fue hasta que las conocí que reconocí algo muy particular en sus miradas, algo que también había visto en los ojos de mi madre. Las circunstancias eran completamente diferentes. Sus hijos no eran guerrilleros ni habían desaparecido a manos de una dictadura militar. Pero había algo que compartían: ese lugar lleno de preguntas, de incertidumbre, de no saber si sus seres queridos estaban vivos o muertos.
Eso se conoce como pérdida ambigua. Es un sufrimiento muy específico, que no termina. Tuve mucho cuidado de no comparar quién sufría más o menos. Quería hablar de una experiencia profundamente humana.
Tu tío desapareció en 1976. ¿Cómo marcó ese acontecimiento a tu familia y qué relación tuvo con las Madres de Plaza de Mayo?
Mi tío fue detenido por los militares durante una emboscada en Tucumán. Era militante y formaba parte de la resistencia de los Montoneros contra la dictadura. Mi madre estaba en Bolivia y ya tenía tres hijos. Se enteró de lo ocurrido por los periódicos, pero no pudo hacer prácticamente nada para buscarlo.
Mi abuela estuvo algunas veces con las Madres de Plaza de Mayo. Nuestra familia vivía entre Argentina, Chile y Bolivia, y esa distancia también dificultaba las cosas.
Lo que quedó fue la imposibilidad de despedirnos, de enterrarlo, de saber si había sido torturado o cuánto había sufrido. Una desaparición abre una grieta en toda la familia.
En la película utilizo una metáfora sobre los árboles de un bosque, que están conectados a través de sus raíces. Las familias también somos un ecosistema, y cuando alguien desaparece, todo ese ecosistema se altera. La ausencia se convierte en un lugar donde habita toda la familia.

¿Qué aprendiste de Anita y Leticia, las dos madres protagonistas, y de su capacidad para transformar el dolor en una búsqueda colectiva?
Más que aprender, creo que me inspiré en su resiliencia. Son mujeres que no se han quedado solamente sufriendo, aunque sufren muchísimo. Han transformado ese dolor en una búsqueda que parece una lucha de David contra Goliat.
Buscan en México y Estados Unidos, prácticamente sin una esperanza objetiva de encontrar a sus hijos, pero con una fuerza que las lleva a cruzar fronteras y continuar buscando.
También me inspiró su valentía para mostrar su sufrimiento. Ellas me permitieron entrar en espacios muy íntimos de sus vidas. Eso terminó obligándome a mirar mi propia historia y a mostrar partes de mí que inicialmente no quería incluir en la película.
El documental tiene una propuesta visual poética y experimental. ¿Cómo lograste representar cinematográficamente algo tan intangible como la ausencia?
Esa fue una de las cosas más difíciles. ¿Cómo representas un lugar que, por definición, no existe? ¿Cómo hablas de alguien desaparecido del que quizás solamente quedan unas fotografías y los recuerdos?
Creo que esa ausencia está en la mirada y en el corazón de quienes esperan. Se convierte en un espacio interior que habitan las personas que buscan.
Por eso construí escenas más artísticas, con instalaciones, flores, hojas y composiciones de las madres sobre la tierra. Quería recrear algo parecido a un ritual funerario, porque es precisamente lo que se les ha negado.
Los seres humanos hemos realizado rituales de despedida desde el principio de nuestra historia. Pero cuando alguien desaparece, no sabes si está vivo o muerto, y no tienes esa posibilidad.
Quise generar esos espacios a través del lenguaje cinematográfico, tanto para las madres como para el público. Momentos donde la audiencia pudiera detenerse, sentir y reflexionar, más allá de una narración convencional.
La película llega a los cines estadounidenses en un momento de fuertes tensiones migratorias. ¿Qué reflexión esperas provocar en el público?
La película fue creada para ofrecer una experiencia emocional, incluso catártica. Creo que esa conexión emocional puede inspirar a alguien a actuar o a comprender a otro ser humano que quizás nunca conocerá.

Cuando hablamos de migración, muchas veces se presenta al migrante desde una narrativa criminalizadora. Pero aquí estamos hablando de una madre que busca a su hijo. Todos tenemos madres, hijos o familiares. Es una experiencia con la que cualquier persona puede conectar.
Me preocupa muchísimo lo que está ocurriendo actualmente en Estados Unidos. Yo viví durante una dictadura y recuerdo cómo sacaban a las personas de sus casas por la fuerza y después sus familias no volvían a verlas.
Ahora vemos agentes de inmigración enmascarados, personas detenidas y familias que no saben dónde están sus seres queridos. Me da miedo reconocer prácticas que me recuerdan a aquellas épocas.
Espero que la película ayude a las personas a entender la dimensión humana de lo que ocurre. Es una película política, pero no busca insultar a quienes piensan diferente, sino generar empatía.
Después de diez años trabajando en este proyecto, ¿cómo te transformó esta experiencia como cineasta y como persona?
Fue un cambio radical. Crecí y maduré con la película. Cuando comencé, estaba en un momento en el que pensaba que quizás debía abandonar mi sueño de hacer cine.
Había formado una familia con mi pareja y nuestra hija, algo que también había soñado, pero sentía que mi carrera cinematográfica se había quedado atrás. No había estudiado cine y tenía muchas dudas sobre mis posibilidades.
Esta película me obligó a reinventarme, aprender, buscar financiamiento y, sobre todo, creer en mí misma.
También tuve que enfrentar el trauma generacional de mi propia familia. Al principio no quería aparecer en la película, porque pensaba que la historia no era sobre mí. Pero descubrí que debía mostrar aspectos de mi experiencia que me resultaban difíciles para conectar las historias de manera auténtica.
Mi madre alcanzó a ver un corte de la película, cuando ya estaba comenzando a desarrollar demencia. Me da tristeza que no haya podido verla terminada, pero su esencia está ahí. Cada vez que veo su entrevista en la pantalla, siento que puedo encontrarla nuevamente.
¿Cómo reaccionaron Anita y Leticia cuando finalmente pudieron ver sus historias en la película?
Fue muy fuerte para ellas. Les envié un enlace para que pudieran verla tranquilamente en sus casas, junto a sus familias. Todavía no he podido llevar la película a Centroamérica.
Para mí era fundamental que la vieran antes de estrenarla y que me dijeran si estaban de acuerdo con todo lo que mostraba. Hay momentos muy íntimos y difíciles.

Aunque siempre tuve su consentimiento y mantuvimos el contacto durante estos años, quería asegurarme de que se sintieran representadas y orgullosas de la película.
No quería apropiarme de sus historias. Si me hubieran pedido que retirara algo, habría tenido que respetarlo, por más difícil que resultara para la película.
Además del estreno, desarrollaste una campaña de impacto llamada Árboles sin Fronteras. ¿En qué consiste y qué buscas conseguir con ella?
Es una campaña con la que buscamos plantar árboles en memoria de los migrantes desaparecidos. Cada árbol lleva una fotografía y el nombre de una persona diferente.
La idea es plantarlos a lo largo del continente y crear un mapa digital donde puedan localizarse, como una forma de construir memoria colectiva.
Hasta ahora hemos regalado y plantado alrededor de 70 árboles en los lugares por donde ha pasado la película. Queremos seguir ampliando la iniciativa y estamos buscando fondos para hacerlo.
En Nueva York no es la mejor temporada para plantar árboles, pero espero instalar uno o dos en el cine, con las fotografías de personas migrantes desaparecidas.
Es una película latina hecha con mucho amor, a puro esfuerzo y con recursos limitados. Quiero invitar a la comunidad a verla y apoyarla. Aunque aborda historias muy dolorosas, también es una película llena de esperanza.




