Disfrutan los neoyorquinos el ritmo caribeño en la Casa de Toñita
MANHATTAN, Nueva York, EU, 13 de febrero de 2026.- En una esquina discreta de Williamsburg, en Brooklyn, que durante décadas fue refugio de la comunidad dominicana en la ciudad, la puerta del Caribbean Social Club sigue contando historias.
Para muchos neoyorquinos, especialmente aquellos que crecieron lejos de su isla, Puerto Rico, ese lugar no es solo un club social: es un pedazo de casa. Y en el centro de todo está Toñita, la mujer que convirtió su propio sueño migrante en un símbolo cultural.
Detrás del nombre está María Antonia Cay, conocida por todos como Toñita. Llegó desde República Dominicana con la esperanza de trabajar, criar a su familia y sobrevivir en una ciudad dura para los recién llegados. Pero en 1974, abrió un pequeño club donde la bachata, el merengue y el dominó se mezclaban con risas, nostalgia y solidaridad.
Sin imaginarlo, estaba creando un punto de encuentro para generaciones de latinos en Nueva York.
La cápsula del tiempo en el Caribbean Social Club
Visitar el club es como entrar en una cápsula del tiempo. Las paredes están llenas de fotos amarillentas, banderas dominicanas, camisetas firmadas y recuerdos de fiestas interminables. Allí han bailado abuelos, hijos y nietos. Allí se han celebrado cumpleaños, despedidas, bodas improvisadas y hasta vigilias por quienes se quedaron en el camino. En cada rincón se siente la memoria de la diáspora.

Cruzar la puerta de la Casa de Toñita es como ingresar al mismo hogar de uno. Las personas presentes comienzan a saludarte como si te conocieran de tiempo. Todos están alrededor de una mesa de billar, en la misma en la que se reúnen para jugar y apostar la cerveza o una suma de dinero. Aunque la música tiene un volumen alto, todos se escuchan al contar sus historias, que solo emergen en un momento de amistad.
"Me siento feliz, ¿sabes por qué? Porque aquí estoy con todos mis amigos buenos, amigos y amigas de todos los países. Porque tengo muchos y aquí no solo son de mi amado Puerto Rico, sino de México, Colombia y de otras partes más", dijo el Gato, un socio ejemplar de la Casa de Toñita, a quien conoce desde hace 25 años.
El club también fue testigo del cambio urbano de Brooklyn. Mientras Williamsburg se transformaba con edificios nuevos y alquileres imposibles, el Caribbean Social Club resistía como un símbolo de identidad.
En medio de la gentrificación, Toñita defendió su espacio con la misma firmeza con la que defendía la música tradicional en la pista de baile.
Hoy, con más de 80 años, Toñita sigue apareciendo en el club, sentada en su silla favorita, observando la pista y recordando nombres. Su historia ha sido contada en documentales, exposiciones y medios internacionales, pero nada se compara con escucharla en persona, con su voz pausada y su risa franca.
Para muchos jóvenes latinos nacidos en Estados Unidos, el club se ha convertido en una forma de reconectar con sus raíces. Allí aprenden a bailar merengue con sus abuelos, a jugar dominó como en el Caribe y a escuchar historias que no salen en los libros de historia.

En tiempos donde Nueva York cambia cada día, la Casa de Toñita recuerda que la ciudad también se construye con afecto, con música y con memoria. No es un museo, es un corazón latiendo. Un lugar donde los migrantes dejaron de sentirse solos.
Al salir, uno entiende que el Caribbean Social Club no es solo un negocio ni un bar de barrio. Es una crónica viva de la comunidad dominicana en Nueva York. Y mientras Toñita siga allí, mirando la pista, habrá un pedazo de Caribe resistiendo en Brooklyn.


