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TRENTON, Nueva Jersey, EU, 1 de abril de 2026.- Eran las 11:20 de la mañana y ahí estábamos, cámara en mano, apostados en Grand Army Plaza. El plan, según la convocatoria de Eventbrite, era simple: un desfile por la Quinta Avenida hasta Washington Square Park para coronar a Donald Trump como el Rey de los Tontos. Pero en Nueva York, una ciudad donde conviven ocho millones de almas y mil distracciones por segundo, la línea entre la realidad y el ruido digital es peligrosamente delgada.
Dieron las 11:50 horas y el panorama no cambió. Entre el desfile incesante de turistas y oficinistas apresurados, no hubo rastro de pancartas, ni de carrozas, ni de Joey Skaggs, organizador del evento.
Para quien no conozca el currículum de Skaggs, se trata de un artista multimedia y activista que ha hecho del engaño su pincel favorito.
Desde 1986, publica convocatorias para su April Fools’ Day Parade, una tradición que sobre el papel suena a evento masivo, pero que en la práctica es un fantasma diseñado para cazar incautos.
En su web, Skaggs presume de haber engañado a gigantes como la CNN, la BBC y el mismísimo New York Times.
"Utilizo los medios de comunicación como un pintor usaría un lienzo", ha llegado a decir.
Este año el lienzo fuimos nosotros. Bajo el lema Qué es real y qué no, Skaggs no solo nos hizo perder la mañana en una esquina de Manhattan; nos tendió una trampa conceptual.

Su obra no es una simple broma de mal gusto, sino una dialéctica de la desmitificación. El desfile vacío es, en realidad, un espejo incómodo que refleja la fragilidad de nuestra percepción colectiva.
En una era de algoritmos y propaganda empaquetada como noticia, Skaggs utiliza el ‘hoax’ o engaño como una herramienta pedagógica: nos obliga a confrontar nuestra propia vulnerabilidad frente a la pantalla.
Al final, el desfile no ocurrió, nadie fue coronado y la Quinta Avenida siguió su curso habitual. Sin embargo, el mensaje quedó flotando en el aire: en un mundo saturado de verdades prefabricadas, dudar no es un defecto, sino un acto de resistencia.
La verdadera inocentada no es acudir a un evento que no existe, sino aceptar sin filtros todo lo que nos dicta el flujo incesante de la hiperconectividad. Al menos esta vez, el silencio en Washington Square Park fue la lección más clara del día.





