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BROOKLYN, Nueva York, EU, 30 de agosto de 2026.- Dentro de Vitamin, una galería de videojuegos y arte en Nueva York, Klever Alvarado habla rodeado de imágenes que, de alguna manera, resumen su propia historia. Hace apenas dos semanas, ese mismo espacio recibió su primera exposición en una galería neoyorquina DIABLiTOS. Para él, el hecho de que ocurriera en Brooklyn tenía un significado especial: nació en Cuenca, Ecuador, pero llegó a Nueva York cuando estaba por cumplir cinco años y creció principalmente entre Brooklyn y Queens.
A sus 31 años, cuando le preguntan de dónde se siente, la respuesta le sale casi sin pensarlo: “Yo siempre creo que voy a ser de New York. Me identifico más como de New York que como americano”. Su padre ya había trabajado durante años en Estados Unidos y, tras la crisis bancaria de Ecuador, la familia tomó la decisión de establecerse definitivamente en Nueva York.
Alvarado llegó alrededor del cambio de milenio y prácticamente toda su educación ocurrió aquí. Pero, aunque creció lejos de Cuenca, la ciudad nunca desapareció de su imaginario. Con los años empezó a regresar con frecuencia, primero para reencontrarse con una familia con la que no había crecido y luego porque esos viajes terminaron alimentando directamente su trabajo.
Mucho antes de estudiar diseño gráfico, ya estaba dibujando. Recuerda que de niño rayaba los cuadernos de sus hermanos y que nunca sintió que hubiera existido un momento exacto en el que decidiera convertirse en artista.
“No sé si era un punto de decidir. Decía: ‘Esto voy a hacer, siempre’”, cuenta. Durante un tiempo incluso pensó en ser médico, pero lo que realmente lo atraía eran las ilustraciones anatómicas, los diagramas y aquella mezcla entre observación y dibujo que encontraba en imágenes cercanas a los estudios de Da Vinci.
La posibilidad de convertir esa inclinación en una formación apareció pronto. Desde la secundaria comenzó a tomar clases de artes visuales y posteriormente estudió diseño gráfico en la School of Visual Arts. Allí entendió mejor la diferencia entre trabajar desde una necesidad artística personal y hacerlo desde las exigencias de la comunicación visual para empresas o clientes.
También aprendió a traducir ideas en proyectos concretos, una capacidad que todavía atraviesa sus murales, ilustraciones, trabajos de identidad gráfica y piezas personales.
Pero la exposición en Vitamin le permitió regresar a un territorio menos condicionado por encargos. Para construirla, Alvarado volvió la mirada hacia símbolos vinculados con Ecuador, especialmente el diablito y las máscaras asociadas a las celebraciones populares.
Le interesaba la imperfección de esas figuras, su carácter casi juguetón y, sobre todo, la idea de transformación que representan.
“Cada fin de año coges un monigote, lo quemas, quemas lo negativo, quemas las malas vibras, entonces empiezas de nuevo el año”, explica. Para él, ese acto funciona casi como un fénix: destruir algo para poder comenzar otra vez.
Los viajes de regreso a Ecuador reforzaron esa conexión. Desde alrededor de 2010 empezó a volver para pasar Navidad, fin de año y su cumpleaños, que es en enero. En esos viajes encontró algo que no había tenido durante su infancia neoyorquina: abuelos, familiares, comida, celebraciones y una sensación colectiva de pertenencia.
Ese mundo terminó entrando en su obra. “Como no he crecido con mi familia, entonces esa es la conexión: voy y están todos alegres, toda la comida, todos los abuelitos, el ambiente. Creo que siempre quiero mostrar y demostrar la positividad”, dice.
También aparece el Diablo Uma, personaje que le interesa por representar la dualidad. “Lo bueno y también lo más difícil de la vida, la dualidad que existe en ti. Lo bueno y lo malo te identifica a ti; solamente tú conoces eso”, explica. Esa idea parece resumir también su propia condición: ecuatoriano de nacimiento, neoyorquino por formación, diseñador por profesión y artista por una necesidad que nunca sintió que tuviera que justificar.

Antes de llegar a esta primera exposición, Alvarado ya había dejado obra pública en ambos países. En Cuenca realizó varios murales, entre ellos uno inspirado en la Vaca Loca en la Plaza de El Otorongo. Quería que la pieza tuviera algo inmediatamente reconocible para quienes conocen la ciudad: una figura corriendo hacia el río mientras deja detrás patrones y referencias visuales de Cuenca.
Más adelante realizó otros murales y una colaboración llamada “Diablitos en batalla”, que terminó reforzando su interés por las máscaras y los personajes tradicionales.
En Nueva York también ha trabajado como muralista y diseñador. En un restaurante de Manhattan desarrolló piezas inspiradas en técnicas japonesas de pesca, después de investigar la tradición de las mujeres Ama. Ese tipo de encargos demuestra una de las características que Alvarado parece defender con más fuerza: no quiere quedarse encerrado en un único lenguaje. Puede pasar del mural al diseño gráfico, de la ilustración a lo digital y de una referencia ecuatoriana a una japonesa si el proyecto se lo exige.

Aunque reconoce que alguna vez ha producido piezas políticas —entre ellas una ilustración vinculada al asalto al Capitolio de enero de 2021 y al discurso de Donald Trump—, dice que por ahora prefiere no construir su obra principalmente desde el conflicto político.
Hablar constantemente de racismo, desigualdad y violencia, explica, puede convertirse también en una forma de permanecer atrapado en aquello que se quiere criticar. “Prefiero desarrollar lo mío personal primero y después ver”, señala.
En cambio, parece sentirse más atraído por aquello que genera curiosidad, energía y alegría. Algunas de sus composiciones repiten figuras y patrones hasta producir una sensación casi hipnótica.
Él mismo habla de “amplificar la alegría” y de crear imágenes que una persona pueda observar simplemente porque disfruta estar frente a ellas. Todavía no quiere definir completamente cuál es su lenguaje visual. Tampoco parece tener prisa por hacerlo.

Cuando le pregunto cuáles son sus reglas como artista, responde con algo mucho más sencillo que un manifiesto: “Seguir creando, seguir avanzando”. Dice que todavía está aprendiendo, conociendo artistas y construyendo amistades a través de su trabajo.
“Siento que todo tiene un efecto dominó. He conocido a muchos amigos solamente a través de mi arte, incluso algunos de mis amigos más cercanos. Mientras siga haciendo eso, siento que voy a vivir una vida feliz”.
Antes de terminar la conversación, vuelve otra vez a los viajes. Quiere seguir explorando su identidad, conocer más personas y pasar más tiempo fuera de Nueva York.
Ecuador y México le han mostrado que estudiar diseño desde un aula no es lo mismo que estar físicamente frente a una tradición, observar cómo trabaja la gente y entender la energía que rodea una pieza.
“Quiero experimentar qué es realmente mi lenguaje visual”, dice. “No quiero ser alguien que diga: ‘Yo solo hago esto y ya’. No me gusta estar limitado”.
Quizá por eso su primera exposición en Nueva York no parece funcionar como un punto de llegada. Dentro de Vitamin, rodeado por personajes nacidos de recuerdos ecuatorianos y una educación visual completamente neoyorquina, Alvarado todavía habla de su obra como algo en construcción.
Lleva más de 25 años viviendo lejos de la ciudad donde nació, pero cada vez que dibuja un diablito, recuerda una celebración o convierte una tradición en una forma nueva, la distancia entre Brooklyn y Cuenca parece hacerse un poco más corta.




