Descomplicado
Trump: la cola mueve al perro o victoria política por narrativa
La referencia ya realizada a la película Mueve al perro es recurrente en sucesos públicos y conflictos que involucran al presidente Donald Trump. La razón es sencilla: el filme cuenta la historia de que asesores de la Casa Blanca contrataron expertos en comunicación para distraer la atención nacional de presiones y acusaciones de abusos sexuales del presidente con infantes, y la idea era fabricar una guerra con Albania.
El concepto de menear al perro se refiere a un juego de palabras que reinterpreta el tema de que el perro mueve la cola y se llega a la propuesta de comunicación política de que la cola debe mover al perro.
Existen —de modo natural— ya las primeras versiones de teoría de la conspiración que referencian el hecho de que el incidente del sábado 25 en el hotel donde se realizaba la cena de corresponsales de la Casa Blanca habría sido tejido por operadores de comunicación para distraer la atención que se quedó centrada en el fracaso político de Trump en Irán, en el caso Epstein, en la caída de los porcentajes de aprobación y en la cercanía de las elecciones inminentes en noviembre para renovar la alcaldía, el Congreso en sus dos cámaras o regresar el poder a los republicanos, o cuando menos a una de las dos.
Los elementos de la conspiración están a la vista: un oscuro profesor californiano, demócrata, votante por Kamala Harris, se arma nada menos que de un rifle con poca capacidad de utilización automática, de una pistola y de varios cuchillos, y su intención declarada en un nanomanifiesto —menos de una cuartilla— era atacar a todo el gabinete, a los jefes de los poderes legislativos y al vicepresidente, pero con una estrategia que mostró desde el principio que era imposible romper el círculo de protección del Servicio Secreto. Como era obvio, el atacante fue arrestado; el presidente Trump aprovechó la conferencia de prensa para darle la vuelta a la narrativa mediática y convertirse en el centro de la atención por lo que dice que está logrando en el mundo, y hasta se permitió el juego mediático de ir al programa de televisión 60 Minutos —donde hay odio mutuo— a indignarse por la acusación en el manifiesto del agresor de que era un pedófilo por Epstein, con lo cual tomó el control de la narrativa frente a una sociedad indignada por el intento de magnicidio.
No habrá elementos formales comprobatorios de una conspiración, pero los hechos muestran que los estadounidenses son expertos en teorías de la conspiración.
Nadie puede improvisar por sí solo y con armas medianas un intento de magnicidio contra el presidente de Estados Unidos, incluso cuando se demostró que ni siquiera la distancia de un francotirador en Pensilvania en 2024 hubiera podido lograrlo por la lejanía del tiro, la velocidad del viento, la dimensión de la luz y detalles más especializados que todo francotirador debiera conocer.
Con la habilidad de un personaje producto de la imagen, Trump se apoderó ya de la narrativa del incidente de la noche del sábado 25, tomó el control de los acontecimientos en la explicación mediática con una conferencia de prensa que era de dos preguntas y que terminó en un mitin que le aplaudieron los propios periodistas; de manera indirecta excluyó buena parte de la argumentación del caso Epstein que lo venía persiguiendo desde hace varios años y no entregó premios de periodismo a los denunciantes de Epstein. Como en la lógica de Trump, el recurso recibió ya un carpetazo mediático en una conferencia de prensa que pasó a la historia mundial de la comunicación televisiva manipuladora.
El problema de los analistas para evaluar conflictos radica en los territorios mismos del debate: los analistas están obligados a basarse en hechos probados de incidentes con elementos periciales que pudieran transitar en los tribunales legales de Estados Unidos, en tanto que los políticos no se preocupan por la frivolidad de afirmaciones contundentes para las clases que no necesitan elementos probatorios.
Y ahí es en donde la película aporta los elementos necesarios: la racionalidad de la discusión mediática debe probar que el perro mueve la cola, en tanto que la comunicación del poder con mucha facilidad hace que la cola mueva al perro. En el suceso de la cena de corresponsales, el presidente Trump supo con mucha habilidad imponer la fuerza de las instituciones y marcó el incidente como un intento de atentado contra él, contra sus colaboradores y, sobre todo —a su juicio—, en la fijación de su marco analítico para interpretar el suceso.
Sin elementos suficientes para probar pericialmente que el tiroteo del sábado en el hotel Hilton hubiera sido un incidente fabricado, pero tampoco las pruebas conocidas pueden corroborar que se trató efectivamente de un intento de magnicidio, queda el tercer espacio por resolver: ¿cumple el perfil del perpetrador con el de un protagonista de un magnicidio a nivel de Donald Trump?
Por lo pronto, estamos frente a evidencias de que Trump está feliz de que la cola mueva al perro.
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Política para dummies: la política, al final de cuentas, es lo que dicen los políticos.
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